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Mundo

Cero en lectura

En un país que estuvo orgullo por su educación pública de calidad, los especialistas ahora hablan de un Estado ausente que no fomenta la lectura ni la curiosidad, y también mencionan a los padres y madres con pereza intelectual; mientras tanto, el presidente Macri fantasea con una ‘revolución educativa’

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 weeks
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POR DIEGO JEMIO

Los resultados no son alentadores. No lo serían para ningún país de la región. Quizá resultan aún más dolorosos para Argentina, que supo tener una escuela pública y gratuita de calidad, por ello esta fue un orgullo nacional y la envidia de la región. En los resultados de las pruebas PIRLS (Estudio Internacional de Progreso en Comprensión Lectora, por sus siglas en inglés), que se dieron a conocer a finales del año pasado, la ciudad de Buenos Aires y Chile fueron los dos únicos sistemas educativos de América Latina evaluados. De las 61 ciudades o países participantes, la capital argentina quedó en la posición 46, mientras que el vecino país quedó en el 44. Lugares como Finlandia, Estonia, Japón, Hong Kong y Canadá suelen ocupar los primeros lugares.

En las PISA, otras pruebas similares, los logros en la ciudad de Buenos Aires –la más rica del país– no fueron mejores. Y no hacen otra cosa que confirmar lo que padres y docentes sostienen desde hace un tiempo. Es común escuchar a educadores decir frases como: “No entienden lo que leen”, “No saben leer consignas”, “Les cuesta estudiar”. Por otro lado, el presidente Mauricio Macri habla de una “revolución educativa”, mientras muchos maestros están en plena negociación salarial porque la inflación les come el poder adquisitivo, y deben trabajar en varias escuelas a fin de poder completar un sueldo.

¿De quién –o de quiénes– es la responsabilidad de las dificultades lectoras de los niños y adolescentes? ¿Qué rol cumplen los docentes, el Estado y los chicos? ¿Hay una pereza intelectual de una generación que vive más en las pantallas que con los libros?

Algunos especialistas intentan desentrañar cómo se pasó de educación modelo de América Latina a estar casi en el fondo de la tabla en pruebas de comprensión lectora.

“Se lee más que antes…”, se apresura en decir Silvia Schlemenson, doctora en Psicología y directora de la carrera de Especialización de Psicopedagogía Clínica de la Universidad de Buenos Aires (UBA). “Eso sucede porque las oportunidades de lectura se multiplicaron desde muy temprano a raíz de la informática. Eso no significa que lean signos y que los acompañen de interpretaciones. La lectura no es mejor ni tampoco me atrevería a decir que peor”, agrega la especialista, que también señala que el proceso de lectura “comienza cuando el niño es capaz de leer la realidad y mucho antes de la escuela”.

Schlemenson no se atreve a decir que los niños y adolescentes sean “perezosos para interpretar el mundo”. Y quizá lo atribuye más a una intencionalidad de apagar los deseos y las curiosidades individuales. “La curiosidad enriquece, pero se fomenta cierta pasividad social. Se impone el asistencialismo, el exceso de trabajo, el camino único… Todos son apaciguadores sociales. Eso produce una retracción del deseo. Hago lo que sé y el resto no me importa nada”.

El Estado debería, según la mirada de la especialista, incorporar las novedades que existen en el proceso de lectoescritura. Y comparó los sistemas de Finlandia y Cuba, dos países muy diferentes aunque con excelentes resultados educativos. “Uno es pobre y el otro no, pero tienen algo en común: están atravesados por una política estatal. Hay una preocupación distributiva del conocimiento por parte del Estado. En Finlandia no hay una enseñanza metodológicamente dirigida. Se aprende en pequeños grupos, en pocas horas y hay un incentivo permanente por el aprendizaje. Leer no es sólo descifrar”.

María Emilia Chuit, psicopedagoga y supervisora en algunos hospitales de la ciudad de Buenos Aires, dice que la desidia viene por parte de los adultos, que les leemos muy poco a los chicos. “Tampoco nos tomamos tanto tiempo para cantarles ni para charlar con ellos. Son padres muy tomados por la situación laboral y económica; entonces es difícil el encuentro con la lectura a una temprana edad. A su vez, los chicos se encuentran con las pantallas antes que con los libros. Es otro tipo de lectura, algo muy tomado por la imagen. Hay poco lugar para lo literario, que abre un mundo de fantasía y permite transitar cosas que hacen a la historia de cada uno”.

El Plan Nacional de Lectura fue implementado en 2003 en Argentina durante el gobierno de Néstor Kirchner. Claudia Caló, profesora en Letras, máster en Lectura y Literatura por la Universidad de Barcelona y formadora de docentes, dice que el plan se implementó con fuerza hasta el 2015, cuando finalizó el mandato de Cristina Fernández de Kirchner, y que el actual presidente Mauricio Macri cerró algunos proyectos que formaban parte del plan. “El Estado no tiene hoy un programa que sea funcional. Aunque la familia es la formadora primigenia, el plan actualmente no recibe cajas de libros ni hay actividades de promoción. Por otro lado, el Ministerio de Educación cerró proyectos de formación. Le exigimos mucho a la escuela, pero falta un apoyo para que pueda generar cosas”.

Caló también señala como responsable a la pereza de una generación de padres criada con la televisión, que a su vez cría a sus hijos con la computadora y los jueguitos sin fomentar la lectura. “El chico que está en jardín de infantes es un ávido lector, pero cuando comienza la primaria se va desgastando. Les damos siempre los mismos textos y muchos padres no saben qué comprarles. Un adolescente tiene un mundo ficcional maravilloso adentro, pero se desaprovecha”.

Florencia García conoce el problema desde sus entrañas. Tiene a cargo un curso con 29 alumnos de segundo grado en la ciudad de Buenos Aires. Son niños de siete años, que recién inician su proceso de alfabetización. Dice que los chicos no entienden las consignas y que les cuesta aún más en materias como Matemáticas a la hora de resolver un ejercicio. Su mirada va más allá de las pruebas de comprensión lectora y apunta a una situación económica y social más profunda. “El pibe (niño) tiene que enfrentarse a una realidad que no entiende. Argentina es un país con grandes cambios y pueden ver que a sus padres no les alcanza el dinero. A veces existe la pereza como consecuencia del desánimo. Trabajo en una escuela pública de un barrio de clase media alta. De todas formas, se mezclan las familias que incentivan a sus chicos y las que tienen que llenar el plato de comida. Estos últimos tienen como refugio la escuela. Será el único lugar donde verán un libro. También hay gente de recursos económicos, que no proponen la lectura por pereza intelectual o porque no es un hábito para ellos”.

Otro punto que señala García es la educación digital, que va más allá de tener la herramienta. “Hay que saber usarla. Caso contrario, los chicos terminan jugando porque no tienen una guía. Como docentes, no tenemos suficiente capacitación para desarrollar la comprensión lectora de los chicos desde lo digital”.

Al presidente Macri le gusta hablar de una “revolución educativa”, sin embargo, por ahora sólo son palabras vacías. Las pruebas muestran que un gran número de chicos no son capaces de entender un texto medianamente complejo. No obstante, el tema va más allá de las malas notas en esos exámenes internacionales.

Es una cuestión de búsqueda de autonomía en una sociedad cambiante. Leemos más que antes, pero textos cortos y pobres. Estamos habituando poco al cerebro a otras lecturas extensivas. Nadie sabe cómo serán las carreras del futuro, sin embargo, necesitarán sujetos que ni la escuela ni la familia están formando hoy en día.

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