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Nación

Construir(nos) un hogar

22-23

Por fuera, el edificio luce como cualquiera. Por dentro ellas están reconstruyendo su vida. Estas son las historias de un refugio ultrasecreto que busca lo que pareciera imposible hoy en México: garantizar a las mujeres una vida libre de violencia

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 weeks
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POR ÓSCAR BALDERAS

“¿Quieres que empiece de la más vieja a la más reciente? ¿O de la cabeza a los pies? Yo me acuerdo más fácil de los golpes, si los pienso de arriba a abajo. Mira… acá tengo una descalabrada, ¿ya viste que no me sale cabello de esa cicatriz? Bueno, así tengo cuatro como lombrices, de cuando me aventaba por las escaleras. Como ocho veces me dejó moreteados los ojos. Y una vez me rompió la nariz, ¿sientes? Desde entonces la tengo quebradita. Los labios me los rompió… uy, ya no me acuerdo, eso era más seguido. Le gustaba romperme la boca, yo creo que lo hacía porque le gustaba que estuviera siempre callada, porque decía que tenía voz de ratona. Me mordía los pechos. Me quebró dos costillas. Casi siempre me pegaba en el abdomen y una vez me enterró el bastón del coche en los genitales, porque según él voltee a ver a un hombre. Me pateaba los muslos, me daba patadas en las espinillas, y una vez que estaba descalza, en la cocina, me pisó tan fuerte el pie que me rompió el dedo chiquito. Clarito escuché el crack-crack del hueso… y, bueno, esos son los golpes de los que me acuerdo ahora. Una pierde la cuenta cuando son tan seguidos…

¿Por qué pones esa cara? Uy, nooooo, lo mío fue leve. Hay compañeras peores. Unas que perdieron un ojo porque el marido les enterró algo o les cortaron los dedos. Conocí una vecina a la que su esposo le quemó el cabello, porque se lo pintó sin pedir permiso. Y otra a la que la encerraban todo el día en el baño, con llave, para que no hablara con nadie. Yo, como sea, sobreviví. Otras ya están en el panteón. A esas hubiera sido bueno que las conocieras para que te contaran este infierno. Yo, mira, afortunadamente, estoy completa y puedo platicar de esto contigo. Yo te cuento lo que quieras, sólo no pongas mi nombre completo… ponle… que me llamo Juana y no pongas que soy víctima. Me gusta más ‘sobreviviente’”.

***

Conocí a Juana en su primer departamento como una mujer divorciada, aunque ella prefiere el término “libre”. Para dejarme pasar, puso una condición: que su ubicación exacta no fuera publicada por temor a que su exesposo cumpliera la amenaza de encontrarla y cortarle el cuello. Lo que sí permitió contar es que aquel edificio de interés social, nuevo, en el norte de la Ciudad de México, tiene el honor de detonar el más grande proyecto de vivienda para mujeres sobrevivientes de violencia doméstica en la historia de la capital.

En 2010, aquella construcción fue bautizada por el gobierno de la Ciudad de México con un nombre secreto, incluso para funcionarios de alto rango: “El 10”. Por fuera, el edificio lucía como cualquiera. Por dentro, era un refugio de alta seguridad que escondía a mujeres que reconstruían su vida en aquellos departamentos que la Secretaría de Desarrollo Social local (Sedeso) les rentaba a precios bajísimos, por debajo de 500 pesos mensuales.

Las inquilinas representaban los casos más extremos de violencia doméstica. Mujeres violadas por años, golpeadas hasta quedar moribundas, amenazadas por parejas que decían pertenecer al crimen organizado. Después de atreverse a denunciar, eran enviadas a alguno de los dos refugios formales del gobierno, pero la norma establece que en un máximo de 90 días deben desalojar su espacio para cederlo a otra mujer violentada. Las alternativas, en muchas ocasiones, eran la calle o volver a casa del abusador. Por eso, existía “El 10”: a las mujeres con las historias más terribles, se les enviaba a ese edificio oculto en un fraccionamiento con seguridad privada para salvarles la vida.

Juana fue una de las decenas de inquilinas que pasaron por ahí. Dejó el departamento hace un año, cuando se dio cuenta que ya podía abrir las cortinas de su sala sin miedo a que apareciera el rostro de su expareja.

“El edificio era muy sencillo, pero hermoso ¡imagínate, todas las vecinas son sobrevivientes! Todas éramos muy pobres, desempleadas, con deudas, pero nos ayudábamos. Si a una le sobraba caldito de pollo, se le ofrecía a otra. Teníamos club de lectura, sesiones de terapia, luego nos echábamos nuestros alcoholes, ¿por qué no? Con moderación, Guadalupe daba masajes, Mireya cortaba el cabello, y así nos íbamos. ¿Cómo le llaman? Sororidad. Como una hermandad, pero de mujeres. Esa palabra la aprendí aquí”.

Las mujeres de “El 10” solían cargar con silbatos para alertar a todas sobre un posible ataque. Juana no recuerda que alguna vez se haya necesitado, pero, asegura, ¡pobre de aquel que hubiera querido golpear a una mujer de ese edificio! La mayoría tomaba clases de defensa personal, pero no hubieran dudado en usar una sartén para defender a sus “hermanas”. Para usar sus palabras, entraban mansas como corderos y se mudaban fieras como lobas.

Años más tarde, el proyecto de “El 10” fue víctima de su propio éxito. Jesús Rodríguez, director general de Igualdad de la Sedeso, asegura que el modelo sirvió tanto que ya no cupo en un edificio. Hoy, “El 10” no existe y aunque ahí aún viven sobrevivientes de violencia doméstica, su uso ya no es exclusivo para esa población. En cambio, el gobierno de la Ciudad de México creó un fondo con el que apoya a sobrevivientes con mil pesos mensuales para la renta, además de capacitarlas gratuitamente en algún oficio e, incluso, contratarlas como parte del staff del gobierno capitalino.

Actualmente, hay unas 650 mujeres, incluidas mujeres trans, que han egresado de los refugios y están recibiendo esa ayuda. Para la sorpresa de muchas, independizarse y tener su propio departamento las ha redescubierto: Gabriela supo que dentro de sí misma guardaba una talentosa chef, Paulina se conoció como taxista y Juana, a sus 51 años, descubrió que nunca fue la tonta que su exesposo le dijo que era. Para demostrarlo, tiene una licenciatura en Trabajo Social que obtuvo a distancia gracias a una nueva modalidad en la UNAM. Y va por una maestría.

El diploma cuelga en la pared de su nuevo departamento. Pequeño, pero acogedor. Pintado de azul claro, su color favorito. Ya compró refrigerador de dos puertas y tiene un estéreo que le alegre las noches. Y aunque Juana aún extraña la solidaridad de “El 10”, cree que el sacrificio valió la pena: ahora, en lugar de decenas de mujeres con apoyo para renta hay cientos. En unos años, se llegará a mil. Mil hermanas, grita. “¿A poco no te emociona?”.

***

“¿Te imaginas lo que es sentir que tu casa es el lugar más peligroso del mundo? Yo luego me la pasaba pensando, ¿dónde me irá a matar este desgraciado? ¿Moriré en la cocina, en la recámara, en la sala? Y eso es horrible, porque tu casa debería ser tu refugio. Tu no lo sabes, pero es muy duro. Cuando tienes tu casa, y él no sabe donde vives, te regresa el alma al cuerpo. Un día, sonríes. Otro día, te arreglas. Te compras un vestido, ¿para qué? Nomás, para andar así en tu casa. Y perfumes. O te cortas el cabello a la moda. Y piensas… esto no lo hubiera hecho, si no tuviera una vida independiente. Yo, te confieso, ya estaría muerta. Hace años que me hubieran enterrado y, como están las cosas, él estaría libre y casado con otra, ¿qué es de él? No sé. No me importa. Que le vaya bien. Yo ya tengo mi casita. Acá no me pregunto dónde irán a encontrar mi cuerpo. Acá yo florezco, soy la reina, la que sobrevivió.

¿Ya te vas? Bueno, cuando quieras, aquí está tu casa. Ya pronto tendré una tele bonita. Siempre quise una, así, grandota. ¿Por qué elegí Juana como apodo? Pues por Juana de Arco. Esa era bien cabrona. Y en mi casa, así soy yo”.

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