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Mundo

Cazadores de Trolls

28-30

Las bondades de Internet son muchas, pero la otra cara de la red presenta un reverso oscuro, muy oscuro

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 semanas
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Cobijados bajo el anonimato que proporciona el medio digital, un número incontable de usuarios se dedica a insultar, acosar, amedrentar y amenazar a otros internautas mediante las redes sociales, foros y páginas web. Son los llamados trolls, un término acuñado en la década de 1990. Un estudio publicado por la Universidad de Manitoba en 2014, los define como personas “narcisistas, sádicas y antisociales”.

“La mayoría atacan a personas normales y corrientes, buscando dañar su reputación y causar humillación y frustración”, puntualiza Michael Nuccitelli, psicólogo neoyorquino y creador de iPredator, un sitio web educativo donde recopila información sobre trolls y otros cibercriminales. A diferencia del mundo real, estas vejaciones se producen sin descanso, 24 horas al día, 7 días a la semana. Y ni las celebridades ni las personas públicas están a salvo de estas provocaciones, al contrario, son el objetivo predilecto de muchos enajenados que buscan llamar su atención y obtener así sus 15 minutos de fama.

Antes de la era cibernética, estos individuos restringían sus impulsos a la esfera de la fantasía. “Todo ser humano ha sentido, en algún momento de su vida, el deseo de dañar a otra persona. Esto es algo normal y habitualmente es un sentimiento que no llega a manifestarse más allá del subconsciente”, apunta Nuccitelli. La agresividad de estas personas se manifestaba tradicionalmente en grupos o personas que abrazan el racismo, la xenofobia, pedofilia o la homofobia y actuaban a nivel local. Ahora, gracias a Internet, tienen el mundo a su alcance.

Identificar al acosador

Inspirado en la serie documental de la cadena MTV Catfish, que facilitaba encuentros con parejas que se habían conocido en la red, David McClelland, periodista británico especializado en tecnología, empezó a darle vueltas a la idea de dirigir y producir un documental donde personajes públicos se enfrentarían, cara a cara, con sus trolls. La idea se gestó en 2014, y en 2016 finalmente se emitió en varios canales de la BBC como parte de una serie dedicada a la cultura de Internet. La preproducción sufrió varios altibajos, especialmente cuando en 2015 se conoció que la troll Brenda Leyland, de 63 años, cometió suicidio tras acosar a la familia de Madeleine McCann, la niña que desapareció en 2007 en Portugal y a la que todavía no han localizado. “Las cadenas de televisión empezaron a ver esta idea como algo tóxico, y en mi caso subrayó la sensibilidad que convella este tema porque traspasa la frontera virtual”, reflexiona.

Una vez que el caso Leyland se difuminó con el paso del tiempo, la BBC dio luz verde a la emisión del documental de McClelland, titulado Troll Hunters, en su formato original. Como el foco del mismo se centra en buscar a trolls que atacan a personalidades, el periodista contó con la videobloguer y víctima de varios ataques Em Ford, que acompaña al espectador no sólo en esta investigación, sino también en el análisis de la psique del troll y los motivos que tiene para perpretar estas acciones.

El documental narra la investigación llevada a cabo con el propósito de encontrar dos trolls, el de la exdiputada conservadora Louise Mensch y el de la modelo británica de origen indio Neelam Gill. “En el transcurso de la producción, varios famosos decidieron no continuar con la investigación, lo cual fue frustrante porque en algunos casos nos encontrábamos muy cerca de identificar a sus acosadores”, revela el periodista.

Al que sí encontraron fue al de Louise Mensch, escondido bajo el pseudónimo @cruella180, que se dedicaba a postear pornografia en la cuenta de Twitter de la expolítica. “Invertimos mucho tiempo y recursos en investigaciones digitales y no digitales”, comparte McClelland. Gracias a la ayuda de forenses especializados en lingüística, estrecharon el cerco. Estos expertos emplean big data y analizan cada uno de los mensajes que los trolls postean en diferentes plataformas. “Cuanto más publican, más pistas dejan”, explica el periodista.

Cruzando datos, identificaron a un varón que vive en la población de Slough. Este individuo había publicado el nombre de su escuela en un comentario y posteriormente una queja pública sobre el servicio de recogidas de basuras acompañado de una fotografía donde se veía, parcialmente, el edificio donde habita. También publicó una imagen donde su cuerpo se reflejaba en una ventana. Gracias a herramientas como Google Maps y al registro electoral, pudieron averiguar su identidad y confrontarlo, en un cara a cara entre el individuo y Mensch y Ford y en una entrevista posterior concertada donde el troll justifica sus acciones. “Al final el procedimiento es el mismo que seguiría un detective tradicional, que es el de recopilar pruebas y trazar conexiones entre ellas”, explica el periodista.

Tras la emisión del documental, McClelland recibió un torrente de correos electrónicos de víctimas solicitándole que buscara a sus trolls. El periodista remitió estas llamadas de auxilio a las autoridades correspondientes. La dificultad que implica esta tarea es que se trata de personas que no quieren ser encontradas y que se amparan en mecanismos que les facilitan su objetivo sin dejar rastro. Nada más sencillo que comprar una tarjeta de prepago para su celular, recargarla con dinero en efectivo, conectarse a Internet a través de una red privada virtual y crear un perfil completamente falso en las redes.

Patrullando la red

Durante dos años, Nuccitelli fue víctima del ataque de tres trolls que crearon un sitio web con su nombre acusándolo de ser pedófilo. “Publicaron 15 000 entradas difamatorias, incluso llamaron al marido de mi exmujer y publicaron la conversación sin su consentimiento”, explica el psicólogo. Hace tres años, creó una red de 90 voluntarios internacionales que se dedican a buscar trolls en diferentes redes sociales con el objetivo de denunciarlos a las autoridades y a las plataformas a fin de que eliminen estos perfiles. No revelaremos el nombre de la red para evitar ataques a sus miembros. Reciben “chivatazos” de otros usuarios y cuentan con especialistas que saben cómo encontrarlos. Explica que en estos momentos centran parte de sus esfuerzos en identificar a un grupo que postea fotografías y videos de gatos torturados en Google+, y en aquellos que vejan a terceros empleando pornografía.

El psicólogo denuncia la lentitud de los legisladores en establecer un marco legal que proteja a las víctimas de estos ataques, pero aun así recomienda que denuncien a las autoridades con el objetivo de crear precedentes para cuando por fin exista una legislación al respecto. Por otro lado, se cuestiona el papel que adoptan las plataformas sociales, que de momento no cuentan con mecanismos eficaces que destierren a estos individuos de la faz de Internet, algo que menoscaba su plan de negocio. Sin ir más lejos, Disney descartó adquirir Twitter el año pasado por el daño que causaría a su reputación como marca familiar asociarse a una red social donde el odio campa a sus anchas.

Ante la imposibilidad de los moderadores humanos de controlar todo lo que se publica en las redes sociales, estas plataformas empiezan a introducir tecnología en sus sistemas de monitoreo. Facebook, por ejemplo, emplea inteligencia artificial con la finalidad de detectar imágenes que puedan ser ofensivas a los usuarios. “El problema es que las máquinas no entienden el contexto en el cual se producen los comentarios, ya que sólo detectan ciertas palabras, dando pie a que los trolls sean más creativos en el uso del lenguaje para evitar que sean detectados”, reflexiona McClelland.

McClelland y Nuccitelli coinciden en que la pasividad de las redes y la lentitud de los legisladores en adaptarse a los tiempos que corren pueden incentivar la proliferación de ciber detectives privados que pongan rostro a los trolls, y respondan así a la pregunta que tortura a las víctimas: ¿porqué a mí? 

#trolls
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