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Nación

Queridos hijos, tenemos que hablar

A mis 12 años, mi papá me llevó a su estudio para tener una plática incómoda sobre sexo. Mi esposa, también a sus 12, tuvo una situación similar con su mamá pero a ella le explicaron todo a partir de un libro. ¿Seguiremos sus ejemplos y haremos lo mismo con nuestros hijos?

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 weeks
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POR SEBASTIÁN SERRANO

El tema salió en medio de un desayuno, prácticamente sin que nos diéramos cuenta. Era uno de esos pocos fines de semana en los que nuestros hijos se habían quedado con los abuelos y, como siempre, terminamos hablando de ellos. Nuestra pequeña ya está en primero de primaria, empieza a ser una niña grande. Con todos los estímulos e información que reciben día a día, comentarios, televisión, anuncios, internet… ¿Cuándo y cómo hablar de sexo con ellos?

Ambos nos reímos recordando cómo fue el proceso con nuestros papás. Yo tenía 12 años, mi papá me invitó a que fuera a su estudio para que habláramos; cuando comenzó a tocar el tema, yo simplemente le dije que me lo habían explicado en el colegio, que ya lo sabía. Aún recuerdo en su expresión esa doble sensación de desilusión y alivio. “¿Tienes alguna pregunta, algo más que quieras saber?”, cuestionó; “No, nada”, fue mi respuesta que le dio fin a la incómoda conversación.

A estas alturas realmente me sorprende que en la década de 1990 –en un colegio de educación jesuita y de una ciudad de provincia– hubiesen hecho el esfuerzo, como mejor podían, de hablarnos de sexualidad, explicando con naturalidad los órganos sexuales o realizando sesiones de preguntas abiertas en donde hablábamos de sentimientos, llegando más adelante a hablar de enfermedades venéreas y de anticonceptivos. Temas como la homosexualidad y todos los colores de la diversidad sexual todavía eran un tabú profundo.

Mi esposa me dice que su experiencia fue similar: su mamá se reunió con ella cuando cumplió 12 años y, por medio de un libro, que sí tenía todas las imágenes –no como en su escuela religiosa y de mujeres, en la que le habían arrancado las páginas en donde salían los órganos masculinos–, le explicó sobre el sexo, la pareja y el cuerpo.

“¿Y nosotros vamos a hacer lo mismo?”, le pregunto yo. “Claro que no”, me responde. Nosotros les estamos enseñando desde ya, con el afecto, los abrazos fuertes, la compañía, los besos, el cariño. Me doy cuenta de que sí, de que nosotros ya estamos trabajando esa parte con nuestros pequeños, provocando que tengan la confianza para reconocer su cuerpo y sus sensaciones, que puedan recibir el calor y la fuerza del brazo de mamá y papá cuando lo necesiten.

Y otra parte fundamental, me refuerza mi esposa, es la naturalidad con la que hablamos y vivimos nuestro cuerpo los cuatro. Por lo general nos bañamos juntos, ya sea los dos pequeños con mamá o con papá y evitamos generar misterios. Cuando sale el tema o la curiosidad, no hablamos de pene, vagina o vulva como algo prohibido u oculto, pero sí enfatizamos que son partes privadas y sensibles que deben ser respetadas. Incluso tenemos la dinámica de vestirnos juntos, y a veces yo le seco el pelo a mi nena y le unto crema en la espalda; y otras, puedo perseguir a mi bebé para colocarle el pañal, arrastrarlo con el fin de untarle la crema mientras se escabulle o se la come a manotadas, y tengo que hacerle cosquillas si quiero colocarle la camiseta.

También tuvimos la confianza de explicarle a nuestra nena que ella había nacido de los dos, que había estado en el vientre de su mamá y que tuvimos la maravillosa experiencia de llevarla a la ecografía con el propósito de que viera a su hermano y que pudiera escuchar su corazón latir. Desde ese momento supo que ese otro ser con el que iba a compartir parte de su existencia y espacio estaba creciendo dentro de su mamá, como ella lo había hecho. Por eso cuando nos hemos topado con la típica imagen de la cigüeña, ella se siente contrariada y le parece lo más ridículo del mundo.

COMUNICACIÓN Y RESPETO

Hemos buscado que esa misma confianza y fluidez también vengan de ella, por eso nos da gusto que nuestra nena tenga la capacidad de hablarnos de los incidentes que ocurren en su escuela, como en la ocasión en que dos niños de preescolar intentaron subirle el vestido a una de sus amiguitas y se tuvo que manejar el tema desde la institución. Esta situación coincidió con que una amiga de mi esposa estaba organizando unos talleres sobre sexualidad infantil, y nos pareció un momento oportuno para que nuestra pequeña fuera comprendiendo la relación de su intimidad y su cuerpo con los otros. Así que asistió a los talleres de Asesoría Educativa y Prevención ATI, en donde, como comentan las autoras del proyecto, un punto fundamental es que los niños decidan la distancia y cercanía que deben mantener con los otros, cómo y cuándo recibir o dar una caricia, un beso o abrazo.

Ya que con la excusa de la educación, en nuestro caso una batalla cotidiana que mantenemos con los abuelos, muchas veces se les obliga a saludar de beso o acercarse a dar un abrazo, aunque ella se sienta incómoda. Como explican las fundadoras de ATI: cuando obligamos a los niños a hacer algo que no desean, algo tan íntimo como compartir su espacio personal, nos estamos alejando de la prevención. Además de vulnerarlos, también en muchos casos podemos alimentar las estrategias que usan las personas que abusan de ellos: el chantaje, el soborno y la amenaza. “Ayudarle a un niño a desarrollar la fuerza para poder decir de manera clara cuándo se siente incómodo, negarse y poner un límite es el mejor regalo que podemos hacerle. La única manera de fortalecer esta habilidad es respetando su elecciones”.

Otro tema que no podremos eludir cuando llegue el momento, a parte del respeto al cuerpo, es la protección. Me sorprende que entre toda la confusión y desinformación, muchas veces por la negación y la doble moral, se relegue un tema fundamental como es el uso de preservativos. Las cifras lo demuestran claramente: 16 millones de mujeres entre 15 y 19 años, y aproximadamente 1 millón de niñas menores de 15, dan a luz cada año, según información de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y México tiene el primer lugar a nivel mundial. Además, educar en el uso de preservativos no es sólo con el fin de prevenir embarazos no deseados, también es para evitar enfermedades de transmisión sexual. Según información de la Secretaría de Salud, los casos anuales reportados de enfermedades venéreas han aumentado de forma alarmante en los últimos años; según datos de 2017: la gonorrea se triplicó (4 545), la sífilis también ha estado aumentando, así como el sida (11 505). ¿Y los casos no reportados? Pueden ser el doble.

Y EL LOBO ESTÁ…

La verdad, los padres tenemos en reto gigante, sobre todo ahora que el mundo real se empieza a mezclar cada vez más con ese universo digital tan amplio, profundo y a la vez pantanoso, en donde los niños pueden toparse en segundos con imágenes o información que no sabrán cómo digerir sin el apoyo necesario. Además, me aterra cuando leo noticias sobre los pederastas y acosadores sexuales por Internet, de cómo se cuelan y manipulan los puntos débiles de los jóvenes para llevarlos incluso al suicidio. Hasta llegan a incidentes aberrantes como el de los Porkys, un grupo de adolescentes que violaron a una chica y presumieron su acto en las redes sociales, simplemente porque gozaban de la impunidad que sus padres les otorgaban.

Desde los lejanos tiempos de los faunos y las ninfas, incluso la confiada caperucita roja, la sexualidad y el abuso han existido. El gran reto es que en nuestros días el terror y la desinformación ocurren amplificados, proyectados; viajan más rápido y por varios canales a la vez. Por eso es fundamental que nuestros hijos crezcan en esa tierra fértil de afecto, seguridad, naturalidad y confianza, que les dé el criterio de saber elegir y de decir “no” cuando consideren que es algo que les va a afectar. Desde la casa les podemos dar las bases, pero la vida, las amistades, las parejas, las fiestas, los riesgos, los van a tener que enfrentar ellos con las herramientas que les proporcionemos.

 

Estrategias para prevenir el abuso

Con el fin de fortalecer en los niños las capacidades para intuir que hay riesgo, alejarse y pedir ayuda, desde Asesoría Educativa y Prevención ATI nos recomiendan lo siguiente:

El buen trato. Un niño o adolescente que es tratado con dignidad, respeto físico y emocional en casa reconocerá cualquier tipo de maltrato fuera de ella. Es importante que se sienta escuchado y seamos para él ese adulto confiable al que puede recurrir.

Capacidad de reconocer sentimientos y sensaciones internas. Debemos despertar en ellos la capacidad de distinguir cuándo se sienten cómodos o incómodos en su relación con los demás. Es importante respetar su distancia permitiéndole decir no a besos o caricias que no deseen.

Enséñale a cuestionar lo que sucede a su alrededor. Que sea crítico para reconocer las situaciones ilógicas, frente a las peticiones del otro; que tenga las antenas listas con el objetivo de detectar la incongruencia, es fundamental para medir el riesgo.

Diferenciar entre secreto bueno y malo. Un secreto bueno es una confidencia que no debe romperse; un secreto malo es aquel que te da vueltas en la cabeza, te hace sentir miedo o incomodidad y, sobre todo, sabes que alguien está en riesgo.

Distinguir entre los miedos. Saber diferenciar los temores que se deben vencer, como el miedo a la oscuridad, y los miedos que resguardan, esos que te avisan que existe peligro y que debes protegerte.

Ensaya una ruta crítica de acción. Que identifique a un adulto confiable para que pueda buscarlo si lo necesita. Establece también una clave que pueda utilizar cuando se separe de ti y así pueda buscar tu ayuda. Nunca se debe cortar la comunicación con su red de seguridad.

 

Fuente: Asesoría Educativa y Prevención ATI. Elena Laguarda Ruiz.

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