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Unidos ante la tragedia

Fue escrita hace 15 años y filmada hace dos, y tras los sismos de septiembre de 2017 estuvo a punto de irse a un cajón, pero Kuno Becker necesitaba contar lo que ocurrió con la sociedad una mañana de jueves de 1985

POR Revista Cambio Fecha: Hace 4 days
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POR JAVIER PÉREZ

Kuno Becker está visiblemente emocionado, contento. Habla con rapidez, a veces entrelazando sus ideas en extrañas conexiones no por ello incoherentes; pura emoción. Promueve su segundo largometraje como director, una historia que escribió hace 15 años, que filmó hace dos y que durante un momento, luego del terremoto del 19 de septiembre de 2017, estuvo a punto de meter a un cajón para jamás volver a sacarla. “Me deprimí muchísimo primero. Pensé: ya valió, nadie va ir a verla”, me dice en una de sus ráfagas verbales. Y es que El día de la unión, que se estrenó el 13 de septiembre, es una historia sobre el terremoto del 19 de septiembre, pero el de 1985, aquel de 8.1 grados Richter que ocurrió un jueves por la mañana.

“No hubo ningún oportunismo en el asunto, fue algo que sucedió y que a mí me creó gran angustia. Todo este trabajo no ha servido, pensé, porque tembló y ahora todo va a parecer falso”, dice Anna Roth, la productora del filme. Sin embargo, el 19 de septiembre del año pasado, Kuno estaba a punto de darle el toque final a la mezcla de sonido de su película, junto con el músico Carlo Siliotto y el ingeniero de sonido Emilio Cortés, en la ciudad de Los Ángeles. Ya habían acabado la filmación, que había requerido un minucioso trabajo de recreación que los llevó a gastar buena parte de los 53 millones de pesos del presupuesto de la producción. Entonces les llegaron mensajes de que acababa de ocurrir otro terremoto devastador en la Ciudad de México. Ahí fue cuando comenzaron las dudas.

Después de pensarlo un poco más, Kuno decidió seguir adelante con el proyecto. “Y entendí más por qué la habíamos hecho y mucho más claramente, y qué pasaba por mi cabeza”. La película, dice, no trata en sí de los sismos, sino de lo que sucedió con la sociedad civil, “de cómo nos detonó, nos rebotó a la unión a pesar de la tragedia. Y a pesar de lo que sucedió, mucha gente se unió, como en el 17”.

Kuno incluso cambió el final y el título: el filme dejó de llamarse El día del temblor y se convirtió en El día de la unión. “Por eso ahora al final puse los estados, el himno del pueblo, porque ‘Cielito lindo’ de repente surgió, nació de la gente, de los corazones, como dice la canción, y no llores y chíngale. Y me conmovió eso. Yo rogué cambiar el final. Les dije: no puedo contar esa historia y tener esa premisa que tenemos al final, que es verdad, pero no es momento de contar esa verdad sino que es momento de contar otras verdades”.

De lo que Kuno quería hablar era de esperanza, y le parece importante dejar claro que quienes vean la película, sean dos, tres o incluso millones de personas, “no olviden lo que nos unió y lo que pasó. Me motiva la desesperanza, la frustración, el no saber para dónde o cómo se solucionan las cosas, cómo se acaba la corrupción en este país, por qué sucedió en el 85, por qué sucedió en el 2017. Y lo que pasó por nuestra cabeza, por nuestro corazón, debe pasar sin una tragedia de por medio, sin que importe quiénes somos, que valgan madre las clases sociales o tu nivel cultural, cómo te ves, cómo eres; tenemos que estar más unidos. Me dio mucho gusto lo que pasó en las elecciones, pues la gente está gritando cambio. Aunque medio me huele feo, como que estuvo muy fácil, muy bonito. Qué bueno, pero ya hasta estamos escamados”.

Dice que para hablar de los sismos y la unión tenía dos opciones: “el lado de denuncia, qué estuvo mal, qué se hizo mal, y a criticarnos y autocriticarnos, o la escribía para hacer una película inspiracional, que hablara de lo que detonaron esos eventos, que hablara de unión, de amor, de que somos los más chingones del mundo”.

Kuno está contento, emocionado. El día de la entrevista él iba llegando de Washington. Había ido a arreglar una función de su película en la capital estadounidense. Sería en el Kennedy Center.

Él sabe que tener créditos como guionista, editor, cocompositor, director y actor suena pretencioso, ambicioso y arrogante. “Pero era el único que no cobraba”, dice carcajada de por medio. “Pudo haber sido un desastre”, reconoce. No obstante, la película funciona, aunque a ratos raye en lo sensiblero y tenga sus detalles. Es difícil de ver, pues tiene un notable trabajo de recreación que, combinado con imágenes inéditas del archivo de Televisa del 19 de septiembre de 1985 (con un uso bien justificado), resulta devastador. En la proyección, un actor que llegó casualmente no paraba de llorar.

Se recreó en un estudio una parte importante del Centro Histórico de la Ciudad de México según como había sido entonces y como quedó después del terremoto de aquel día. “En el 85 no había celulares, nos quedamos totalmente incomunicados, no sabíamos lo que estaba pasando –explica Anna Roth–. No hay material filmado del temblor, no existe. Hay muchísimo material de noticiero, pero es postemblor. A las 7:19 [la hora a la que ocurrió el sismo] nadie tenía una cámara preparada para filmar. Entonces, tuvimos que recrearlo”.

Eso requirió, siguiendo con Anna, un trabajo importante de especialistas. “Nuestro diseñador de producción, Rafael Mandujano, en una especie de estacionamiento nos construyó una calle destruida que ahora que vi material del 17 era igual. Le atinó. Yo me acuerdo que él me decía: ‘Yo aprendí a construir casas y edificios, yo no sé cómo se construye la destrucción’. Le salió muy bien, creo que está muy bien hecho. Y por otro lado, para el temblor mismo, tenemos material de efectos visuales, que son los shots muy grandes, pero todo lo que sucede adentro del edificio son efectos especiales, no visuales, y ahí quien se lució fue Ricardo Arvizu. Construimos unos aparatejos que se movían y que temblaban, que era realmente como la maestría de la ingeniería”.

Requería mucha precisión, dice Kuno, que trabajó coordinado con todo su equipo, especialmente con el fotógrafo Rodrigo Mariña. “En varias tomas tenía 500 artistas de fondo atrás (‘en mi set no existe la palabra extras’), humo y fuego controlados, una placa que se desploma, efectos especiales donde va a haber visuales encima después en posproducción, qué música y en qué momento. Yo estaba como en Disneylandia. Era muy chingón porque podía hacer mis simuladores y lo que quería. Pero, aparte, el apoyo que sentí”. Insiste: pudo haber sido un desastre, aun así los actores, como Armando Hernandez, Ximena Ayala, Mario Zaragoza, Gustavo Sánchez Parra, Harold Torres o Sandra Echeverría, lo respaldaron.

Pudo haber resultado muy sensiblera, le digo. “Uta, ese era uno de mis más grandes miedos. Creo que estamos a punto siempre, a punto, pero siento que sólo se me escapó una lagrimita de una actriz. Y se me escapó porque se estaba haciendo de día y los pajaritos empezaron a hacerla de pedo. Y nos caía el sol. Pero lo hizo extraordinariamente bien, en ese momento justo funciona, pero creo que las virtudes eran y nacieron como errores. Antes de ser virtudes, eran errores”.

Kuno dice que de material documental grabado vio “238 horas y 42 minutos, no recuerdo bien los segundos, pero soy obsesivito, loquito. ¿Y todos estos archivos, y todas estas imágenes inéditas dónde están? Se las pedí a la empresa, al patrón. Le dije a Emilio que me las prestara porque somos nosotros; son duras, pero son oro molido para esta historia, para que se queden ahí y se vean siempre, porque el cine, por eso soy tan exagerado en las cosas en la peli, es sagrado. Vive más que nosotros y ahí va a estar siempre, nosotros no”.

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