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Nación

Ella nunca me abandona

Cuando como, me siento en una especie de burbuja en la que nadie puede entrar. Es un momento que nadie puede osar interrumpir, una unión única y especial, mi relación más duradera y tóxica, una cita que jamás me abandonará como sí lo hicieron mi madre o mis parejas

POR Revista Cambio Fecha: Hace 1 year
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POR JULIÁN VERÓN 

Marzo, 1999, un viaje a la playa con mi familia. En la camioneta que mi abuelo le prestaba a mi papá para viajar, llevamos una bolsa con muchos panes rellenos de jamón, queso y una salsa que preparaba mi abuela a base de más queso, que me encantaba. Mi madre siempre me prohibía comerlos, ya que “engordaban mucho” y era mejor cuidarme.

En el momento en que mis papás se enfilan a la playa para tratar de hacerme ver que aún se aman, inmediatamente me alejo de mi hermano que juega como un niño normal, llena sus manos de arena y ríe. Yo miro la bolsa de panes y en mis ojos, cuerpo y cerebro, siento como si se liberara algún tipo de sustancia y no tengo más remedio que ir hacia ella, abrirla y comerme los 10 panes. lifehack

Sí, en aquel viaje, cuando tenía 10 años, engullí la comida de cuatro personas en una sola sentada. 10 panes, uno por cada año. Fue increíble, con cada bocado sentía colores, amor, victorias, golazos, y una sensación de felicidad que hasta el día de hoy no he encontrado palabras que la describan. Ninguna mujer me ha hecho sentir como esos diez panes con salsa de queso que me comí en la playa. Mejor que cualquier orgasmo que haya tenido.

Pero cuando los panes se acabaron, dejé de sentir euforia y caí en la triste realidad. Me di cuenta de que la comida que minutos atrás me había hecho feliz, logró que odiara cada fibra y cada parte de mi cuerpo. Sentí que me desintegraba, que me disolvía, y que no valía nada, que era mejor dejar de existir en ese preciso instante. Quería que la arena de la playa se abriera, me arropara y que nadie preguntara por mí. Cualquier niño que estaba alrededor era mejor y más guapo que yo, y a diferencia del éxtasis que viví con cada bocado de pan, lo que sentía ahora era una profunda pena y desagrado hacia mi cuerpo.

Todas mis parejas, de alguna u otra manera, me han abandonado. Siempre terminan alejándose de mí en el momento que yo más he estado comprometido con la relación. La comida, en cambio, nunca me abandona. Siempre que me siento mal o tengo algún problema, sé que puedo confiar en que ella nunca jamás se irá. Y eso es a lo que todos aspiramos: a tener una compañera de vida que, sin importar nuestra posición, esté ahí siempre que la necesitemos.

Cuando como, me siento en una especie de burbuja en la que nadie puede entrar. Es una cita que ninguna persona puede osar romper ni interrumpir, una unión única y especial, mi relación más duradera y tóxica, una cita que jamás me abandonará como sí lo hicieron mi madre o mis parejas.

Desde que existimos, uno de los miedos más profundos y antiguos de nuestra especie es el estar solos, sentirnos desamparados y no tener razón alguna por la cual seguir de pie. Nadie quiere estar solo, así por momentos pareciera que estar en compañía es la mejor solución a nuestros problemas. Y, como defensa o acto de supervivencia, buscamos cosas o nos metemos en situaciones en las cuales terminaremos de alguna forma acompañados. La buena noticia es que la comida siempre va a estar ahí, en cualquier momento puedo levantar el teléfono y pedir una pizza familiar de pepperoni que me haga olvidar lo poco que me quiero. 

La depresión y la ansiedad son amigas que no deberían juntarse, sin embargo, como decía mi abuelo: “Dios las crea y el diablo las junta”. Son las siete de la tarde, salí de mi trabajo, desayuné bien, almorcé igual, pero hay una fuerza sobrenatural extraña en el aire y las estrellas que provoca que cada olor de la ciudad se multiplique por diez y quiera a como dé lugar sentarme en cualquier restaurant a comer una hamburguesa y dejarme hundir en mi tristeza. 

La comida chatarra es la droga más fuerte que he probado en mi vida. Y eso que he estado desmayado en el piso luego de escuchar Highway 61 de Bob Dylan una mañana de domingo luego de haber pasado todo el sábado consumiendo cocaína, whisky y cogiendo. Ninguna droga alivia mis demonios como morder una hamburguesa, sentir un pedazo de tocineta en mi lengua o tomar una cucharada de Nutella.

Cuando como sin tener hambre, me lleno de calorías que sé que ni siquiera estoy disfrutando, y la razón número uno por la cual quiero dormir es para despertarme con el estómago vacío y así poder sentir esa sensación de placer extremo de comer sin estar lleno. Caigo en cuenta de que tengo un problema. Pero al cancelar mis planes, me encierro en una recámara y pido tres tipos de comida distintos, para refugiarme en cada bocado y así esconder mi depresión; ya sé que llegué a un abismo profundo sin retorno.

¿Qué vino primero, la ansiedad y la depresión o mis problemas con la comida? La verdad es que no tengo la más mínima idea. Desde que recuerdo, mi depresión y ansiedad siempre han bailado de la mano con el exceso de comida. Son cadáveres que bailan el vals en mi armario, y se visten con el polvo que hay oxidado.

Desde niño, comía por absoluto placer y deporte. Incluso en la escuela, competía con mis amigos para ver quién se metía más comida a la boca a la vez. Siempre ganaba. Mi madre me repitió por años durante mi infancia que tenía sobrepeso, aunque mis amigos y amigas me decían que no era cierto. Luego de grande, me enteré de que mi madre me decía esto con el propósito de “cuidarme y que así no estuviese gordo en realidad”, según sus propias palabras. Resultado: crecí con dismorfia corporal. Mi miedo a quitarme la playera frente a mis amigos era enorme, y cuando me quería bañar en la alberca con ellos esperaba a que todos estuviesen ya dentro para quitarme rápidamente mi playera y meterme a la piscina. Hace días, al revisar algunas fotos mías de cuando era pequeño, caí en cuenta de que mi cuerpo era de lo más normal, incluso podría decir que era esbelto, pero gracias a que en casa me repetían que no era suficiente y que me tenía que cuidar porque “ya me estaba viendo más gordo”, no me di cuenta de esto.

Las pequeñas batallas ganadas son las que hacen que cada día sea más llevadero. Me levanto de la cama, lavo mis dientes, me miro en el espejo y veo que aún sigo atrapado en el mismo cuerpo. “Ya va un día más que no como, ¿y qué?”, me repito al espejo. Siento que estoy perdiendo el tiempo con todo lo que hago. Algunas cosas mudan, cambian de lugar, mi cerebro se está prendiendo en fuego mientras veo los autos pasar. Los diez segundos más placenteros que tengo cada día son cuando un pedazo de comida baja por mi garganta y llega al estómago. Quizás lo más difícil es darme cuenta de que la comida dejó de ser un alimento para subsistir, y se convirtió en algo sumamente dañino que busco cuando estoy en mis peores momentos, y que es mucho más fácil seguir destruyéndome que parar y cortar este comportamiento.

Hay días buenos, no tan buenos, y malos. Es como una ruleta rusa diaria. A veces me levanto con el pie derecho, e ingiero apenas la comida que necesito para tener una vida saludable. No tengo sobrepeso realmente, pero cada vez que algo no sale bien en mi vida vuelvo a quien nunca me ha abandonado: la comida. Una pelea con mi novia, un mal día en el trabajo, o sentirme bajoneado por cualquier cosa provoca que busque en la comida lo que no tengo en esta vida de carne y hueso. Busco una hamburguesa para sentirme feliz, como cuando mi papá luego de mis prácticas de futbol me premiaba llevándome a un sitio de hamburguesas callejero. Un plato de comida tan simple y leve como dos rebanadas de pan con carne hace que me traslade a mis mejores días y a cómo hablaba de futbol con mi padre sin parar en una mesa roja de plástico, con una coca cola de botella muy fría. 

Soy una persona funcional, necesito serlo. Trabajo diariamente pero si llega un día de esos en los que no me levanto de la cama por mi depresión, pues todo terminará en vaciar la nevera. Es un ciclo que si comienza, no para. Un huracán que no tiene nombre. Un remolino que apenas empieza no hay manera de que pare, aunque, mágicamente, al otro día puede no existir. 

No sé cuál será mi salida, ¿cuánto sufrimiento es realmente mucho sufrimiento? ¿Seguiré sin hacer nada y sólo tratar de no mirarme al espejo para así no romper otro? Mis amigos me dicen que me veo guapísimo y que no entienden por qué digo las cosas que digo acerca de mi cuerpo, mi doctor me dice que estoy en mi peso ideal, mis piernas tienen aún los músculos definidos debido a todo el futbol que jugué en mi juventud, pero al verme en el espejo escucho a mi madre decirme que no es suficiente y siento que mi abdomen tiene más grasa que de costumbre. Ojalá tuviese más fuerza, o pudiese decir que tengo la cura, que tengo la salida. Comer hamburguesas me recuerda a lo feliz que me hacía mi padre, ¿entonces cómo hago para dejar algo que me hace tan feliz, y que a la vez me destruye?

Quizás mañana me levante y no vuelva a decir “el próximo lunes empiezo a comer mejor”, quizás mañana pueda hacer las paces con la comida, mi cuerpo y mi espíritu. No sé si pueda lograrlo. No debí haber escuchado nunca a mi madre. 

El odio hacia mi cuerpo ha hecho que pierda muchas oportunidades en mi vida, y la dismorfia corporal ha logrado que deje de disfrutar momentos y me refugie en la comida para terminar detestando mi cuerpo. Es una relación tóxica que, por más que quiera, no puedo dejar. Mi madre debe estar orgullosísima. ¿Por fin te di la razón, mamá? ¿Por fin me puedes decir, “te lo dije”? Sabía que en algún momento no te iba a decepcionar, sabía que el no haberme graduado, y no darte la mujer que siempre me pediste iba a valer la pena. Acá me tienes, como siempre me advertiste que iba a terminar. Las mamás siempre tienen la razón, perdóname.

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