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Nación

Ella se llamaba Ema

24-25

Casi no escucha y depende de su familia para que lo lleven al doctor. A veces ya no recuerda algunas cosas, pero a sus 91 años, hay un órgano del cuerpo de René que no ha borrado sus recuerdos: la piel

POR Revista Cambio Fecha: Hace 2 weeks
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TEXTO Y FOTO ABIGAIL GÓMEZ

Se llama Ranulfo Martínez, pero le dicen René. Tiene 91 años y un tatuaje en la parte superior del brazo derecho. Es alto a pesar de la edad, posee cabello blanco como la cordillera de los Andes, arrugas como las de los robles con más años y orejas grandes que les heredó a algunos miembros de las siguientes generaciones.

No tiene grandes problemas de salud, está completo y de pie; su única gran molestia es una sordera que lo obliga a usar un aparato auditivo que a veces falla. El día de la entrevista fue uno de esos días malos en los que no podía escuchar nada,  afortunadamente uno de sus nietos, que siempre está al pendiente, sabía cómo solucionar el problema y en cuestión de minutos fue asunto arreglado.

Mientras el nieto hace lo suyo con el aparato, René habla y habla aunque no pueda escuchar lo que responden quienes lo rodean. Dice que no escucha, que cuando arreglen el dispositivo empieza la entrevista, que el tatuaje, que lo lleven al doctor y muchas otras cosas más. Y mientras habla se levanta la manga de la camisa y me enseña una pequeñísima mancha de tinta de la que apenas pueden distinguirse tres letras. Están borrosas, pero alcanza a leerse, escrito en mayúsculas, el nombre EMA.

Un rato después, cuando por fin el aparato funciona, René explicará por qué, en el brazo derecho, trae tatuado el nombre de una mujer que no fue su esposa.

“Yo tenía unos 18 años y pues sí, quería mucho a esa chava, yo creo porque fue la primera. Se llamaba Ema y la conocí porque era muy amiga de una de mis hermanas, pero luego esa misma hermana se dio cuenta de que no me convenía la chava porque le gustaba salir con varios muchachos. Pero yo estaba como loquito por ella y hasta me ponía a tomar por el amor. A mí me decían que ya la olvidara, que ‘tanta mujer que hay por ahí y tú llorando’, pero yo no hacía caso” (don René cuenta esto mientras estamos en la sala de espera de su doctor de confianza).

“Yo tenía un primo que era bien canijo. Una vez nos fuimos a un bar, o un cabaret, ya ni sé, estábamos bien jóvenes, andábamos de loquillos. Ese primo tenía un tatuaje y como veía como andaba yo por la chamaca me dijo ‘ándale, póntela en el brazo’ y sí me convenció el condenado”, platica mientras suelta una enorme carcajada, y continúa: “Yo dije, bueeeno pues chirriones, ¡qué más da!, si no’más son tres letritas”.

—¿Y le dolió, don René?

—No, no duele, nada más sientes como que te pica. Lo malo es que esto ya no se borra, solamente que te vuelvan a picar, pero no, que lata, ya mejor te lo dejas. Aunque luego tienes problemas con la mujer—, dice mientras vuelve a reír.

Y es que René tiene toda la vida casado con Gudelia Manriquez. A esta mujer pequeña y de cabello gris no le gusta su nombre, prefiere que la llamen Delia, y tampoco le gusta el tatuaje de su esposo, por eso prefiere no hablar de él. “Que él lo cuente, que él cuente”, dice si alguien le pregunta qué opina sobre esa manchita en el brazo de su esposo que lleva el nombre de otra mujer.

“Uy no, cuando me lo vio se puso como fiera y ¡que me reclama! Me dijo ‘¡qué es esa cosa que traes ahí!’, y yo le dije ‘ay, tranquila que al rato se borra’, pero era mentira no se quitó nunca”, reconoce entre carcajadas y agrega una pequeña justificación: “Aunque yo también pensé que se quitaba, eso me dijo el mendigo primo pero nunca se quitó. Ya después a mi vieja se le olvidó y ya no me dijo nada”, platica con su voz rasposa.

Secreto bien guardado

Los papás de René murieron sin saber que su hijo tenía un tatuaje, que de haberlo sabido su padre lo habría “puesto como campeón”, que a uno de sus hermanos, quien también tenía un tatuaje, lo asesinaron unos zapateros y que en esos años, la década de los 40, se pensaba que los tatuajes sólo los usaban “los ladrones y los carceleros”.

“Mis papás nunca supieron nada. Uy no, si mi papá se hubiera enterado me hubiera molido a palos, él era muy duro y en ese tiempo era muy mal visto tener un tatuaje. Esas eran cosas que te hacían cuando caías en la peni, ahí como no tenían nada que pensar, más que pura tarugada, pues se tatuaban. Uno de esos tatuó a mi primo y luego a mí. Mi primo me dijo ‘ándale, qué son tres letritas’ y pues me fregó. De mi tatuaje soló sabían mis hermanos y los que me veían cuando iba al baño de vapor”, cuenta.

—¿Y si uno de sus hijos se hubiera hecho un tatuaje?

—Ah no, pues le damos sus golpes. Es que eran otros tiempos, era muy mal visto, si te veían con uno de esos pensaban que eras malo, que eras ladrón, que habías estado en prisión. Yo no iba a dejar que dijeran eso de mis hijos. Ahora ya todo cambió, ya todo es diferente, ahora ya todos tienen, ¡hasta las mujeres!, ¡hijas del maiz, ya se los ponen por todos lados!—, y de nuevo, como cada que cuenta algo, se echa a reír como si fuera un niño.

Don René no era el único con un tatuaje en la familia. Uno de sus hermanos mayores tenía tatuada una mujer en toda la parte inferior del brazo. Ese dibujo era tan grande que él no lo pudo ocultar y “le dieron sus moquetazos, le pusieron una santa surrada”, cuenta René. “Ese hermano murió muy joven, me lo mataron unos de ahí de la colonia que eran zapateros, lo agarraron y con el cuchillo con el que cortan la suela lo vaciaron, no sé si por un asalto o por otra cosa, quién sabe”, recuerda y por primera vez no se le escapa la risa.

Un poco antes de entrar a su consulta, don René cuenta otra anécdota divertida sobre esa manchita que ya casi es ilegible y que representa un acto de amor y locura de juventud.

—¿Y cuándo supieron sus hijos que tenía un tatuaje?

—Pues me lo veían cuando los llevaba al baño de vapor. Me decían “oye papá, eso qué es” y yo les contestaba, “nada, una babosada”, y así me los traía—, y se carcajea una vez más, como quien se ríe solo de sus propias maldades.

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