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Nación

Llegué al país adecuado

Una desconocida tomó mi brazo, fuerte. Yo estaba en calcetines. Me sentía desnudo, pero que me tomaran del brazo me hizo sentir algo parecido a la complicidad, a no querer morir aquel 19 de septiembre cuando México me regaló mi primera experiencia cercana con la muerte

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 months
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POR JULIÁN VERÓN

Terremotos. Mi primer recuerdo relacionado con esta palabra es una atracción en algún parque de Disney World. Era todo muy caótico, trenes se partían en dos, gritos; volaba comida. Algo más bien parecido a cualquier película noventera de acción. Nunca más viví cosas parecidas. En Venezuela era más probable un atraco o una devaluación histórica de la moneda que un terremoto.

La muerte. Sólo he estado una vez cerca de una sensación parecida a la muerte, o que me podría haber llevado a morir. Casi me atropella un camión por andar viendo mi teléfono al cruzar la calle –un idiota–, aunque nunca más volví a sentirla cerca. No sé cómo huele, de qué manera se viste. Ni siquiera sé si es hombre o mujer. Lo único que recuerdo de la muerte es la manera que el cine y la televisión americana me la han pintado: un esqueleto con traje negro y una especie de martillo largo en sus manos. Ah, y de manera muy rara, ella siempre aparece de noche, nunca de día. Como una amante de matrimonio infeliz. Esos mensajes, está acordado, sólo pueden existir luego de la hora de la cena, justo al acostarnos en la cama con nuestra pareja.

México. Este es un país místico. La muerte está en todos lados. En el Zócalo, en algún mercadito, o caminando por Reforma a las 6:00 p.m. Acá hacen dinero con ella. Creo que es el único país donde hay gente que realmente venera a la muerte, o a la santa muerte. No soy muy erudito en estos temas, pero me causa una gran curiosidad la manera de ver el más allá en este país. Es el único lugar en donde sentí que por momentos estuve mucho más cerca del lado de los dormidos para siempre que de los vivos. Era un 19 de septiembre, 2017, justo el día que mi madre cumple años, cabe destacar. Estaba en mi hogar, en la Roma Norte, cuando escuché lo que tantas veces me habían avisado que iba a escuchar: la alarma sísmica. No sé por qué, sin embargo, en mi cerebro esta alarma tiene un color rojo. Rojo fuerte.

Bajé los escalones como pude. Era un tercer piso. Soy una persona veloz, pero en este tipo de situaciones siento como si mi cerebro liberara una sustancia que adormece y provoca que todo lo que sucede frente a mis ojos caiga en una especie de espiral lenta; lento y dulce, como la miel.

Mientras corría y bajaba los escalones no podía hacer nada, más que reír. Me reía a carcajadas. Soy esa clase de imbécil que en momentos de estrés siempre hace una broma de pésimo gusto. Y, en ese momento, la broma de pésimo gusto era que por mi cabeza rondaban escenarios en donde ya estaba muerto. En el tercer piso pensé en mis parejas sentimentales, en todas las veces que las escondí ya que no quería verme susceptible y demostrar amor real porque podría salir lastimado. Pensé también en todo el esfuerzo que había hecho para huir del desastre de Venezuela, mi país, y que iba a morir en mi nuevo hogar por un desastre natural.

Afortunadamente, llegué al segundo piso. Ahí empecé a escuchar gritos y a ver cómo se movía todo. Las escaleras parecían arena movediza. El polvo caía del techo del departamento 2A, y la vista se nublada poco a poco. Gritos de bebés, señoras; un joven de más o menos mi edad salió solamente con una playera amarilla. Hasta el día de hoy siento que era la del América, no sé por qué. Quizás no lo era. ¡Boom!, se estrelló en el piso una lámpara de vidrios blancos, y justo ahí caí en cuenta de que estaba temblando la puta tierra.

Vi la muerte más cerca que nunca. La pude oler, y olía a arena. Hasta que tenga otra experiencia cercana a la muerte, para mí su olor será la arena. El Libro tibetano de los muertos dice que cuando tienes experiencias cercanas a la muerte, sientes como si flotaras. Como si pudieses elevarte o salirte de tu cuerpo y ver todo en primera fila. Una película de tu vida. Yo, no vi nada de esto. Solamente un sucio y amargo olor a arena invadió mi torcida nariz.

Primer piso: la salvación. Pude correr como nunca; corrí hasta la salida, mientras los gritos de “dejen la puerta abierta” hacían de banda sonora de la escena ya nublada. Escapé. Salí. Vi cómo todas las personas en esa calle de la Roma Norte se tomaban las manos, brazos, como para no caerse. Acto seguido, una desconocida tomó mi brazo, fuerte. Yo estaba en calcetines. Me sentía desnudo, pero que me tomaran del brazo me hizo sentir algo parecido a la complicidad, a no querer morir hoy, a que no importara que jamás le di los buenos días a esa chica en ese edificio o le devolví alguna mirada.

Miré hacia arriba de nosotros y decenas de cables se tambaleaban, y algunas señoras gritaban “cuidado muchachos”. Como si esos cables pudiesen tronar, caer sobre nosotros y matarnos al electrocutarnos, imagino.

Pasó el temblor. Justo cuando la tierra terminó de moverse, la mujer (nunca supe su nombre) me soltó. Era como si nuestra oportunidad de ser íntimos terminara. Sobrevivimos. Dejé de reír. Algunas personas vieron sus teléfonos y empezaron a mostrar videos de edificios destruidos. Escuché gente que lloraba. Mi teléfono no tenía batería. Vi los videos terribles que todos vimos. No pensé en mi familia ni en mi seres queridos –perdón por esto–, sólo pensé en que luego de haber sobrevivido a la peor catástrofe de un país latino (Venezuela), acababa de sobrevivir otra. “Cambiamos unos problemas por otros”, pensé.

Estuve solo. No tenía un solo ser querido cerca de mí, únicamente personas a las cuales nunca saludé, y jamás aprendí sus nombres. Todas me ayudaron, todas se ayudaban entre sí. Hablaron de la famosa mochila de emergencia, prestaron teléfonos, Internet, luz, cama, habitación, lo que fuera. Y yo aún seguía sin conocer sus nombres pero, de alguna extraña manera, ellos sí sabían el mío. No sé qué clase de país o gente es esta.

Los mexicanos aman la muerte, un fetichismo que raya en lo absurdo; lucran con ella, la adoran, la venden en el Seven Eleven. Luego de acariciarla y sobrevivir un desastre natural sus mejores cualidades humanas afloran. Es como si necesitaran una advertencia para escapar de su día a día, del smog de la metrópoli, para liberar las mejores cualidades que pueden tener los seres humanos. Los mexicanos son raros, y sale el sentido de pertenencia más precioso que he podido oler y ver. Los mexicanos aman su país, aman su suelo, así este los castigue cada cierto tiempo y muchísima gente tenga que volver a comenzar de nuevo. No puedo ni tengo la más mínima idea de qué se debe sentir perder tu casa o tus seres queridos por un desastre del que tú no tuviste culpa.

Quizás, si me pasara a mí, preferiría perder la vida o no estar más despierto con el fin de luchar de nuevo para recuperar lo que con toda mi existencia luché. Aunque, si me pongo a pensar todo esto, es exactamente lo que hice. La tierra no me expulsó de mi país, me expulsó un político necio y testarudo. Tuve que comenzar de cero en otro lugar desconocido; de nuevo: nuevos acentos, costumbres y con ningún dinero en la cartera. Sin seres queridos. Y por alguna extraña casualidad llegué al país de los terremotos, donde la tierra sacude cada vez que le da la perra gana lo que por muchísimos años se mantuvo estable.

Creo que llegué al país adecuado.

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