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Mundo

Una nación tradicional

En un país como Bulgaria –ha sido repetidamente conquistado a lo largo de su historia y hasta 1990 consiguió su independencia–, las artesanías y tradiciones se encargan de sostener su identidad frente a un futuro libre de complejos

POR Revista Cambio Fecha: Hace 2 months
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POR LUCÍA BURBANO

Un viaje por los Balcanes búlgaros, en la Europa más oriental, descubre una región orgullosa de su creatividad y del factor diferencial que representan su artesanía, tradiciones y gastronomía, a veces acompañadas por cierta mitología que consigue hilvanar una historia que eleva un producto a la categoría de símbolo.

Son los artesanos los que, quizá por tozudez, juegan un papel fundamental para que métodos heredados durante siglos perduren en el presente y en el futuro, remando a contracorriente de los dictámenes del mercado dirigido a las masas y de los ritmos de producción frenéticos que responden a la implacable ley de la oferta y la demanda.

Aunque todos los países del mundo cuentan con su propio folclor, para un país que ha sido repetidamente conquistado a lo largo de su historia y que obtuvo su independencia de la antigua Unión Soviética en 1990, el vínculo con sus raíces es casi como un flotador que sostiene su identidad y autoestima, y que le permitirá escribir los próximos capítulos de un futuro libre de complejos.

ETIQUETA NACIONAL

Si en Bulgaria te invitan a comer, lo habitual es comenzar con una ensalada Shopska de tomate, pimientos asados, pepino, cebolla, aceitunas y queso sirene que se puede acompañar de dos variedades de panes locales; pogacha y banitsa. No obstante, la estrella de este entrante es la rakia, un licor similar al brandy que se obtiene tras destilar frutas fermentadas. Es la segunda bebida alcohólica más consumida del país por detrás del vino, y se calcula que el 60 % es producción casera, algo que el gobierno no ve especialmente con buenos ojos. En la región de Troyan –donde este licor tiene más fama a nivel nacional–, los monjes del tercer monasterio más importante del país empezaron su producción, y todavía hoy dan la bienvenida al visitante ofreciéndole un trago del licor que religiosamente destilan.

“La región cuenta con el clima ideal para cultivar la ciruela azul, la fruta más empleada en su elaboración”, explica Pavel Shopov, de la destilería Vinprom. El origen geográfico del licor ocasiona que prácticamente los 13 países que forman la península de los Balcanes lo reclamen como su bebida nacional, lo que provoca interesantes debates entre vecinos. Sin embargo, el hallazgo de un recipiente de destilación que data del siglo XI parece dar de momento la razón a aquellos que sitúan el nacimiento de la rakia en Bulgaria.

A nivel gastronómico, hay un producto que el estado elevó a la categoría de ícono tras nacionalizar su producción en 1949, y del que los búlgaros consumen 27.5 kilos per cápita al año: el yogur. Alcanzó su fama cuando el Premio Nobel de 1908, el ruso Ilya Mechnikov, afirmó que la bacteria presente en el yogur búlgaro estaba estrechamente vinculada a la longevidad de los habitantes del país, para quienes alcanzar los cien años de edad no era ningún hito a principios del siglo XX. Aunque el griego le ha ganado terreno en Europa, es muy popular en países asiáticos como China, Tailandia o Japón, donde en 2009 acaparó el 60 % del mercado de yogures. Tiene una textura densa pero untuosa en el paladar que es difícil de olvidar por su exquisitez.

“Bulgaria es el único país del mundo donde existe la bacteria natural del yogur, el Lactobacillus bulgaricus que es 100% natural”, afirma Martin Marianov Angelov, propietario de Istrum Milk. Su pequeña granja de tres empleados y varias vacas en el pueblo de Kmetovtsi abrió en 2015 con el propósito de manufacturar queso y yogur siguiendo métodos tradicionales. Dado que esta bacteria es nativa y no puede reproducirse en otros países, la compañía estatal LB Bulgaricum emite licencias para su importación.

PROTECCIÓN ARTESANAL

Sabrina es una hiladora que lleva siete años trabajando en su estudio situado en el pueblo artesanal de Etara, tras formarse otros cuatro con la persona que ocupaba este espacio antes que ella. Los tejidos que elabora son muy populares en Bulgaria, y es común verlos en trajes folclóricos, en adornos o en forma de broches blancos, verdes y rojos –los colores nacionales–, especialmente el 1 de marzo, día en el que se celebra la Baba Marta, una tradición reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial y que marca el principio de la primavera. Allá es costumbre regalar Martenitsas, unas pulseras que entrelazan lanas rojas y blancas que simbolizan la amistad, fuerza, luz y pureza. A lo largo del día los búlgaros las  acumulan en la muñeca y los brazos, y se las muestran unos a otros como quien presume su popularidad.

Sabrina explica sonriente que ella es la autora de las Martenitsas que nos regalaron unos días antes en Sofía, la capital, donde comenzó el viaje con destino a los Balcanes, a pesar de que la nieve que cayó esos días presagiaba que la primavera aún tardaría en llegar. Con el fin de hilarlas, emplea una serie de máquinas fabricadas en la provincia con varios carretes que unidos forman un hilo blanco de mayor grosor, necesario para obtener estos adornos.

Etara es uno de los esfuerzos que el país llevó a cabo en 1964 con el objetivo de proteger a sus artesanos. Se trata de un museo etnográfico al aire libre que diseñó el pintor Lazar Donkov, quien quería juntar varias disciplinas con el fin de mostrar las “riquezas nacionales” que gozaron de gran popularidad durante el renacimiento búlgaro de los siglos XVIII y XIX, cuando en la provincia de Gabrovo existían más de 26 tipos de artesanos y sus productos se exportaban a Turquía, Austria, Francia o Rumanía.

Sabrina y otros artesanos luthiers, ceramistas, cuchilleros, panaderos o peleteros trabajan y venden sus productos allí tras ganarse una plaza mediante un competido concurso. Plamen Slavchev Malinov lleva en Etara desde 1995 pintando íconos, una tradición mayormente ortodoxa, que dice empezó a ejercer tras visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén.

Con aire místico, dice que la inspiración “la encuentra en sí mismo” y que no le hace falta visitar iglesias para reproducir después estas imágenes, aunque también es autor de las pinturas que pueden observarse en tres capillas de la región. Explica que las imágenes se pintan sobre madera tras colocar una base de pasta blanca, y emplea oro y pigmentos de colores “algunos de autor, otros siguiendo el dogma” para acabar con una capa de cera que protege la pintura. Tradicionalmente, los íconos se colocan en la pared de la casa que se sitúa en el este, y cuenta orgulloso que su trabajo ha viajado a lugares lejanos como Australia, Nueva Zelanda, India, Japón o Corea del Sur.

50 kilómetros al norte, en Veliko Tarnovo, Nina y Dimitar comparten un taller de cerámica en una de las calles que la población dedica a sus artesanos. Madre e hijo elaboran platos, boles o vasijas empleando una técnica muy antigua de la época bizantina llamada sgraffito, que consiste en rascar la capa superior del barro con el propósito de revelar los colores de la capa inferior.

“La primera vez que vi a un ceramista fue en televisión, y fue entonces cuando supe que quería dedicarme a esto”, explica Nina. Ella se formó en una escuela situada en Troyan; dice que está orgullosa de que su hijo haya decidido emprender este camino con ella. “Para él empezó como un juego cuando tenía diez años y ahora somos socios. Espero que en la familia haya una tercera y cuarta generación”, agrega.

Sus clientes son sobre todo turistas que visitan la población en primavera y verano. Con la finalidad de garantizar la supervivencia de un gremio que se ha instalado en la población desde el siglo XII, el ayuntamiento cobra una renta simbólica por alquilar sus talleres, que son de propiedad municipal.

Actualmente sólo quedan doce ceramistas. Nina, que se formó durante cinco años y acumula 30 de experiencia, dice que sin este apoyo no podría ejercer su profesión. “Hoy en día los jóvenes no tienen interés en aprender artesanía porque quieren resultados rápidos, no tienen paciencia”, lamenta en un inglés más que correcto. Hace diez años existían 22 artesanos en Veliko Tarnovo, de los que ahora sólo quedan 12, algo que el municipio quiere revertir para hacer de la cerámica su valor diferencial.

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