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Nación

No soy mandona, soy la jefa

Hace algunos años, en el ámbito laboral las mujeres tenían que evitar la 'ropa provocativa' si deseaban que los demás las tomaran ‘en serio’; actualmente, algunas han tenido que asumir roles tradicionalmente masculinos pensando que es el camino al éxito

POR Estefania Camacho Fecha: Hace 3 weeks
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“Mi mamá tuvo que ponerse pantalones en los años sesenta para que la tomaran en serio y salir a trabajar”, dijo una mujer, a quien escuche decir, además, que descendía de un linaje donde las mujeres asumían el rol de trabajadoras, lo que con frecuencia implicaba adoptar acciones o costumbres tradicionalmente adjudicadas a roles masculinos.

Las mujeres antes sólo podían vestir faldas largas o vestidos, hasta que tuvieron que suplir a los hombres en tareas de trabajo, deportes o que requerían más actividad física y que no eran cómodas de hacer con esas prendas, por lo que debían portar pantalones. Además, las primeras profesionales mexicanas se graduaron en 1900 –sin que esto significara necesariamente que podían ejercer con libertad–, casi a la par de su incursión en los ambientes laborales.

En la década de los años 60, había regulaciones internas de vestimenta y lo que alguna vez fue un acto liberador, como usar pantalones, se convirtió en una norma para las mujeres en sus lugares de trabajo. Ellas tenían que evitar la ropa provocativa –faldas o vestidos cortos, y escotes– y el maquillaje en exceso, sobre todo si deseaban que los demás las tomaran “en serio” y se enfocaran en sus capacidades y no en su físico, aunque esto fuera una norma discriminatoria y sexista.

“El camino de la mujer para tener éxito en las empresas fue precisamente renunciar a esta parte de ser mujer y asumir un rol muchísimo más masculino tradicionalmente, con el objetivo de que, si te comportabas de esa manera, ibas a tener éxito”, me explica Ofelia Vega, directora del Congreso Empoderando Mujeres.

¿Qué tanto tiene que ver eso con cómo las mujeres han logrado ascender posiciones en sus lugares de trabajo?, ¿tiene algo que ver con lo que decía Beyoncé de “no es que sea mandona, es que soy la jefa”?

“Encontramos generaciones de mujeres que parecieran muy rudas, más distantes, frías, y que es una característica que las puede ir acompañando para el éxito profesional, pues en los últimos 30 años hemos visto que así es como se vuelven personas más dominantes”, me dice Ofelia.

De ahí las comparaciones que surgían hace unos años sobre ¿qué dirían si se tratara de un hombre el que se porta así?, ¿que es buen jefe?

De pantalones a salarios

Aunque en la actualidad las mujeres han ganado la batalla contra el acto discriminatorio que vincula su aspecto físico o vestimenta con su intelecto y sus capacidades laborales, aún hay otra lucha que es igual de importante: la equidad en los salarios.

En México, los hombres ganan 34 % más que las mujeres, incluso si el empleo y la educación son similares.

“Durante los inicios del siglo XX existió una enorme brecha entre hombres y mujeres en cuanto al estudio y ejercicio de las profesiones”, indica la historiadora Diana Arauz Mercado en “Primeras mujeres profesionales en México” del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (Inehrm).

Los principales factores que influyeron en eso, señala Diana Arauz, fueron los “planes de ‘modernización del sistema educativo’ propuestos por ministros como José Díaz Covarrubias”, que enfocaban la educación para mujeres en el matrimonio y no en las carreras profesionales.

Antes de la reforma a la Ley Federal del Trabajo en 1974, las mujeres y los menores estaban incluidos en un mismo precepto de este mandato, sin embargo, hasta entonces el artículo 164 estableció que las mujeres podían disfrutar los mismos derechos y obligaciones que los hombres.

Esto no sólo explica por qué todavía hay un mayor número de hombres trabajadores en el país, sino también por qué abundan en los puestos directivos, por qué las mujeres no alcanzan los mismos salarios por las mismas tareas y por qué competían con el fin de ganarse un lugar en esos puestos; pero, ¿contra quién competían?

¿Nuestras peores enemigas?

“Si le pedimos al mundo que respete a las mujeres, asumimos que somos nosotras las primeras en respetarlas”, decía Marcela Lagarde en su texto Claves feministas para la negociación del amor.

El pacto entre los hombres que se reconocen interlocutores y sujetos políticos ha implicado la exclusión de las mujeres, cita Lagarde a Celia Amorós en “Violencia contra las mujeres y pactos patriarcales”. Aunque estos pactos han excluidos a las mujeres, la sororidad no tiene ese fin como objetivo, simplemente se trata de hacer una alianza con otras mujeres sin necesidad de concordar en todo o ser amigas íntimas.

En México, la fuerza de trabajo está representada en un 44.1 % por mujeres, y el 79 % por hombres, la brecha es notablemente superior al promedio mundial, que se sitúa en 26.7 %, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

La OIT propone que, para lograr la paridad laboral, se debe instrumentar políticas que mejoren el equilibrio entre el trabajo y la vida familiar; prevengan y eliminen la discriminación de género; y creen y protejan empleos de calidad en el sector del cuidado de terceros.

Ofelia Vega me explica que, en tanto no haya más mujeres dirigiendo empresas, es menos probable que los hombres en cargos altos (que tengan familia o no) sientan empatía con el rol actual de una mujer trabajadora que sea el sostén de su familia, ya que aún no se eliminan esas barreras de rol de género.

“Todavía los hombres van a trabajar y no tienen que preocuparse con situaciones de sus hijos ni se preocupan por esa parte y la mujer, si ellos en la dirección se involucraran más en actividades con sus hijos, viendo que no afecta en su desarrollo profesional o intelectual, sabrían que ocurre lo mismo con la mujer, pero como están muy poco cerca de esa situación, aún lo ven como un defecto”, me explica Ofelia.

Equilibrar el trabajo y la familia es el desafío número uno en las economías desarrolladas y emergentes, mientras que el trato injusto en el trabajo es la preocupación más mencionada en las economías en desarrollo, de acuerdo con el reporte “Hacia un futuro mejor para las mujeres y el trabajo: voces de mujeres y hombres” de 2017 de la OIT.

 

Sororidad en tu empresa

Estos son algunos consejos para comenzar a aplicar la sororidad en tu lugar de trabajo:

– Acércate a las mujeres. Si puedes ayudarle a alguna compañera en el trabajo, hazlo. “A las que ya conoces, a quienes sean cercanas y a quienes no, hazles saber que no están solas”.

– Ofréceles tu confianza. Hablar sobre lo que incomoda entre todas es importante porque a veces las situaciones se prestan a malinterpretaciones, pero hablándolo pueden determinar que no hay arbitrariedades entre ellas.

– Haz networking. Los hombres normalmente crean sus propios espacios para conocer más hombres que se dediquen a lo mismo, y crean redes que van creciendo y por ende, a veces en lugar de que ascienda una mujer, lo hace su amigo. Si las mujeres dejan de lado las diferencias, pueden hacer algo parecido y crear una red muy grande de colegas en la misma empresa, sindicato o carrera.

– Revisa que haya representación. Está comprobado que las mujeres que ven a mujeres en posiciones más altas se quedan en ese lugar de trabajo, confiadas en que su género no será una limitante para ascender.

– Provee un espacio de igualdad. Enfatiza que se trata de un equipo (también si es mixto) y que es un espacio de confianza y seguridad. Muchas mujeres se sienten más abiertas a contar sus problemas cuando hay otra mujer que entienda por lo que está pasando.

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