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Nación

Capacidad es ser diferentes

Les presento a un hombre que todos los días sale a ganarse la vida para sobrevivir; disfruta lo que hace, aprende de la gente y de las experiencias; alguien que hace lo que tiene que hacer. Trabaja, ama, se divierte, tiene ambiciones, sueños y preocupaciones. No es ni buena ni mala persona. Javo tiene capacidades diferentes... como tú, como yo y como todos

POR Revista Cambio Fecha: Hace 2 weeks
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POR KATTYA GUTHER

Javo se levanta de una silla de ruedas y le sorprende ver a un hombre sentado en esa misma silla, su corazón late fuerte y su respiración se agita, conoce esa sensación, se llama ansiedad. –No es broma, el hombre que está ahí sentado no tiene piernas y soy yo– , se dice a sí mismo.

A lo lejos escucha una voz que lo regresa de esas experiencias extra corpóreas que a veces experimenta: “Ándale, Javo, ya párate y vámonos.” “¡La silla, güey!”, contesta Javo riendo. Y es que sí, es cierto que sus amigos olvidamos de pronto que no tiene piernas, nos ha convencido de que él no es un discapacitado; no se la cree. Javier Alonso Medina siempre se ha pensado como un hombre con piernas, simplemente porque en sus 36 años de vida nunca las ha necesitado; y al recordar esto, la ansiedad desaparece y sabe que todo estará bien.

Le da más importancia al hecho de haber nacido bajo el signo zodiacal de Acuario que el haber nacido con las piernas como pequeños muñones. Aunque no lo sabe a ciencia cierta, focomelia es el diagnóstico que mejor describe su condición –una malformación que consiste en la ausencia de elementos óseos y musculares–, pero de este hecho lo único que le importa y agradece es que su mamá haya consentido que le cortaran las piernas cuando era un bebé; gracias a esto Javo tiene movilidad y no está atado a una silla de ruedas.

Al llegar a algún lugar, la impresión es inmediata; hay gente que lo observa con naturalidad y hay otros que simplemente no pueden dejar de verlo, sucede sobre todo con los niños quienes, curiosos, exteriorizan su sorpresa, a veces sin filtro reflejan un morbo que lo llegaba a poner muy incómodo; a pesar de eso, Javo nunca se esconde.

Recuerda cuando fue a un parque de trampolines a celebrar el cumpleaños de una amiga, y cada niño representaba un motivo para salir de ahí. Se escuchaban los murmullos, se sentían sus miradas, trató no darle importancia y comenzó a brincar en uno de los trampolines; entonces sucedió: los niños y las niñas comenzaron a echarle porras y ánimos; algunos jugaron quemados con él, una niñas se acercaron a decirle que era increíble, e instauraron su club de fans. De pronto se les olvidó a ellos también que Javo no tenía piernas; era un niño más, alguien de su tamaño. Cuando se despidieron varios lo abrazaron; entendieron que Javo es igual que ellos, porque los niños no ven más, no ven menos y eso es lo que necesitan muchos adultos.

Javo asistió a un kinder con niños con discapacidad, eso le hacía ver que sus problemas no eran más grandes que los de sus compañeros. Cuando ingresó a una escuela de los que él llama niños de pie, también todo era normal. Mucho tuvo que ver que en su casa nunca lo trataron diferente, esto le dio las herramientas para no sentirse distinto ante lo que él veía fuera de casa. Es más, no recuerda que le hayan hecho bullying, a excepción de una niña que en la secundaria le llegó a decir Mocho Cota. Javo pensó que era por el luchador; tiempo después alguien le aclaró que era porque estaba mocho, y no lo ofendió. En la preparatoria, como todos los adolescentes, no encajaba porque se sentía diferente, y se burlaban de él porque le gustaba Fey. A la fecha entiende el bullying como una manera de convivir entre compas, siempre y cuando sea recíproco y sin ánimos de chingar.

A Javo siempre lo atrajeron la música y los colores; hace unos años se impuso el reto de hacer danza aérea: se subió, se cayó y siguió intentando hasta que subió ocho metros y tocó el techo, un reto más a la larga lista de lo que puede hacer un hombre sin piernas y sin miedo. Dejó esta actividad porque se estaba lastimando los tobillos, como también le dice a sus muñecas, porque sus brazos también son sus piernas. De acuerdo con Javo, la silla de ruedas es un protocolo social; en su casa anda sin silla, camina con las manos.

Ha hecho todo lo que ha podido y querido… bueno, no todo, no ha podido usar unos tenis de Little Pony –esos que tienen luz neón en la suela–, piensa que es lo más homosexual y padre que pudiera usar; desea caminar con ellos para que brillen en la noche.

Javo fue muy consciente de sus gustos desde muy joven, su único temor era salir del clóset ante su familia; tardó años en hablar con su madre y cuando lo hizo la respuesta de ella fue: “Javo, ya lo sabía, eres mi hijo y te gustba Fey”.

De las pocas cosas de las que Javo se arrepiente es de no haber hablado con su madre antes, pues creía que la preocupación de ella se acrecentaría al saberlo gay. Aunque Javo ya era tan autosuficiente que no había nada que temer, Amalia cumplió con su misión de manera ejemplar, pues le enseñó a su hijo a valerse por sí solo y a defender su lugar en el mundo.

De esta misma forma, ahora Javo le enseña a sus sobrinas que existen personas muy diferentes, algunas con problemas físicos o mentales, que no todos tenemos la posibilidad de ser un niño o una persona como comúnmente la ven, y que la belleza de la vida radica en aceptar y entender todas esas diferencias.

Mediante la educación, podríamos crear generaciones más informadas que dejen de usar términos como inválido o malito, porque hay que entender que tener una discapacidad no es sufrir una enfermedad, no te hace especial, ni para bien ni para mal. Y ya entrados en confianza, Javo acepta que hay veces que sí le ha sacado provecho a su situación: pide los lugares preferentes en los conciertos aunque haya pagado el boleto más barato; no se forma en las filas y exprime los pocos privilegios que puedan otorgarle, porque, como él dice, si ya le tocó pues hay que aprovechar.

“Sí, es real que a mí me cuesta más esfuerzo hacer las cosas, pero siempre siento una energía que me esta cuidando y protegiendo.” Javo es una persona espiritual que ha buscado a Dios y lo ha encontrado en la bendición que le da su madre todos los días, en la fe y amor de los demás, y en la trascendencia. Cree en el karma y la reencarnación, y asegura que algo tiene que aprender en esta vida; su situación no es un castigo, es una oportunidad. Dios lo estaba creando, de pronto se le acabaron las piernas y le dijo a su chalán: “ponle un poco más de pene y dos de percepción para compensar”, bromea Javo muy en serio, pues considera que tiene un sexto sentido.

Muchos pensaron que terminaría pidiendo limosna, de hecho a veces le han dado dinero cuando está en la calle; no se molesta, lo ve como la necesidad de las personas de sentir que hacen algo. “Preferiría que fueran más conscientes y empáticos con las necesidades de los demás”. Javo estudió en la UNAM Comunicación con especialidad en Producción Audiovisual porque quería entrevistar artistas y hacer lo que veía en canales como TeleHit.

Javo cumplió uno de sus mayores sueños: no sólo conoció a Fey, trabajó con ella. Ahora trabaja como guionista en Canal 22 y tiene su canal de YouTube (Pinche Javo), donde expresa lo que cree y siente, además de informar a la gente acerca de la discapacidad. Aprendió a bordar porque se sentía una persona básica, sentía que no hacía mucho en la vida, como si todo lo que hace no fuese suficiente. ¿Cómo lo logra? Su madre tiene mucho mérito porque, como dice Javo, no le creo más discapacidades, y desde muy pequeño superó la discapacidad más compleja: la discapacidad mental. Superando esta, ya es más fácil avanzar y vivir con su discapacidad física.

Viaja en Metro, micro y Metrobús; también maneja su camioneta adaptada con un palo de escoba como acelerador y un tubo como freno. Una persona a quien le ha tocado hacer ciertas adaptaciones para acoplarse a la vida y, como todos los demás, busca los recursos que le funcionen con el fin de avanzar de una u otra manera. Por ejemplo, alguna vez bajó Grinder, una aplicación que es básicamente un menú para conocer hombres. Le tocó lidiar con preguntas como “¿pero tienes pene?”, “¿cómo coges?”, “vivo en un octavo piso, ¿cómo vas a subir las escaleras?”

“Además de ser una persona con discapacidad, me tocó ser homosexual. ¿Qué sigue? Soy pobre, discapacitado y jota, me falta ser negro para tener todas las minorías”, exclama Javo, con ese peculiar humor ácido que lo caracteriza. “Reirte de ti mismo es lo más sano” es otra filosofía de vida que Javo aplica y que a todos nos vendría bien.

En las app de citas, Javo no ha encontrado lo que busca; no ha tenido suerte en el amor, porque, dice, es un poco exigente, le gusta la gente que piensa, que tiene la capacidad de dar, de recibir, de crear, de compartir y aceptar y crecer … y como no hay gente así pues ya valió madres. “Me voy a quedar como Cenicienta, esperando que me pongan la zapatilla de cristal”, dice un Javo que, como a todos, le da miedo que le rompan el corazón porque, como muchos, sus depresiones más profundas han sido por amor.

“No sólo las personas con discapacidad sufren”, asegura Javo con la boca llena de razón. Sufrimos todos por nuestras necesidades y por nuestras carencias; porque al final todos tenemos una discapacidad en el cuerpo, en el alma, en el corazón, en la mente. Sus palabras me incapacitan por un momento; Javo continúa la idea y me regala la movilidad con un antídoto:  para curar cualquier discapacidad, la solución es superar el miedo al qué dirán, no victimizarse, aceptarnos y aceptar las diferentes capacidades que cada uno de nosotros tiene y ser honestos con nosotros mismos.

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