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Cultura

Perder la individualidad

38-39

María Reneé Prudencio no dudó ni un instante cuando se le pidió 
adaptar la obra Privacidad para un escenario mexicano, y es que sabe 
que las nuevas tecnologías están cambiando las relaciones humanas 
entre las generaciones más recientes

POR Revista Cambio Fecha: Hace 1 week
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POR IRMA GALLO

Conseguir una entrevista con María Reneé Prudencio, que recién adaptó la obra Privacidad –el guion original es del dramaturgo británico James Graham–, fue una aventura; paradójicamente, lo logré gracias a Facebook.

La cita estaba hecha, nos veríamos en un lugar del Centro Histórico; sin embargo, se retrasó unos minutos y comenzó mi paranoia: ¿y si no llega? La verdad es que había sido parca –amable, pero seca– por la red social, aunque muy pronto escuché un “hola” y ahí estaba María Reneé Prudencio, con el pelo corto, sin una gota de maquillaje, muy distinta a la chica consentida que interpretó en 1997 en la telenovela Mirada de mujer.

Comenzamos a platicar sobre su trabajo de adaptación de la obra, que se estrenó en Londres en 2014, y luego fue una puesta en escena con gran éxito en Broadway en 2016, una labor nada fácil.

“Me puse a leer todas las noticias que había en un solo día sobre la privacidad, y era tal cantidad de información que no entendía cómo íbamos a lograr meter todo lo que estaba sucediendo en una hora y media de teatro, donde tampoco puedes dormir al espectador dándole una cátedra, porque va a que lo entretengas”.

El caso Pegasus, donde el gobierno mexicano espió a varios periodistas y activistas a través de un software con ese nombre, provocó que los actores Diego Luna y Luis Gerardo Méndez también se involucraran en la adaptación del guion.

“Hasta ese entonces, el manejo de la información online en México era bastante decente, o eso pensábamos –estábamos engañados–, comparado al manejo estadounidense que descubrimos con Edward Snowden, que era aterrador”, me dice María Reneé.

Y finalmente cuando los productores Francisco Franco y Claudio Herrera la invitaron a formar parte del proyecto, no lo dudó: “Me pareció interesante porque es teatro documental, no es un teatro al que estamos acostumbrados; no es un teatro narrativo dramático, es un teatro informativo. La gente reacciona en tiempo real. Como durante la obra sí puedes usar tus aparatos y tus redes sociales –eso es algo que es un anatema al teatro tradicional–, ha sido muy interesante la reacción en tiempo real de la gente”.

Cuando se destapó el escándalo de Facebook y Cambridge Analytica, Diego Luna declaró que la obra estaba más vigente que nunca, y María Reneé está de acuerdo.

“Soy una persona pudorosa; ya soy una viejita –cuando lo dice, reímos juntas porque yo también suelo sentirme así– que no entiende el mundo que tiene enfrente: traté de hacer Twitter, no lo logré; con Instagram, me obligo y publico una foto cada dos meses; Facebook es a lo que más he llegado pero sí, la vida en la vitrina no me resulta comprensible”.

Sin embargo, ¿cómo es posible esto si ella es actriz?, es decir, vive para exhibirse, aunque María Reneé revira inmediatamente: “Sí, pero son personajes. No soy yo”.

La actriz tiene una sobrina de cinco años de edad que desde que nació ha sido constantemente fotografiada por todos los miembros de la familia. “Esa niña no se concibe a sí misma sin un ojo que la esté observando”, dice, y luego reflexiona sobre lo que esta constante autoexposición le provocará a estas generaciones en el futuro.

“Yo creo que vamos a ver las consecuencias radicales que esto va a tener cuando las generaciones que nacieron con el iPhone crezcan. El cambio más absoluto va a ser en términos del tejido social, de cómo nos relacionamos los humanos. Porque una todavía tiene nostalgia, la nostalgia de las generaciones que nacimos antes del celular, bueno, de la computadora. Todavía nos acordamos, aunque ya no lo implementemos, que uno llamaba, que uno iba a visitar, que uno llevaba un pastel, y que las relaciones implicaban otro tipo de compromiso, y no sólo un like, que es tan fácil de dar y que tan pocas consecuencias tiene”.

Ahora entiendo por qué en su red social, su foto de perfil es un ave, y por qué las respuestas a mis mensajes, además de tardías, fueron casi monosílabas.

María Reneé recuerda una época de felicidad: “Cuando la existencia se mudó en línea, amaba poder pedir cosas por Internet y no tener que hablar con un ser humano, ni siquiera por teléfono”. Aunque pronto se dio cuenta de que se aislaba cada vez más, y de que llegaba a no comunicarse con nadie, fuera de su familia nuclear, durante semanas.

No obstante, recuerda el caso Snowden, y cómo nos vigilan a partir de esta vida online, pero luego los gobiernos nos “venden” el asunto de que esta vigilancia a la que nos someten es “por nuestro propio bien”.

“Estamos en una pérdida de libertad individual, de regreso a un estado vigilante, al 1984 de George Orwell”, me dice. “Estamos con el Estado espiándonos a través de nuestros gadgets, con el Estado influenciando lo que pensamos, cómo votamos, las vidas que tenemos. Vemos que son las corporaciones, pero las corporaciones son el Estado ya. Hay un nuevo autoritarismo corporativo”.

Le recuerdo, entonces, que durante los días que siguieron al terremoto del 19 de septiembre del año pasado, el Internet, y en especial las redes sociales, jugaron un papel fundamental para organizar la ayuda desde la sociedad civil. Me responde que por supuesto, que el problema no son las nuevas tecnologías y la conectividad, sino qué uso les damos: “Twitter no nos hace culeros, Twitter no nos hace envidiosos, Twitter no nos hace discriminar o ser misóginos, o ser homofóbicos, o ser transfóbicos. Twitter nos permite una plataforma donde estas actitudes no tienen las consecuencias que tenían antes”.

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