Revista Cambio
  • Menú Navegación Menú Navegación
  • Suscribirse Suscribirse
  • Búsqueda
    Buscar
    Cerrar menú
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • Búsqueda
    Buscar
    Cerrar
  • Menú
  • Capital Coahuila
  • Capital Hidalgo
  • Capital Jalisco
  • Capital Morelos
  • Capital Oaxaca
  • Capital Puebla
  • Capital Quintana Roo
  • Capital Querétaro
  • Capital Veracruz
  • Capital México
  • Capital Michoacán
  • Capital Mujer
  • Reporte Índigo
  • Estadio Deportes
  • The News
  • Efekto
  • Diario DF
  • Capital Edo. de Méx.
  • Green TV
  • Revista Cambio
Radio Capital
Pirata FM
Capital Máxima
Capital FM
Digital
Prensa
Radio
TV
CerrarCerrar
CONTACTO Revista Cambio SUSCRÍBETE
Facebook Twitter Youtube
Youtube Twitter Facebook
Cerrar
Revista Cambio
Suscríbase a nuestro newsletter y reciba noticas y promociones exclusivas.
Nación

Reto ambiental: comer local

Se me pidió hacer una lista de propósitos en los que si trabajaba desde ahora, al final del año sería una persona mucho más amigable con el planeta, ¿adivinen qué elegí?

POR Laura Cordero Fecha: Hace 7 months
Facebook Twitter Whatsapp

El primero que anoté fue adquirir más productos locales y sustentables, y cuando lo mencioné me propusieron hacer un experimento: consumir, durante una semana, únicamente este tipo de alimentos. Acepté el reto, y las ganas de cumplirlo en su totalidad me entusiasmaban.

Pero antes que nada, ¿por qué consumir alimentos locales puede ayudarme a ser más amigable con la Tierra? Pues porque como parte de la cadena de producción de los alimentos también dejo una huella de carbono, es decir, genero gases de efecto invernadero; y si me enfoco a consumir cosas locales, esta huella se reduce considerablemente.

Ahora sí. Armé un plan con desayuno, comida, cena y dos colaciones, de esta forma me sería más fácil buscar alimentos específicos si tenía claro qué quería comer en cada turno.

La búsqueda comenzó. Descarté en un primer momento pisar el mercado de mi colonia porque las últimas manzanas que compré tenían una etiqueta que indicaba claramente que eran importadas. Entonces decidí buscar alternativas, e Internet tuvo la solución.

Mi reto coincidía con el Mercado del Trueque, un programa de la Secretaría del Medio Ambiente que consiste en intercambiar residuos reciclables por productos agrícolas producidos en la Ciudad de México. No había pierde, todo lo que iba a sacar de ahí sería local.

A pesar de que el programa inició en febrero de 2012, y que varias personas que conozco me habían hablado de lo maravilloso que es cambiar lo que consideramos basura por comida, nunca había acudido y pues sí, resultó una maravilla.

 

Llevar el periódico que estaba a punto de tirar al camión de la basura me sirvió para intercambiarlo por una coliflor del señor Santiago Serralde de San Gregorio, Xochimilco, calabazas de doña Lucina Flores proveniente de Xochimilco, limones de doña Olivia Zitlalapa, de Santa Cruz Acalpixca, y tortillas de Isabel Magdalena, también de San Gregorio.

Si fuera vegetariana, el Mercado del Truque sería el paraíso, y aunque no lo soy, en cierta medida sí lo consideré un oasis. Me encantan las verduras, y saber que nada de eso me iba a costar un peso era fabuloso, sin embargo, a fin de cumplir con todos los grupos alimenticios que me faltaban –proteína, lácteos, y frutas– ya tenía establecida mi siguiente parada: Mercado el 100.

Este tianguis que se instala los sábados en la colonia Jardines del Pedregal y los domingos en la colonia Roma, está conformado por productores orgánicos y ecológicos que se encuentren ubicados a no más de 160 km a la redonda de la Ciudad de México, justo de ahí surge su nombre: El 100.

Bajo la filosofía de cinco valores –local, sano, rico, justo y limpio– se fundó este mercado, que a su vez responde a la preocupante situación económica y social de los pequeños productores locales, y es una solución para los terribles malos hábitos de consumo de los chilangos.

En mi visita, mi primer objetivo era desayunar, y fue en el local Otzilotzi donde hallé el mejor tlacoyo que he comido en mi vida. Lo juro. Lo recuerdo y salivo, y es que la señora Columba, proveniente de Españita, Tlaxcala, se encargó de preparar una tinga de conejo. Sí, de conejo, cuyo sabor es indescriptible, delicioso. Mi siguiente prueba fue un taco de tortita de acelga, otro gran acierto.

Curiosamente, nunca encontré, ni para consumir ni para llevar a casa, carne de res o de cordero, ya que ambas son los dos alimentos que mayor huella de carbono tienen; de hecho, de acuerdo con la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas, la ganadería es responsable del 14.5 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, la misma cantidad generada por todos los autos, aviones, barcos y trenes del mundo.

Luego de mi delicioso desayuno, mi búsqueda de alimentos no fue difícil, por el contrario, quedé maravillada con todo lo que había, incluso aproveché la oportunidad para platicar con algunos productores.

Talía de Si’va de Metate, un proyecto ecogastronómico, servía tacos de guisados que ella misma prepara desde Ayutla, Guerrero, con ingredientes de la Costa Chica y la Montaña. Me contaba alegremente que ese día la clientela arrasó con su comida, y es que las tortillas recién hechas en un comal de barro le daban el toque perfecto a los camarones al ajillo y al mole de plátano. También me ofreció un poco de agua de jamaica endulzada con panela, que es el jugo de la caña fresca moldeado y cocido en barro y leña cuyo sabor se asemeja al del piloncillo.

En busca de mi proteína, como no hallé carne, encontré el local que vende productos del rancho El Castillo, en Amecameca. La señora de la tercera edad que atendía el puesto me recomendó las pechugas de pavo ya aplanadas. “Al sartén le echas un chorrito de aceite, pones las pechugas, le añades un poco de sal de mar y te van a quedar bien buenas”, me aconsejó. Le hice caso. Una delicia. Por cierto, la huella de carbono por el consumo de pavo se genera en la alimentación del animal, cuando millones de toneladas de maíz se producen para alimentar la industria avícola.

Y la sal de mar que ella me recomendó la encontré en el local de enfrente, en Dalias & Julietas, un proyecto familiar proveniente de Tláhuac que promueve el uso de la flor de Dalia, y que vende una sal de mar condimentada con tomillo, menta, hierbabuena, ajo, pimienta, cebolla, albahaca y romero. Incluso me recomendaron: “Esta sal en las micheladas, les da un toque único”. Aún no he preparado la cerveza, pero a las pechugas de pavo, en efecto, les dio un sabor único.

Yo seguía en la búsqueda de más alimentos, y llegué a Finca Vai Quesomeliers, de una finca en la que seis familias de Querétaro se dedican producir lácteos y quesos artesanales. Compré un queso de cabra untable, y no quiero que se acabe nunca. ¿En qué lo voy a untar? Pues en Pan100, un pan orgánico con muchísimas semillas.

Tenía casi todo listo, sólo me faltaba la fruta. Pensaba en manzanas o guayabas, ya que suelen durar más tiempo en caso de que no me las coma, sin embargo, no hallé manzanas y las guayabas que había, me dijeron, “están buenas pero hasta para la siguiente semana porque las acabamos de cortar.” Ni modo, sólo pude comprar un poco de germen de alfalfa con zanahoria. Y me resigné a regresar al mercado de mi colonia a probar suerte con la fruta, no sin antes asegurarme de que las guayabas eran mexicanas. Estaba todo listo, o eso creía.

Llegué a casa y, de verdad, tenía mucha fe en mi comida. Hice una sopa con la coliflor y las calabazas del Mercado del Trueque. La pechuga de pavo la asé como me indicó la señora, con todo y su sal. Y de pronto me di cuenta de que no compré suficiente proteína. Sin embargo, al pensar que si quitaba la carne de mi semana, equivaldría a dejar de manejar un coche durante 3 meses, opté por unas latas de atún y un poco de huevo que aún tenía en casa.

Hasta ahora, el reto va muy bien. He desayunado pan con queso de cabra con germen y un chorrito de aceite de oliva que ya tenía. Mi colación son tres guayabas y 10 nueces. A la hora de la comida me sirvo un plato de sopa de verduras con mis pechugas asadas, acompañadas con tortillas de Xochimilco y agua de limón endulzada con panela. Mi segunda colación es un poco de germen con limón y sal y otras tres guayabas. Ya por la noche me preparo mi atún (ya sé, el atún no es precisamente local ni tan ecofriendly pero ténganme paciencia) con un poco de mayonesa.

Debo reconocer que, hasta ahora, todo me ha sabido delicioso. Me gusta saber que con mis compras ayudé un poquito a los productores que, como bien me explicaron, pocas veces tenían la oportunidad de vender en puntos céntricos para personas fuera de su localidad; y también le di un pequeño respiro al planeta.

Por el momento, mi propósito de consumir local continúa. Visitaré nuevamente estos mercados y también buscaré otras opciones porque, afortunadamente, las posibilidades de comprar directamente a los productores se están multiplicando gracias a proyectos como el mercado del Trueque y Del 100.    

Comparte Facebook Twitter Whatsapp Comentarios Ver
Comentarios Ver
DESTACADO
Destacado
Nación

Cuidado con las puertas

Hace 13 hours
Nación

Potencial tecnológico

Hace 13 hours
OTRAS NOTAS
1

Féminais, rock de mujeres para rebelar ...

Hace 2 days
2

Startups y movilidad en CDMX

Hace 2 days
3

La "Reina del soul", Aretha Franklin, ...

Hace 2 days
4

Pintorieta: una isla de basura

Hace 4 days
5

Educar para dar el salto

Hace 6 days
EDICIÓN IMPRESA
Edición Impresa
No hay contenido disponible.
Facebook
Facebook/REVISTACAMBIOMX
Twitter
Twitter/REVISTACAMBIOMX
Revista Cambio
Facebook Twitter Instagram Capital Media Digital
Aviso de privacidad