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Narcos: México

Al tope de sus habilidades, Diego Luna interpreta con gran solvencia a un ‘Padrino’ postmoderno en un relato ágil, lleno de giros y traiciones, que retrata no sólo la corrupción de un gobierno, sino el macabro ajedrez que se juega entre delincuentes y autoridades

POR Alejandro Alemán Fecha: Hace 1 month
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Una voz en off lo advierte desde un inicio: lo que estamos a punto de ver no es una historia con final feliz, de hecho, es una historia que aún no acaba. Es un relato de guerra, donde no hay banderas ni tanques, pero sí hay sangre, terror y muertos. Es una historia que lleva treinta años contándose, aunque nadie sabe cómo acabará. Es la génesis de la llamada guerra contra el narco.

Luego del éxito de Narcos, la serie de Netflix dirigida por José Padilha (Tropa de élite, 2007) sobre el reinado de terror de Pablo Escobar Gaviria en Colombia, era de esperarse que los productores voltearan la mirada al sur, donde también hay muchas historias de terror por contar.

Ambientada en el México de 1985 (gran diseño de producción a cargo del mexicano Salvador Parra), Narcos: México narra la historia de Miguel Ángel Félix Gallardo, un joven que iniciara su carrera como policía judicial en Sinaloa, y quien con base en sus de relaciones con narcotraficantes locales y su gran amistad con el gobernador de la entidad, Leopoldo Sánchez Celis, fue escalando hasta convertirse en el Jefe de jefes, una especie de “Padrino” local al que todos rendían pleitesía.

Dicen que no hay nada más peligroso que un hombre con un plan, y Félix Gallardo (Diego Luna) era de esos. Su idea era simple: ¿por qué competir con los distintos narcos locales si pueden, mejor, unir fuerzas? Así se reducía la violencia, minimizaban los golpes del Ejército y aumentaban exponencialmente las ganancias; así inicia la era de los cárteles en México.

Con un ritmo ágil, gracias a la dirección del norteamericano Josef Kubota Wladyka, la serie retoma el mismo estilo que la original: una voz en off que sirve como narrador, insertos con imágenes de crestomatía de la época y un tono que por momentos coquetea con el documental.

El productor José Padilha (director de la exitosa Tropa de élite y quien forjara el estilo de la serie original) suple la ausencia de un personaje tan mítico como Escobar y de una presencia magnética como la de Wagner Moura mediante una troupe de talento mexicano compuesto con algunos de los actores más reconocidos del cine nacional hoy día: Tenoch Huerta, Joaquín Cosío, Andrés Almeida, Tessa Ía, Teresa Ruiz, José María Yázpik y, por supuesto, Diego Luna.

El resultado final es un muy balanceado ensamble de actores donde todos brillan y nadie sobreactúa, todo ello en medio de una trama que sin sutileza pero con descaro abreva de grandes relatos de crimen como The godfather (Coppola,1972), Goodfellas (Scorsese, 1990), The untouchables (De Palma, 1987) y claro, Scarface (De Palma, 1983).

“Cuando se organizan, los mexicanos son invencibles, remember the Alamo”, dice la voz en off en un exceso de condescendencia. Y es que no hay que olvidar que, no obstante el despliegue de talento nacional (incluso dos directores mexicanos de primer nivel están a cargo de algunos episodios: Alonso Ruizpalacios y Amat Escalante), esto es una producción norteamericana. El héroe de la historia es Enrique Kiki Camarena (gran actuación de Michael Peña); el famoso agente de la DEA que perseguiría afanosamente a Caro Quintero (Tenoch Huerta), se muestra aquí como un policía íntegro e incorruptible en contraste con la policía y el gobierno mexicanos retratados en su perenne incapacidad e infinita corrupción.

Al tope de sus habilidades, Diego Luna interpreta con gran solvencia a este “Padrino” postmoderno en un relato ágil, lleno de giros y traiciones, que retrata no sólo la corrupción de un gobierno, sino el macabro ajedrez que se juega entre delincuentes y autoridades. Un juego donde el rey no reinará durante mucho tiempo y donde hasta el más mínimo peón (aquel chofer y mandadero al que todos apodan Chapo) el día de mañana puede convertirse en el nuevo jefe de jefes.

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