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Amor al cuadrado

Es probable que viva con mi incapacidad de amar durante el resto de los febreros que me quedan por vivir, pero al menos tengo tatuadas en mi subconsciente las noches en las que amaba por igual a Gala y a Luna, mientras con mi dedo índice mezclo hielos y ron

POR Revista Cambio Fecha: Hace 7 days
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POR JULIÁN VERÓN

Desde que somos expulsados de las entrañas de nuestra madre y nos reciben en este mundo terrenal algunos pares de guantes de látex, estamos condenados a ser bombardeados desde la publicidad, los televisores, los dichos de abuelitas, los jueces con pelucas conservadoras y las canciones de la radio con una sentencia: sólo puedes amar a una persona a la vez.

Nadie, después del romanticismo, ha refutado esta imposición, todos prefirieron vivir en una perfecta y falsa armonía con esta directriz, y ni siquiera se plantearon abiertamente asomar su cabeza al cuarto de al lado por curiosidad para saber si en la otra recámara había algo mejor o al menos “diferente”.

Somos latinos, crecimos con mentes colonizadas, amor al Big Mac de doble queso y nos reunimos todos los domingos del año a ver futbol americano aunque este sea un deporte excesivamente gringo. Es como si así llegáramos programados al plano terrenal y no hubiera manera de resetear esos códigos; y es que simplemente, hay situaciones para las que al parecer no tenemos la clave que nos llevaría a romperlas. Y aquí obviamente entra el amor occidental. Desde que tengo uso de razón, mi madre me explicó lo imperioso e importante que era conseguir “una sola mujer” que me cuidara, quisiera, ayudara a limpiar, cocinar, y me apoyara.

Ya luego, con algunos años y decepciones, me di cuenta de que ella lo que estaba sugiriéndome era que encontrara a “otra madre”. Su discurso estaba a la par con el de la mayoría de mis amigos y programas de televisión por cable.

Siempre busqué incesantemente a mujeres y al amor como si estuviese jugando futbol o coleccionando pares de tenis: cada semana quería una nueva o mejor. Para mí, la adrenalina que sentía fluir por mis venas cuando estaba cerca de conquistar otro cuerpo, sigue siendo la droga más fuerte que he percibido en mis adentros, y probablemente no entienda otra forma de ponerme bien arriba.

Ok, sé que esto que diré no es políticamente correcto, pero las mujeres siempre fueron para mí accesorios, ropas que lucía con la finalidad de verme mejor en la fiesta de todos los viernes, y para que todos mis amigos sintieran una gran envidia hacia mí. Ya que, al final del día, todos queremos que nuestros amigos nos envidien y quieran ser nosotros, ¿no?

Todo lo que hacemos es aspiracional, por eso seguimos a Gucci en Instagram y vemos chamarras que jamás podremos comprar. Es la base de la existencia de esta generación.

Desde pequeño soñé con llegar a una cierta edad en la que tuviese dinero, auto, independencia económica, discos, y algunos ciertos logros a fin de verlos en el retrovisor cada vez que me aburriera. Aún, según mi psicoanalista, tengo una obsesión absurda por impresionar a toda mujer que pase por mi vida para que se sienta orgullosa de mí y me haga sentir que soy suficiente para ella; pero nunca pasa por mi mente lo más común y mundano de una relación: amarlas.

Es posible quemarte cuando juegas con fuego varias veces al día. En mi incesable obsesión por coleccionar mujeres, inevitablemente encontré varias que me quemaron –era sólo cuestión de tiempo–.

Cometí el pecado mortal que todas las abuelas, canciones de Rocío Dúrcal y libros de autoayuda nos advirtieron: me enamoré de dos mujeres por igual a la vez. Es difícil hablar de esto sin sonar como una rola bien mediocre de cualquier cantante de pop, pero la raíz de esto es más bien oscura y las consecuencias, pues, ya podrán imaginárselas. Voy a llamar a las dos chicas: Gala y Luna, porque obviamente ninguna exnovia habría aceptado que volviera a mencionar siquiera su nombre.

A cada mujer se le ama de una manera absurdamente distinta, ya que a ninguna le huele el cabello igual, pide su pizza de la misma forma o muerde parecido los hielos de los vasos en donde pide su coca cola. Cada vez que conocemos a una mujer, estamos ante miles de millones de posibilidades nuevas.

Y en este trance de conocer cuerpos y almas cada fin de semana, pues caí en la trampa de vivir en una dinámica en la que quise amar por igual a dos de mis tantas conquistas. No era sencillo, ni física ni mentalmente. De a ratos confundía situaciones, lugares, y hasta pequé en llevarlas exactamente a las dos al mismo restaurante, misma mesa, y mismo mesero. Era como si quisiera comparar las experiencias hermosas que vivía con cada una para poder decidirme por alguna y ser aceptado en el mundo occidental.

Soy un tipo sumamente obstinado, entonces, si me enojaba con una iba y mataba el enfado saliendo con la otra. Cuando el perfume de Luna se me hacía anticuado, iba velozmente en mi auto a buscar a Gala para que con su aroma me hiciera olvidar aquella obstinación. Cada una se convertía en el antídoto al veneno tóxico que en algún momento me hacían sentir. Eran algo parecido al yin y al yang. El problema era que ninguna de las dos lo sabía. Yo había aprendido que de eso no tenía que hablar, que estaba mal por donde se le viera, que engañar era “lo normal”.

Gala tenía la capacidad de lograr orgasmos bíblicos, y Luna más bien amaba de otra forma. Ella podía estar enamorada de una mariposa, mi edredón sucio, o de la manera en la que me reía cuando la molestaba con alguna de mis bromas estúpidas. Cada amor de ellas llenaba una parte de mí que desde siempre se sintió asquerosamente vacía. Y, de a ratos, me acostaba de piernas abiertas en el sofá negro de mi hogar mirando al cielo y pensando en por qué no podían más bien las dos unir sus cabezas, pechos y piernas para crear una mujer perfecta y hacerme el hombre más feliz de los siete mares. De a ratos pensaba que, de alguna forma, esta maldición de tener a dos cuerpos y almas a los que amaba por igual era alguna condena que estaba pagando.

Me volví adicto a Gala y a Luna. No encontraba una mejor manera de satisfacer mis inseguridades e insuficiencias que teniendo dos amores. Y esto no fue culpa de ellas; sin embargo, que un hombre crezca sintiéndose insuficiente hará que busque rellenar todas las sensaciones que le faltan pagándolas con las mujeres que conozca en su corta vida; se va a embriagar en ron hasta perder la razón, y buscará en cualquier sombra sentada en algún bar esa sustancia que lo haga sentir completo.

Amar a Gala y Luna de igual forma, fue tan descomunalmente agotador que hizo que las últimas gotas de amor que estaban depositadas en mi organismo se disiparan. Y como el petróleo, el amor es un recurso no renovable en el 2018. Mis entrañas quedaron drenadas y llenas de telarañas, y hoy en día soy más bien un recipiente que no tiene el mínimo interés ni la disposición para amar. Soy un infectado que contrajo la enfermad más terrible de los próximos años, la causa de muerte de la mayoría de los jóvenes y adultos: la incapacidad de amar. Soy como un leproso al que apenas una que otra mujer con ligeras pretensiones de amor se atreve a tocar. Huyo y escapo como si a un gato negro le echaras un botecito de agua helada a las nueve de la mañana de un domingo.

Quizás por esto nuestras abuelas, madres, canciones de amor ochenteras y mentes colonizadas nos exigían sólo amar a una mujer. Probablemente esta era la razón por la cual el elixir de amar a dos mujeres a la vez, por igual de lado a lado, es algo tan prohibido en la sociedad occidental, y yo de necio y obstinado quise romper las cuerdas de esta regla tan curiosa. En consecuencia, contraje el virus prohibido del que nadie nos habló que íbamos a ser portadores si nos atrevíamos a quemar ese puente. Por querer ver qué había del otro lado del muro, contraje la enfermedad más incurable de todos los síndromes presentes en el diccionario de las afecciones.

Y la advertencia acerca de la realidad de este mal siempre estuvo presente de manera inconsciente en todas las novelas de Televisa, restaurantes llenos de parejitas comiendo carne y tomando vino algún 14 de febrero, aunque nunca pudimos verla claramente.

Es probable que viva con mi incapacidad de amar durante el resto de los febreros que me quedan por vivir, pero al menos tengo tatuadas en mi subconsciente las noches en las que amaba por igual a Gala y a Luna, mientras con mi dedo índice mezclo hielos y ron.

Elegí recordar viejas glorias ahogando los minutos, apretando alguna botella y observando a algunos amantes valientes pagar sus cuentas desde mi ventana este 14 de febrero. No hay mejor fecha que el día del amor para recordar mi enfermedad y celebrarla.

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