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Cultura

Violencia al desnudo

Para el escritor español José Manuel Fajardo, el cine, la literatura y el periodismo deben dar cuenta de la violencia, pero con un criterio equilibrado de modo que no se banalice hasta el extremo de hacerla algo tan cotidiano como respirar

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 weeks
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Por Javier Pérez

La violencia es una herramienta para conseguir objetivos económicos, políticos o sociales; y le sirve a quien tiene el poder de ejercerla, dice José Manuel Fajardo, escritor español de Los años del miedo. Crónica de la violencia 1990-2015 (Los Libros del Lince), antología de artículos periodísticos que publicó en diversos medios de España, Italia, Francia, Portugal y México en ese periodo.

Según este escritor y periodista –en enero de 1991 formó parte del Foro de Escritores contra la Guerra, que se llevó a cabo en Madrid ante la amenaza de conflicto en el Golfo Pérsico– “una vez que se dispara una bala, no hay forma de pararla”. Sin embargo, tiene la convicción de que la lucha contra la violencia comienza con la pedagogía social. “Lo importante es evitar que quien dispara esa bala piense que tiene derecho a hacerlo. Hay que trabajar en la cabeza, en las ideas. Criticar el uso de la violencia, tanto la abusiva de Estados y gobiernos como la criminal de narcotraficantes y terroristas. Mostrar cómo la violencia, por justificada que pueda parecer al inicio, tiene su propia lógica y termina convirtiéndose muchas veces en un fin en sí misma, y cómo muchas veces esconde detrás de una retórica justificativa (la defensa de la patria, del orden, de la libertad, de la justicia) intereses económicos y personales bien perversos”.

Uno de los propósitos de Los años del miedo es, entre otros, el que describe en el prólogo: “desnudar la violencia de su halo sagrado y heroico ante los ojos de quienes la justifican”. Por eso considera importante elaborar un recuento histórico de la violencia en la época contemporánea. “Al ordenar la información cronológicamente, uno ve más claramente cómo se desarrollan los acontecimientos y está en condiciones de entenderlos mejor. En el caso de la violencia eso es todavía más cierto, pues la información sobre la violencia nos impacta emocionalmente y eso dificulta el análisis de lo que se nos cuenta. La cronología histórica ayuda a darnos una perspectiva más nítida y racional”; y elimina, además, la falsa impresión que tenemos de estar bien informados en este mundo hipercomunicado en el que todo el tiempo recibimos información por diferentes canales, aunque en su mayoría es una repetición constante.

“Hay mucha información que no nos llega o que se pierde en medio de todo ese otro ruido de mensajes informativos repetidos, de modo que nos pasa inadvertida. Además, la información por sí misma no siempre ‘informa’. Hay que tener también las herramientas críticas e intelectuales para comprender lo que significa y poder analizarla. Hace falta criterio”.

El libro está dividido en tres partes. La primera, “Vientos de guerra (1990-1999)”, habla de ETA y de la guerra del Golfo Pérsico. En “En voz alta (País Vasco año 2000)”, la más corta, trata el conflicto en esa región de España. Y dedica la mayor parte del volumen a “La pleamar de la violencia (2001-2015)”, que va de los atentados del 11-S en EU a la matanza de París en 2015.

“Creo que no hay una sola causa del auge de la violencia. Por un lado está el hecho de que las élites que dirigen la sociedad predican con el ejemplo. Cuando los gobernantes, que representan una sociedad, te dicen que tienen derecho a matar (declarando la guerra, enviando tropas a otros conflictos, usando drones para cometer asesinatos teledirigidos, etc.), practican una pedagogía de la violencia. Claro, ellos dicen que sólo los gobiernos tienen derecho a usar esa violencia y que lo hacen porque no tienen más remedio, pero la sociedad funciona como pirámide: lo que se propone en su cúspide desciende hasta la base y la impregna toda. Un liderazgo violento, diga lo que diga, contamina de violencia a la sociedad pues rompe el tabú de no matar. Por otro lado, la existencia de mercados negros que mueven miles de millones de dólares sin control y que están basados en la violencia, como el narcotráfico, constituye hoy una segunda economía, opaca, que influye sobre toda la sociedad y genera una corrupción generalizada, trasladando al conjunto de la sociedad las prácticas violentas propias de ese mercado negro. Y en tercer lugar, asistimos desde hace décadas a un auge atroz de las desigualdades sociales, y allí donde hay una injusticia extrema (dentro del país o en la relación entre países) acaba siempre habiendo violencia, ya sea delictiva o política”.

Aunque considera que la especie humana tiene un componente de violencia innato que haría imposible llegar a una sociedad sin violencia, sostiene que es viable “limitar el impacto de la violencia, desactivar los factores que hacen que se extienda y termine por marcar las relaciones entre los seres humanos”. Soluciones efectivas para lograrlo serían controlar el mercado de armas y el sistema financiero internacional (que permite blanquear dinero negro), así como la legalización de las drogas para que, en vez de ser un problema de orden público y de deterioro de la democracia, lo fuera de salud. También propone sustituir la política de “guerra contra el terrorismo”, que se ha vuelto política de destrucción de Estados que dejan un vacío que los terroristas ocupan, por una verdadera cooperación policial internacional y programas económicos de desarrollo económico en los países y zonas afectadas por el terrorismo.

Para ello, lo primero sería lograr “que a la cúspide de la sociedad, a nuestros gobiernos, llegaran gente de paz dispuestas a traer justicia e igualdad. Mientras se siga votando a los defensores de la violencia y a personas vinculadas al negocio de las armas, difícilmente se va a poder controlarla”.

—¿Cómo podría construirse una cultura de paz?

—Devolviéndole a la ONU su condición de espacio de diálogo y cooperación, que fue pervertido cuando Estados Unidos logró que pasara de ser escenario de debate para convertirse en agente activo de la guerra con la primera Guerra del Golfo en 1991. Y democratizando la ONU, de modo que no quede todo al arbitrio de los cinco grandes del Consejo de Seguridad.

—¿En qué medida contribuyen el cine y la TV a la normalización de la violencia?

—En una gran medida. Vivimos inmersos en una sopa visual de violencia. Las noticias que más se destacan son las violentas. Y en la programación televisiva hay una sobredosis de violencia. El cine, la literatura, el periodismo tienen que dar cuenta de la violencia, no se puede imponer censura en eso, pero a la hora de hacer una programación de televisión o de decidir los espacios que se dan a las noticias hay que tener un criterio equilibrado, de forma que los medios de comunicación no terminen por banalizar la violencia hasta el extremo de hacerla algo tan cotidiano como el respirar. El problema es que la violencia vende y se antepone el beneficio a la responsabilidad.

—¿Cree que pueda ocurrir nuevamente un suceso tan trágico como el Holocausto? ¿Por qué?

—Sí, no sólo puede repetirse sino que puede ser peor si algún gobernante cede a la tentación de usar armas atómicas. Por eso me parece tan preocupante el discurso racista, militarista y  agresivo de Trump. Creo que está jugando con fuego.

—¿Qué tanto afecta el uso de las formas de comunicación inmediata (Facebook, Twitter, etc.) al esparcimiento y normalización de la violencia?

—El lado negativo de las redes sociales es que ponen en el mismo nivel a las personas sensatas y educadas y las agresivas y brutales. A través de Facebook, por ejemplo, entran en nuestras vidas muchas opiniones que normalmente no tendríamos que leer porque son expresadas por personas con las que no nos cruzaríamos en nuestra vida normal o que no frecuentaríamos. Personas que dicen barbaridades o las graban en video. Que se expresan de manera insultante. En mi Facebook me veo todo el tiempo confrontado a ese tipo de energúmeno que se cuela a través de los amigos de los amigos de los amigos. Y en las redes hasta muchas personas normalmente inteligentes y educadas se expresan como salvajes. Es como si la red social se convirtiera en una especie de W.C. en el que se defecan los peores pensamientos y sentimientos. Me parece muy difícil de controlar, pero hay una función maravillosa que se llama “bloquear” y que aplico regularmente a los energúmenos que se me cuelan en Facebook, para no tener que volver a cruzármelos. No está mal restringir el acceso a tu red social, de igual modo que uno restringe el acceso a su casa. Porque uno no deja entrar a cualquiera en casa. Y tu ordenador o tu celular es tu casa virtual.

En las siguientes publicaciones se encuentra otro tipo de rastro de la violencia a través de genocidios y de crónicas para entender los tiempos que corren. En El fantasma del rey Leopoldo (Malpaso), clásico sobre el colonialismo de reciente aparición en español, el estadounidense Adam Hochschild da cuenta del genocidio ordenado por el rey belga en el Congo para cumplir sus fines “civilizadores”. En Borrados (Malpaso), Omer Bartov, indagando en sus orígenes, se dio a la tarea de contar cómo la región de Galitzia fue arrasada primero por los nazis y luego por la Unión Soviética y la Ucrania independiente. Finalmente, en Crónicas de la América profunda (Los Libros del Lince), Joe Bageant retrata a los blancos pobres de Estados Unidos, aquellos que jugaron un papel fundamental en la elección de Trump; un texto de ternura y brutalidad.

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