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Nación

Imperfectas 
pero felices

Aunque el esfuerzo sea el más grande siempre sentimos que es insuficiente, que si hubiera un concurso quedaríamos rezagadas porque ser madre trabajadora y no omnipresente se juzga con dureza aun en pleno siglo XXI

POR Gabriela Gutiérrez M. Fecha: Hace 3 months
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Si hubiera un concurso de mamás, sin duda, quedaría en último lugar, o por lo menos, eso dictan los cánones sociales: me desaparezco en el preciso segundo en el que mi hija cruza la puerta de la escuela, no como otras mamás que permanecen ahí (estén bloqueando el tráfico o no) en caso de que tiemble, de que llueva o de que un meteorito caiga e impacte en la escuela. Tampoco asisto a todos los eventos escolares –salvo el festival del 10 de Mayo y algunos eventos en los que mi “bendición” tendrá una activa participación–. Siempre se me olvidan las tareas o el papel crepé azul tornasol con las puntas redondeadas. Y así, créanme, podría seguir enlistando todos mis ”errores” por largo rato.

Quizá uno de mis “peores pecados” –¡shhh!, no le digan a nadie– es que tengo silenciado el grupo de WhatsApp de mamás –claro, es de mamás, porque de 22 alumnos, sólo hay un papá en el grupo, ya saben porque nos enseñaron que estar pendientes de los hijos e hijas “es cosa de mujeres”–. “¿Por qué no te sales del grupo?”, me preguntan mis amigos y la respuesta es simple: ¡Dhhhaaa!, ahí ponen cuál es la tarea y esa información para mí –que siempre la olvido– es muy valiosa.

Sí, también, mi hija –mejor conocida en los lares digitales como #Karmita– a veces va a la escuela con una blusa con caricaturas en lugar de la del uniforme, pues porque o la ropa no se lava sola o porque le gusta jugar a las escondidillas; o con la falda sin planchar; o con una eterna cola de caballo, porque es lo más fácil de hacer. Y siempre, las dos, llegamos en un suspiro, a la hora de la entrada como beisbolistas profesionales, corriendo a la puerta antes de que la cierren.

Y yo vivo todo, todo, todo esto bajo el escrutinio de las “perfect moms”, sí, esas que preparan la tarea días antes, las que le ponen caritas felices en su lonch con mermelada, esas a las que no se les va el cumple de la miss, del amiguito y de las otras mamás. Ellas que son, en su inmensa mayoría, mamás de tiempo completo.

Las admiro –lo digo sin sorna–, siempre que las veo en completo control; me maravillan. Es como si su vida transcurriera en Facebook: todo es perfecto, siempre felices.

Ya sé que no necesariamente eso es cierto y que cada mujer –u hombre– libra una batalla personal de la que los demás no tienen idea.

Y por eso, digo yo, ¿ellas podrían practicar un poco más la sororidad, no? Ese término francés que se ha puesto de moda en el último año que tiene que ver con apoyarnos y ser empáticas entre mujeres.

Me encantaría llegar sin correr todos los días a la escuela, pero resulta que llego de trabajar cerca de las 10 de la noche y, en muchas ocasiones, #Karmita me espera despierta. Por cierto, para entonces ninguna de las dos tiene cabeza o ánimo con qué hacer la tarea.

La tendencia de las madres trabajadoras es indudable y más bien las madres de tiempo completo están a punto de ser minoría: cuatro de cada 10 madres trabajamos, según el último registro del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Por tanto, el cuadro de la mamá que hornea pasteles mientras los hijos estudian y tienen la casa perfecta es, cada vez más, un mito.

Los festivales escolares son maravillosos –seguro–, pero también son muchos. No creo en la idea de hacer de los niños el centro del universo –aunque en el fondo lo sean–, porque crecerían bajo una noción falsa, poco realista. #Karmita sabe que es amada profundamente, de verdad lo sabe, y también sabe que “mami” ama su trabajo –de una manera distinta, claro– y que eso la hace feliz.

#Karmita está por cumplir cinco años. Durante los primeros cuatro, mi mundo entero giró a su alrededor. Recién retomo mi vida profesional. Sé que algunas mujeres esperarían más, sé que otras no tienen opción y que otras simplemente abandonan su plan de vida individual para sumarse al plan de vida de sus hijos.

Yo creo que todas esas opciones son válidas, mientras que se hagan de manera consciente y por gusto. Así tomé mi decisión y, aunque a veces mi vida parezca salida de una escena de acción de Jumanji, me gusta –a pesar de que mi hija y yo cada mañana parezca que corremos en el Derby de Kentucky.

Mi abuela me dijo alguna vez que podías saber que alguien era buena madre por el grado de bondad que practicaban sus hijos: “Un buen árbol da buena leña”. Entonces yo volteo a ver a #Karmita mientras me obliga a traer croquetas y agua en el coche con el propósito de alimentar a cuantos perros vagabundos ve; cuando va a la tienda y que lo primero que agarra es para otros y no para ella; o cuando me hace acostar si enfermo, mientras me lleva todo el botiquín de la Doctora Juguetes; y quiero pensar que quizá, solo quizá, no ser una madre helicóptero (alrededor, sobrevolando a los hijos, término gringo, no mío) no sea tan malo.

P. D.: Eso y que la Universidad de Harvard publicó que las hijas con madres trabajadoras son más competitivas, tienen mejores puestos al ser adultas y llegan a ganar más dinero.

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