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El cáncer se cura, el machismo mata

Cuando mi padre acudió al médico y le fue encontrado un tumor en la próstata, aún estaba a tiempo. La detección temprana y una cirugía le salvaron la vida. Al padre de mi amigo, los prejuicios le impidieron ir al médico y tras mucho sufrimiento, murió víctima de cáncer de próstata, pero su hijo aún repite que, en realidad, lo mató su machismo

POR Revista Cambio Fecha: Hace 4 months
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POR ÓSCAR BALDERAS

Uno de los mayores miedos de mi vida tiene nombre de trabalenguas: resección transuretral. En español, significa invadir el cuerpo, desde los genitales, a fin de quitar la próstata. La cirugía es inquietante para cualquier paciente: debe ser anestesiado durante unas dos horas, mientras un cirujano introduce un tubo a través de la uretra –el orificio en el pene que expulsa la orina– y lo desliza varios centímetros hasta llegar a la próstata. El tubo sirve para introducir una herramienta especial que corta la próstata en secciones con una corriente eléctrica, y luego extirpa el órgano hasta removerlo por completo.

Como cualquier operación, la resección transuretral incluye riesgos, pero con pacientes con un tumor cancerígeno en la próstata, el peligro es mayor: un corte puede desatar el esparcimiento del cáncer por todo el cuerpo, como una fisura en una presa a punto de desbordarse. Y desde ahí no hay punto de retorno: mis nuevas palabras más atemorizantes en el vocabulario serían metástasis y funeral.

“¿Y si la operación termina por esparcir el cáncer de mi papá?”, le pregunté al oncólogo en la última consulta antes de la cirugía. “Una vez que estemos adentro, sabremos realmente si el cáncer de tu papá se acaba con la cirugía… o si ya se le va a ir a otros órganos”, respondió con la frialdad de un bisturí.

La noche anterior a la operación, no dejaba de repetir el trabalenguas de terror. En la barra de un bar, a un viejo amigo le confesé que había pasado la tarde ensayando cómo debía decirle a mi papá que la cirugía que supuestamente lo salvaría, terminaría con su vida. Actuaba frente al espejo, en mi recámara, en el baño del trabajo. Repasaba, tachaba y sustituía palabras en mi discurso, con el propósito de suavizar la noticia. Necesitaba prepararme para lo peor.

“¿Y si la operación termina por esparcir el cáncer de mi papá?”, repetí la pregunta, ahora con mi amigo y frente a varios mezcales. Él, en silencio, escuchaba mi discurso fatalista, hasta que quiso cambiar un poco la conversación. “¿Y cómo fue que tu papá se dio cuenta del cáncer de próstata?”.

Le conté lo que les cuento ahora: que mi papá siempre fue un hombre sano, cinta negra en taekwondo, delgado a fuerza de quemar diario calorías en el gimnasio, amante de la yoga, bebedor social y nunca fumador… hasta que cerca de los 55 años comenzó a ir al baño de madrugada hasta 6 veces por noche. Que se despertaba con la sensación de una vejiga llena y frente al inodoro sólo veía caer unas gotas. Luego, le pasó lo que han experimentado los 17 hombres que mueren todos los días en el país a causa de este tipo de cáncer: pérdida de erección, sangre en la orina, dolor en las caderas, adormecimiento en los pies. Que fue al médico, le hicieron estudios y ahí le dijeron esas otras palabras atemorizantes “tienes un tumor” y “es maligno”.

Mi amigo se quedó viendo el fondo de su vaso. Frunció el ceño. Se acomodó los lentes, el típico gesto de Pablo cuando está cavilando algo, y me vio con la mirada asustada.

“Mi papá se levanta mucho en las madrugadas a orinar, y un día me contó que su vida sexual va fatal”, me soltó. “Pues deberías decirle que se haga estudios… quién sabe, tal vez la detección temprana salve a mi papá, o esta cirugía nos quite años con él”, respondí.

La mañana siguiente, la cirugía de mi papá comenzó en el Instituto Nacional de Cancerología. Mi masoquista interior no pudo distraerse con una revista o un libro. Pasé mi angustia en la sala de espera revisando las estadísticas del cáncer de próstata en el país. Encontré alivio en el hecho de que 70 % de los casos con detección temprana concluyen en un pronóstico de larga vida para los pacientes; en contraste, lo lamentable es que sólo 4 % de los varones se somete a exámenes de detección temprana.

Cuatro horas después, una enfermera gritó mi nombre. Me pidieron esperar en una sala con ventanas cerradas y ocultas por persianas. Estaba seguro de que me habían llevado hasta allá con la finalidad de darme malas noticias lejos de otros familiares. Cuando por fin llegó el doctor, su sonrisa estuvo acompañada por un diagnóstico de ensueño: el cáncer estaba en una fase tan primaria que estaba encapsulado, por lo que la resección transuretral había eliminado el mal por completo. “Libre de cáncer”.

Grité. Lloré. Marqué a toda mi familia y, bailando, les di la noticia. Antes de pasar a ver a mi papá y darle la buena noticia, llamé a Pablo, quien también esperaba con angustia el resultado de la cirugía. Se emocionó conmigo y yo, borracho de buenas nuevas, le pregunté por su papá. Su tono de voz se volvió cavernoso.

“Le dije que se hiciera estudios y dijo que sí. Los ‘googleamos’ juntos, leímos de qué se trata y dice que no. ¿Por qué no me dijiste que se tiene que hacer un tacto rectal?”, saltó mi amigo. “No debe ser fácil para él, lo entiendo, hay muchos prejuicios, y sí puede ser incómodo, pero es rápido y puede salvarlo”. Pablo masculló algo, me felicitó de vuelta y colgó el celular.

Durante dos años, mi amigo emprendió una batalla cuesta arriba contra algo más poderoso que un cáncer: la masculinidad de cristal de don Pablo, su papá, un militar retirado que me apreciaba mucho, pero que llegó a decir que si su hijo hubiera sido homosexual, como yo, lo hubiera tirado de un puente. Cada vez que Pablo hablaba de aquel necesario tacto rectal como algo tan natural como el tacto en los senos de las mujeres para detectar tumores en las mamas, don Pablo terminaba la conversación con un manotazo.

“¡Esos doctores sólo buscan razones para hacer perversiones!”, “¡Habiendo tanta tecnología, ¿por qué me quieren agarrar el culo?!”, “No es cáncer, es la edad”. A veces, cuando don Pablo estaba de buen humor, decía una de sus frases preferidas. “¿Qué tal que termino joto como tu amigo, y luego se vuelve mi novio?”.

A la par, mi papá se recuperaba maravillosamente. Su organismo sano y sus años como deportista le regalaron una transición rápida y casi indolora. Es cierto: sin la próstata en su organismo debió renunciar a su vida sexual y a poder procrear más hijos, sin embargo, a sus 58 años estaba dispuesto a canjear eso por la posibilidad de conseguir unos 20 años más de vida, un retiro tranquilo con mi madre y –quién sabe– ser un abuelo activo y juguetón.

Los exámenes semestrales de seguimiento en el Instituto Nacional de Cancerología se volvieron disfrutables. Cada vez que mi papá volvía de sus chequeos de rutina, nos decía que, de nuevo, el cáncer no asomaba la cabeza en su organismo. Eran días de fiesta familiar y entre los amigos. Pero como ser feliz entre infelices te hace sentir miserable, sabía que a todos les podía compartir las buenas noticias… menos a Pablo.

“No sé, Óscar, no sé… a mí me huele mal esto. Mi papá está enfermo, yo lo sé. No quiero ni decirlo en voz alta, ¿y si es cáncer y él está de macho? No, ya te dije que no hay poder humano que lo convenza, no quiere… Mira, mejor ya no me preguntes más, me pone mal este tema”, me dijo la última vez que insistí en que mi papá comiera con don Pablo y le explicara los beneficios de la detección temprana.

“Que vaya también mi mamá, para que don Pablo vea que mi papá sigue siendo heterosexual”, bromeé, pero mi amigo apenas esbozó una sonrisa.

Al poco tiempo, perdimos contacto. Mi amigo se sumió en un lugar oscuro cuando don Pablo, vuelto casi un esqueleto, después de un viaje a la sala de urgencias de un hospital, fue diagnosticado con cáncer terminal de próstata. Pablo nunca me lo dijo, pero le molestaba saber que mi papá, en menos de un año desde su operación, ya había vuelto al trabajo y al gimnasio, y el suyo se moría en la cama. Lo entendí.

En diciembre pasado, volví a saber de mi amigo. Llamó para desearme un buen inicio de año. Le desee lo mismo y respondió que lo necesitaría: don Pablo, su guía, su patriarca, había fallecido un par de meses atrás carcomido por dolores terribles. Pero lo que más le mordía las entrañas era el arrepentimiento de no aceptar a tiempo los estudios.

“Fue su pinche machismo”, balbuceó, antes de colgar, apenado por su llanto, tal y como lo hacía su papá. “Eso lo mató: su obsesión con ser hombrecito”.

La muerte de don Pablo pudo prevenirse. Si hubiera desmontado sus prejuicios, seguiría aquí: terco, ruidoso, estricto, vivo. Vivísimo. Tenía sólo 61 años cuando lo enterraron. Mi papá tiene la misma edad y hace una semana lo vi planear sus próximas vacaciones a la playa. Sé que no fue fácil para él perder esos signos de “masculinidad” que acompañan los genitales, pero todos los días agradezco que haya tomado esa decisión.

Desde entonces, una de las mayores esperanzas de mi vida tiene nombre de trabalenguas: resección transuretral. Y cuando olvido esas palabras, recurro a otras más simples: detección temprana.

¿Adiós al sexo?

El cáncer de próstata y colorrectal son dos tipos de cáncer que producen disfunción sexual en los hombres. Sin embargo, cualquier tipo de cáncer que requiera quimioterapia afectará el deseo sexual masculino, ya que la reducción del apetito sexual es un efecto secundario común de la quimioterapia.

Luego de la cirugía de próstata, casi 90 % de los hombres tiene dificultad para lograr una erección. No obstante, los nuevos procedimientos en las cirugías, llamadas “cirugías para preservar los nervios”, tienen buenos resultados. También hay que tener en cuenta que la mayoría de los hombres mayores de 70 años experimentan algún tipo de disfunción eréctil.

Por ello es importante que además de someterse a la operación, los pacientes reciban tratamiento psicológico con el propósito de que enfrenten los problemas de depresión y de disfunción sexual. También es importante recibir asesoría de profesionales que puedan explicar los tratamientos disponibles para los que necesitan ayuda a fin de lograr una erección.

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