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Nación

Ciudadanos con autoestima

Si estamos hartos de quejarnos, hay una alternativa: renovar nuestra autoestima ciudadana a partir de nuestros actos, el propio ejercicio de ciudadanía y la decisión de ser agentes de cambio en una sociedad que se transforma y exige desde la dignidad de su existencia

POR Revista Cambio Fecha: Hace 10 months
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POR ALEJANDRA DEL CASTILLO

Roxana se moría de ganas de orinar, estaba en un parque público y su única opción se convertía en uno de esos baños portátiles, de los que cualquiera podría contar una experiencia llena de olores y visiones escatológicos. No tenía alternativa y tuvo que acceder a la experiencia ante una necesidad física e impostergable.

Roxana es mexicana y se encontraba de paseo en algún país de primer mundo.

Temerosa, eligió una cabina de la hilera. Prefirió no optar por las cabinas de los extremos, y probar suerte en algún baño portátil de en medio.

Respiró profundo, agarró valor y jaló de la puerta.

El baño estaba limpio por dentro, no despedía ningún olor desagradable, tenía papel de baño y gel antibacterial para las manos. Incluso pudo hacer una descarga con la finalidad de dejar limpio el inodoro después de la cascada de orina que liberó.

Un segundo después, la idea del baño portátil sucio se convirtió en un país: México, y el miedo de abrir la puerta y entrar en él, lo que sentimos antes de salir de casa hacia cualquier parte y trasladarnos con el pensamiento de peligro e inseguridad. El mismo México en el que el derecho a transitar es un ejercicio violento, suceda en auto, bicicleta, transporte público o a pie. El país en el que las instituciones juegan contra sus ciudadanos. El lugar donde la corrupción es una moneda de cambio.

La sociedad donde la desigualdad se porta en el rostro de su gente. Ese México donde la falta de oportunidades se convierte en un tema de urgencia todos los días.

Roxana se reconoció como una ciudadana mexicana que ha sido violentada estructuralmente en todas sus dimensiones. Su autoestima ciudadana se redujo a reconocer las condiciones de calidad de vida con las que ha tenido que sobrevivir todos los días desde que tiene memoria.

Entonces aparecen a coro las voces de la conciencia colectiva que gritan: “Tenemos el gobierno que nos merecemos”. Pero si eso es cierto, los ciudadanos seríamos responsables de nuestra desgracia o al menos eso nos han hecho sentir y creer, porque no se puede ser víctima y al mismo tiempo responsable de nuestra circunstancia. Dicho argumento sólo justifica y legitima vivir en un país en el que vamos contribuyendo a la desigualdad, la corrupción, la inseguridad o la injusticia social si no estamos haciendo lo contrario.

El sociólogo noruego Johan Galtung establece el ciclo de la violencia como un triángulo que simula las veces de un iceberg. En la punta se encuentra la violencia directa, la violencia cultural y la violencia estructural.

La violencia directa corresponde a la punta del iceberg, es visible e identificable y se define por los comportamientos y actos de violencia.

La violencia cultural se refiere a los aspectos culturales y simbólicos de nuestra existencia que justifican la violencia materializados en las ideologías, la religión, el lenguaje, el arte, la ciencia empírica y la ciencia formal.

La violencia estructural atenta contra las necesidades de supervivencia, de bienestar, identitarias, de libertad y de equilibrio ecológico, a gran escala y de forma sistemática. Si en la violencia directa se habla de muerte, su correspondencia con la violencia estructural sería el genocidio.

Escribe Galtung: “La violencia estructural deja marcas no sólo en el cuerpo humano, sino también en la mente y en el espíritu”. Las modalidades de la violencia estructural pueden ser consideradas “como un refuerzo del aparato de dominación del sistema político y económico de la estructura. Funcionan al impedir la formación de la conciencia y la movilización, que son las dos condiciones para la lucha eficaz contra la dominación y la explotación”. Del adoctrinamiento en combinación con el ostracismo resulta la percepción de una ciudadanía manipulada que no reconoce el sentido de la dignidad personal y social, evitando la formación de conciencia de clase.

En correspondencia, la violencia directa de lo cotidiano, la violencia simbólica de nuestra cultura y atrapados en un sistema de violencia estructural, nos hemos resignado a ser y vivir como ciudadanos de quinta.

Ante ello, una alternativa: si aleccionados como ciudadanos no merecedores de bienestar, libertad, reconocimiento, justicia social y seguridad, despertáramos renovando nuestra autoestima ciudadana desde nuestros actos, el propio ejercicio de ciudadanía y la decisión de ser agentes de cambio en una sociedad que se transforma y exige desde la dignidad de su existencia ¿podríamos cambiar nuestras sociedades?, ¿seríamos capaces de hacerlo?

Es la metáfora de un baño portátil que se convierte en la idea de salir de la cabina con el propósito de convertirse con conciencia y perseverancia en un agente de cambio para el país, en un ciudadano del futuro con todas sus implicaciones: dignificar a la sociedad desde cada uno de los actos y desde la reconstrucción de la dignidad de una sociedad merecedora de paz y justicia social.

En tiempos de violencias ¿qué puede ser más rebelde que vivir como un ciudadano del futuro que da vida a la construcción de sociedades de paz?

La idea no es de hoy, probablemente ha sido pensada por muchos y en distintos momentos de la historia.

Albert Camus, en su discurso de aceptación por el Nobel de Literatura en 1957, pronunció: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida –en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión–, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores establezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza”.

Es así, los ciudadanos del futuro podrían rebelarse y adueñarse del presente.

Fuente: Galtung, Johan. (2016). La violencia: cultural, estructural y directa. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5832797.pdf

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