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Cultura

Una obra para domar

Ana Graham y Antonio Vega presentan su mayor reto teatral. Más allá de los diálogos y acciones, Solsticio de invierno es un duro ejercicio de memoria, concentración y coreografía

POR Revista Cambio Fecha: Hace 2 weeks
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POR JAVIER PÉREZ

Solsticio de invierno es una obra de seis personajes en la que sólo hay dos actores en escena: Ana Graham y Antonio Vega. Ellos también son los directores y, junto con Stefanie Weiss, traductores de la obra de Roland Schmmelpfennig. La presentan durante una corta temporada bajo el cobijo de su productora, Por Piedad Teatro, en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque.

La obra cuenta, rompiendo constantemente la linealidad, los eventos que ocurren en unas pocas horas de la Nochebuena en el departamento de la pareja conformada por Bettina, una cineasta, y Albert, un escritor, quienes tienen una hija pequeña, Marie (voz de Lorena Abril Martínez). Acaba de llegar la madre de ella, Corina (voz de Concepción Márquez), una anciana que todo el tiempo se confronta con su hija y quien ha invitado a un extraño, Rudolph (voz de Arturo Ríos), un viejo que toca el piano y que expresa impúdicamente ideas afines al racismo y la superioridad aria.

En el escenario se ubica, al centro, una especie de casa de muñecas –representación a escala del edificio en el que vive la pareja– que se abre, cierra y gira según el lugar del departamento donde vaya ocurriendo la acción. Graham y Vega utilizan muñecos para representar las escenas que ellos mismos narran. Y es que más allá de los diálogos y las acciones, que los hay, estamos frente a un teatro narrado, un duro ejercicio de memoria, concentración y coreografía del que salen bien librados estos actores que desde hace nueve años van y vienen entre México y Nueva York haciendo teatro en español e inglés.

Solsticio de invierno, me cuenta Ana sentada en un banco del lobby del teatro, les llegó porque hace unos años montaron El dragón dorado, otra obra del mismo autor con quien mantienen una estrecha relación y de quien les mandan los textos nuevos. Cuando “nos cayó este, nos pareció sumamente prudente y urgente el tema del que hablaba”.

La idea de recurrir a muñecos y a una maqueta surgió de querer conjuntar los lenguajes que a ambos les gustan. “Los muñecos, como en El síndrome Duchamps, con esta acción de las miniaturas y de los juguetes, son muy de la estética de Antonio. Y por otro lado, la edición de muy pocos elementos es la estética que yo utilizo. Desde que leímos el texto decidimos hacerlo solos, sin saber que nos enfrentábamos al Titanic. Ha sido un texto que representa el reto más grande que hemos afrontado en el teatro”.

Y es que el autor “no es lineal, corta de un cuadro a otro, de un espacio a otro muy rápido, y le mete la narración. Creo que el verdadero genio del teatro narrado es Roland Schimmelpfennig. No he visto que alguien logre cerrar todos los cabos sueltos que abre con la narración en algún momento de la obra. A veces nos preguntan si se puede cortar el texto para hacer una obra más corta, pero si le cortas un lado, le haces una herida al otro. En algún momento retoma a los personajes, sus pensamientos y sus acciones. Es un autor sumamente complejo, y creo que también con un enorme sentido del humor”.

Montar la obra les llevó un mes de trabajo de extenuantes jornadas diarias, pues tenían que trabajarla como actores y directores, lo que implicaba planear los movimientos y los trazos. “Es difícil estar adentro y afuera al mismo tiempo. Cuando estás adentro, tienes que dejar a tu director afuera para poder realmente fluir en el personaje. Ese fue probablemente el mayor reto, poder soltar al director, porque estás viendo a tu compañero a la hora que estás actuando y estás pensando cómo quieres que se vea la obra, sin verla en realidad”.

La música es un factor importantísimo en el desarrollo de Solsticio de invierno. Aunque se alude a Bach, Mozart y otros compositores clásicos, toda la música es original de Cristóbal Maryan y Emil Rzajev (intérprete además), quienes también se encargaron del diseño sonoro. “Antes del primer ensayo ya habían compuesto todo. Sí hace referencia a la pieza que se menciona pero en una creación nueva, en una variación completa de Emil. Nosotros tejimos alrededor de lo que nos propusieron. Además, la música se ajusta: cuando están en la sala y pasan a la cocina, se sigue escuchando, pero a un menor volumen, y cuando regresan vuelve a subir. Todos esos cambios meten a todo mundo en problemas: a los de audio, a los de iluminación, a nosotros mismos; sí fue un trabajo muy minucioso”.

De hecho, dice Ana, siguen en el proceso de “domar” la obra, que es “como un caballo salvaje. En algún momento sí sentimos Antonio y yo que este es nuestro bebé, todo lo que está allá encima salió de nuestra cabeza, pero no se puede hacer sin el equipo”.

Para ella, hacer teatro responde a su necesidad de “contar historias y de entablar un diálogo con el aquí, el ahora, con la comunidad en la que vivimos. Esta obra, sobre todo, responde a eso. Nos preocupa la retórica del populismo de derecha que se está viviendo en todos lados del mundo, y del populismo de izquierda que también está llegando a todos lados del mundo. Son seductores tal y como el personaje de Rudolph, que seduce a toda esta familia con su encanto y encontrando las necesidades de cada uno”.

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