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Nación

Cartas tras las rejas

En la cárcel se pierde la libertad de hacer, pero no de imaginar. El romance –y quizá el amor– logra nacer y sobrevivir gracias al envío de cartas entre reclusos que nunca se han visto

POR Gabriela Gutiérrez M. Fecha: Hace 2 months
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Los días en la cárcel (cana) son una copia del día anterior. Para los que no reciben visitas del exterior, la monotonía puede ser más pesada que una tumba. Menos los lunes y sábados, días de carta.

Las reclusas que visitan a sus familiares y esposos en alguno de los reclusorios varoniles, se convierten en las palomas mensajeras que transportan las misivas entre otros reclusas y reclusos, que nunca se han visto y que, no obstante, se prometen amor eterno.

“A mí me insistió mucho una amiga, para presentarme –mediante una carta– a un amigo de su hijo que estaba en la penitenciaria”, recuerda Lupita. “Después de como dos años acepté, más que nada por aburrimiento”.

La comunicación epistolar entre los internos es algo que sucede al margen de las autoridades penitenciarias, por ello sería imposible obtener un dato confiable sobre la frecuencia con la que sucede, pero, según cálculos de internas consultadas, alrededor del 30 % mantiene comunicación por carta con otros internos.

El amor en tres actos

Primero: La presentación

Nombre: Eduardo, pero me dicen Lalo.
Edad: 34 años.
Actividad: afuera era policía, aquí adentro trabajo para un padrino (recluso de gran poder).
Delito: secuestro.
Sentencia: 25 años, de los cuales llevo ocho y voy por mi segundo recurso de apelación.

La primera misiva suele lucir más como una ficha policial que como una carta de amor. El primero en escribir suele ser el hombre. Si a la interna le agrada, responderá.

El amor se mide en número de páginas, y en el empeño que los escribanos pongan en cada una de ellas. Una, dos, tres, hasta siete páginas (por ambos lados), decoradas con corazones de colores, grecas, dibujos tiernos y, también, sexuales.

“Cuando llegan las cartas, las comparamos entre internos. A mí me gustaba recibir las de Lupita porque siempre eran las más bonitas, con una letra redondita, muy bonita, sin faltas de ortografía. Luego luego, sin decir nada, los demás se daban cuenta de que mi novia era la que estaba mejor preparada”, dice Ulises, recluido en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente.

Lupita estudió Administración de Empresas. Trabajaba como tesorera de una empresa. Su jefe la acusó de haber robado alrededor de 500 000 pesos. Ella asegura tener las manos limpias y que el verdadero delincuente es su ahora exjefe.

“Cuando estaba en la calle, los viernes eran día de fiesta. Desde las ocho (de la noche) comenzaba a vestirme de femme fatale. En la cárcel, el arreglo es para mis cartas”, dice Lupita, quien paga una sentencia de siete años por fraude, en el Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla.

Segundo: Profesionales del romance

En la cárcel, más que el amor, lo que se extraña es el romance, sentirse deseado e, incluso, hasta recordar que no se es sólo una sombra, un legajo judicial empolvado en un archivo, sino una persona que siente y, más aún, que despierta sentimientos.

Las cartas llenan un vacío existencial, sí; pero también uno material. Existe un acuerdo tácito entre las partes: ellas satisfacen el ego, la sexualidad de los hombres que escriben cartas. En ocasiones se llenan de palabras e imágenes pornográficas, junto a mensajes que explican el objetivo: “Cuando te vea, en esta posición te voy a poner”.

Ellas, a cambio, esperan dinero o regalos, que en ocasiones cambian por dinero.

Sara es lesbiana. Está recluida en Santa Martha por intento de homicidio, porque al intentar defender a su novia –sexoservidora– de un cliente que se había puesto violento, se le pasó la mano y casi lo mata.

Su novia eventualmente dejó de visitarla, igual que toda su familia, quienes ya la habían desconocido desde que salió del clóset. Aunque Sara reencontró el amor adentro.

Sin familiares o amigos afuera que la ayuden a mantener su existencia en el reclusorio, Sara ha hecho del romance epistolar su carrera profesional.

“Actualmente me escribo con dos, pero ha habido momentos que he tenido hasta cuatro”, dice. “Les digo lo que quieren oír, ellos me mandan un dinerito o si no tiene, alguna artesanía que hacen en los talleres y yo por acá la vendo”.

Una de cada 10 internas que se escriben con otros internos, lo hacen con más de uno. En ocasiones, como Sara, porque han hecho de ello su modus viviendi.

También ellos suelen escribirse con varias internas, sin embargo, debido a que la mayoría de las mujeres están recluidas en Santa Martha Acatitla, sus “infidelidades” epistolares son descubiertas con más frecuencia.

“El truco, para que no te cachen, es nunca cartearte con más de uno por reclusorio”, dice Sara.

Tercero: El matrimonio

Leonor llegó a Santa Martha en 2001 por delitos electorales y fraude. Vendía casas de las que no era dueña y para ello contaba con diferentes credenciales de elector con nombres falsos.

Graduada de la Universidad La Salle, conoció a Javier –recluido en el Reclusorio Preventivo Varonil Sur, por homicidio– a través de una carta.

Desde el principio, tanto Javier como Leonor fueron claros. Él quería que no se cartera con nadie más. Ella, 2 500 pesos semanales a fin de sortear sus gastos. Ambos aceptaron.

Después de un par de meses de que las cartas iban de un lado para el otro, tramitaron una constancia de concubinato, como si hubieran vivido juntos en el exterior, un requisito indispensable si se desea solicitar la visita interreclusorios.

“No es difícil, consigues dos testigos que aseguren que ustedes vivían juntos, pagas y la obtienes”, recuerda Leonor.

Al año de comenzar a tejer la libertad con cartas, Leonor y Javier se casaron. “Sabemos que no es la situación ideal y que es posible que el matrimonio dure lo que dure la sentencia. No puedo hablar por ella, pero si llego a salir antes, estaré esperándola”, dice Javier.

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