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Nación

Editorial

POR Elizabeth Palacios Fecha: Hace 3 semanas
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Es cierto, los recientes sismos ocurridos en nuestro país sacaron de las entrañas de nuestra sociedad una solidaridad que para muchos era sólo una referencia evocada por los relatos de la memoria de nuestros padres que, curiosamente, tal vez tenían la misma edad que nosotros el 19 de septiembre de 1985, cuando también les tocó levantar los escombros de un país lastimado y marcado por la tragedia.

El pueblo ignorado tras el sismo

Sin embargo, en medio de esta ola de solidaridad innegable, recordemos que en la vida cotidiana, los discursos de xenofobia, racismo, discriminación y violencia de género son el pan de cada día en México y muchas partes del mundo.

¿Es que acaso la naturaleza de las sociedades contemporáneas está más inclinada hacia el odio que hacia la bondad? ¿Realmente necesitamos que, literalmente, el país se venga abajo para encontrar en los escombros nuestra propia bondad?

Esto no es un dejavú

La idea de que el ser humano es fundamentalmente egoísta ha sido alimentada por muchos pensadores a lo largo de los siglos. Thomas Hobbes, por ejemplo, desarrolló el concepto del Leviatán, en el que hace referencia al monstruo bíblico más temido con el propósito de explicar y justificar la existencia de un Estado absolutista que subyuga a sus ciudadanos.

Hobbes va más allá e incluso afirma que el ser humano es malo por naturaleza, y por lo tanto se une en sociedad con el único interés de sobrevivir. También Kant defendía esta postura.

Jean-Jacques Rousseau difería porque pensaba que “el hombre es bueno por naturaleza”, pero la sociedad lo corrompe. Una sociedad en la que cada individuo lucha por mantener sus privilegios y posesiones.

Más allá de la coincidencia

Tal vez la postura de este pensador sea la más cercana a nuestra realidad en el siglo XXI, en la que las personas, desde muy pequeñas, son educadas para competir y obtener lo máximo posible, sin más objetivo que acumular riquezas y privilegios.

Y en los tiempos actuales un nuevo elemento se suma a este de por sí poco alentador panorama: la tecnología. Ya lo decía Umberto Eco, antes los discursos de odio podían silenciarse fácilmente si surgían en la conversación de un grupo de personas que era acallado por otras en la privacidad de un pequeño bar, aunque ahora, las redes sociales son un altavoz del pensamiento y, lamentablemente, de una superioridad que se presume con orgullo en medio de discursos de odio.

La Condesa en movimiento

Hoy necesitamos reconstruirnos, pero ¿sobre qué bases?, ¿sobre los escombros del odio?, ¿cuánto va a durar la solidaridad impulsada por la emergencia? Si no nos cuestionamos profundamente esto, la resiliencia será un reto para la reconstrucción interna de la sociedad mexicana tras la tragedia. ¿Qué tipo de cimientos necesitamos? En el equipo de CAMBIO creemos que el primer paso consiste en elaborar un discurso de bondad porque las palabras nos definen y nos hacen lo que somos, como personas y como sociedad.

¿Cómo se cura el miedo?

El odio no es más que el reflejo del miedo a lo desconocido, a lo diferente, a lo que rompe nuestros prejuicios. ¿Podremos avanzar mientras enfocamos la energía en el odio y nos olvidamos de la bondad?

La respuesta no la tenemos, pero dejamos esta edición como una primera fase para invitar a una reflexión colectiva, en un momento en el que no debemos olvidar que toda crisis puede ser transformada en una nueva oportunidad.

#Cambio#Editorial#Elizabeth Palacios#Esperanza#Odio
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