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Mundo

La encrucijada de la paz

El próximo 27 de mayo, Colombia vivirá una de las jornadas electorales más importantes de los últimos años en medio de un clima de polarización y un ambiente de paz que pende de un hilo. ¿Cuál es el complejo escenario que enfrentan los votantes colombianos?

POR Revista Cambio Fecha: Hace 5 months
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POR SEBASTIÁN SERRANO

En octubre de 2016 se realizó un plebiscito para que los colombianos votaran si estaban a favor o en contra del Acuerdo de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla más vieja del mundo. Contra todo pronóstico, ganó el No. Sin embargo, no es que la gente estuviera en contra de finalizar un conflicto armado que ha desangrado y desgastado al país por más de 60 años, más bien no estaba de acuerdo con gran parte de los términos del convenio. Además había cierto sentimiento de desconfianza hacia las FARC, debido en gran parte al proceso de paz fallido de 1999-2002, en el cual el gobierno de Andrés Pastrana quedó reducido a la impotencia mientras que las FARC se fortalecieron militarmente, y ante los ojos de la opinión pública el país se desmoronaba. Esta situación la aprovechó Álvaro Uribe, que canalizó el rechazo de gran parte de la sociedad colombiana por las acciones de las FARC, fue elegido presidente dos periodos (2002 y 2010), y todavía es una personalidad muy influyente con un elevado respaldo público.

El Acuerdo de Paz finalmente fue ratificado mediante el Congreso, pero el plebiscito fallido del gobierno de Santos dejó como resultado un país polarizado entre dos posiciones. Los que respaldaron el No, incitados por Uribe, representan en buena parte a la derecha. Su principal argumento es que con este acuerdo se le entregó el país a las FARC, y además reclaman que no hay claridad sobre el proceso judicial que seguirán quienes cometieron crímenes graves durante el conflicto. Incluso han aprovechado la situación de la vecina Venezuela para generar el temor en la población de que un triunfo de la izquierda implicaría un gobierno “castro-chavista” en Colombia (¿les suena familiar?).

Por otra parte, están los que apoyaron el Sí, que representan a las personas que están a favor de una reconciliación, de reconstruir una Colombia más allá del rencor y las diferencias. Dichas opiniones en buena medida han sido arropadas por los movimientos progresistas y de izquierda. Estos votantes están amenazados por el temor de que un triunfo de la derecha bloquee y desarticule el Acuerdo de Paz. Además, ven con recelo la maquinaria política tradicional y los casos de corrupción –Odebrecht ha salido a flote en los últimos años.

El principal candidato de la derecha es Iván Duque, a quien muchos ven como un títere de Uribe, por ser el candidato de su partido Centro Democrático. Además, en la vida política de Colombia es poco conocido y sus mejores credenciales son 12 años de trabajo en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en Washington. En tanto, por la izquierda el principal candidato es el ex miembro del grupo guerrillero M-19 Gustavo Petro, que tiene un amplio apoyo popular. Este candidato es muy conocido por la opinión pública, ya que mientras estuvo en el congreso (2006-2010) fue uno de los principales detractores de Uribe. Sin embargo, a Petro le pesa su experiencia como alcalde de Bogotá (2012-2015), cuando estuvo a punto de ser sustituido por la baja aprobación pública y se quedó en el cargo gracias a la intervención del presidente Santos.

Como me explica Diego Niño, asesor en políticas públicas: “El votante promedio colombiano históricamente se ha identificado con opciones de centro o centro derecha. No obstante lo que puedan arrojar los reportes de las encuestas y las fotos de plazas públicas a reventar que aparecen en redes sociales, la izquierda tiene poca opción. La candidatura de Petro, con su tono populista y que exacerba la polarización, no cuenta con una fuerza legislativa ni tampoco va a sumar alianzas con otros partidos. En síntesis, es el perfecto candidato para posicionar a un nuevo líder que se estrena en política como Iván Duque, que si bien retóricamente se plantea como la renovación, el cambio a una política moderna y joven, es la presencia postiza de una candidatura que se soporta en otro liderazgo populista, pero desde la derecha, orquestado por el senador Álvaro Uribe, quien se caracteriza por su tendencia a no sujetarse a la institucionalidad sino a la fuerza que le da un respaldo mayoritario y amplio de la población colombiana”.

¿Y las FARC?

La participación de las FARC, ahora Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, parecía que iba a aportar un opción diferente en estas elecciones. Sin embargo, su candidato Rodrigo Londoño tuvo que ser hospitalizado por una intervención en el corazón y se retiró por motivos de salud. Aunque su respaldo político parecía bastante limitado, durante las campañas fue abucheado varias veces, y en las elecciones legislativas realizadas en marzo obtuvieron una votación muy baja. Su participación se ve reducida a los cinco escaños que tienen en el Congreso y cinco en el Senado, asegurados en el Acuerdo de Paz.

Diego Niño me platica que las FARC habían sido un actor decisivo en las elecciones de Colombia desde la década de 1990, ya que orientaban buena parte de los discursos electorales, ya fuera porque eran vistos como un enemigo que capitalizaba el rechazo de parte de la sociedad colombiana, o como en el caso de Pastrana (1998) y Santos (2014) que ganaron las elecciones con la esperanza de un proceso de paz. “En contravía al nuevo contexto, ya como partido, queda en evidencia su debilidad para captar apoyos en distintos sectores sociales (obtuvieron 0.34 % del voto al Senado), aparece sin el respaldo de la opinión pública, ni de los partidos y menos del electorado, ubicándose en un ostracismo con muy pocos aliados”.

Como me comenta Jorge Patiño, periodista y editor financiero: “Se van a integrar a la vida política, pero no creo que vayan a llegar muy lejos. Basta recordar el caso del M-19, que era menos impopular que las FARC, con menos víctimas a sus espaldas, y solamente dos personas han ocupado posiciones prominentes (Antonio Navarro y Gustavo Petro), pero por medio de otros partidos o movimientos independientes”.

Además, en los últimos meses las FARC se han visto inmersas en un nuevo escándalo, ya que uno de sus miembros y principal negociador, “Jesús Santrich”, se encuentra procesado por delitos de narcotráfico cometidos después de firmado el acuerdo y está en proceso de ser extraditado a Estados Unidos; por este motivo desde el 9 de abril está en huelga de hambre. Esta situación llevó a que el exjefe de la delegación de paz, Iván Márquez, declarara que si su compañero era procesado, él se negaría a ocupar su escaño en el congreso.

El centro ¿dónde queda?

Cómo alternativa a la polarización generalizada y a la clase política tradicional, aparece la opción de Sergio Fajardo, quien representa a una coalición de partidos progresistas de centro izquierda. Gran parte de su discurso está basado en la reconciliación, luchar contra la corrupción, promover la educación y llevar a buen término el Acuerdo de Paz. No obstante su actitud conciliadora, ha llevado a que la opinión pública lo vea como indeciso y demasiado moderado.

Diego Niño opina que Fajardo tiene pocas opciones. “Considero que políticamente también ha pasado el tiempo de estos liderazgos, emergentes en los 90 (Antanas Mockus) y a principio de siglo (Claudia López) cuando orientaban la política outsider; en buena medida ya son parte de la clase política y sus respectivas gestiones no fueron realmente óptimas en indicadores socioeconómicos. En buena medida el ‘milagro’ de ciudades como Bogotá y Medellín ha sido el resultado del papel constante de múltiples sectores, como los servicios, y de manera preponderante los empresarios y la inversión internacional”. Agrega que una presidencia hipotética de Fajardo no tendría gobernabilidad, ya que cuenta con muy poco apoyo en el Congreso y terminaría siendo un personaje autista e impotente, sin la fuerza suficiente para desarrollar su plan de gobierno.

Otros pendientes

Como me comenta José Cepeda, politólogo especialista en análisis de problemas políticos: “La solución de los grandes problemas del conflicto puede llevar 30 años, un cambio que puede llegar a verse en dos generaciones. Además quedan tareas muy importantes por hacer: la Memoria y reparación de las víctimas, así como la reinserción de los excombatientes y la reactivación económica de las zonas abandonadas. Incluso sigue pendiente alcanzar un proceso de paz con el otro movimiento armado, el Ejército de Liberación Nacional (ELN)”.

Para Diego, la implementación del Acuerdo de Paz, más allá de los discursos polarizados, a nivel político está blindada por la Corte Constitucional que asegura su desarrollo hasta el 2026. Sin embargo, es una tarea que puede durar más de una década y en donde el Estado debe recuperar el vacío dejado por las FARC en los territorios donde se desmovilizaron. “Los retos tienen que ver con la seguridad pública, principalmente en zonas fronterizas (con Venezuela) como Norte de Santander y el pacífico sur de Nariño (frontera con Ecuador), por la presencia de actores armados, disidencias guerrilleras, bandas criminales y el creciente cultivo de miles de hectáreas de coca. Sumado a lo anterior, en esta caja de Pandora aparecen los cárteles mexicanos del narco, que cuentan con capacidad para permear la institucionalidad y reorganizar las rutas de la droga que salen del país”.

De acuerdo con Jorge Patiño, en todos los posconflictos ha habido personas que vuelven a la violencia, y sería ingenuo pensar que todos van a seguir las normas. “Sin embargo, el punto débil está en la relación del Estado con los desmovilizados que quieren acogerse a lo acordado. Si a ellos no se les cumple, se corre el riesgo de que vuelvan a las armas, que los maten o que se escondan y no colaboren con la justicia. Seguirá habiendo violencia, porque el problema del narcotráfico no se solucionará en el corto plazo. Una guerra no funciona sin dinero, y el dinero de las drogas ilegales es enorme, por lo cual seguirá habiendo quien esté dispuesto a todo para tenerlo”.

Así que, en estas elecciones, los colombianos se enfrentan a grandes retos que pueden implicar un cambio en el país o que siga estancado en la espiral de violencia del pasado. Uno de ellos es que se avance con los compromisos del Acuerdo de Paz con las FARC y que este no quede truncado. Otro, eliminar la polarización y el rencor que sigue dividiendo a la población. Aunque por encima de estos, permanecen latentes los grandes temas que cada vez aquejan más a Latinoamérica y que de cierta forma están entrelazados: corrupción, desigualdad, violencia, educación y la sombra que flota sobre el país y que de un modo u otro sigue moviendo sus hilos: el narcotráfico.

 

Perfil de los candidatos

Iván Duque

Centro Democrático: Primero en las encuestas y con más posibilidad de pasar a la segunda vuelta. Tiene 41 años y fue senador de la República (2014-2018), además tiene experiencia de 12 años de trabajo en el BID. Tiene un discurso técnico de pensamiento moderno; enfatiza el apoyo al sector empresarial y privado.

Gustavo Petro

Colombia Humana: Segundo en las encuestas y también con alta posibilidad de pasar a la segunda vuelta. Tiene 58 años y es el ex guerrillero del M-19 que más lejos ha llegado en la política. Cuenta con mucho apoyo popular y convocatoria en las plazas públicas. Su gestión como alcalde de Bogotá (2012-2015) fue muy criticada y controvertida. Fue senador por el Polo Democrático (2006-2010).

Sergio Fajardo

Coalición Colombia: Tercero en las encuestas, representa a los movimientos progresistas. Tiene 62 años. En 2010 se presentó a las elecciones como fórmula de Antanas Mockus y fue derrotado por Santos. Fue Alcalde de Medellín de 2004 a 2007, seleccionado como mejor líder de Colombia y gobernador de Antioquia (2012-2015).

Germán Vargas Lleras

Cambio Radical: Representante de la maquinaria política colombiana, es el candidato avalado por Santos. Tiene 56 años y un largo historial político. Apoyó a Uribe y fue vicepresidente de Santos (2014-2017), sin embargo, fue uno de los principales críticos del Acuerdo de Paz. Fue senador desde 1994 hasta 2010, candidato a la presidencia (2010).

Humberto de la Calle

Partido Liberal: Es el representante del tradicional partido Liberal, cada vez con menos seguidores. Tiene 72 años, y fue el jefe negociador del Acuerdo de Paz (2012-2017). Participó en la asamblea nacional que cambió la constitución del país en 1991 y vicepresidente (1994-1995).

Los dos candidatos que obtengan más votos pasarán a una segunda elección,
 que se llevará a cabo el 17 de junio.

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