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Una herramienta social

El documental, ese género cinematográfico que se encarga de representar la realidad y que ha sido castigado por la propia industria, vive ahora su mejor época en el país. Los directores aprovechan este boom para conectar con el público e invitarlo a la acción

POR Revista Cambio Fecha: Hace 5 days
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POR JAVIER PÉREZ

Parece que el cine documental tiene cada vez más aceptación, una mayor visibilidad o una mayor vigencia, como dice Inti Cordera, director del festival DocsMX. Desde 2003, cuando se realizó el primer Festival Internacional de Cine de Morelia, recuerda Sergio Raúl López, periodista cinematográfico que dirigió la revista Cine Toma hasta su reciente cierre, las películas documentales –cortos y largometrajes– tuvieron una categoría competitiva; poco después, surgieron festivales especializados como la Gira de Documentales Ambulante, el Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México DocsDF –ahora DocsMX–, Contra el Silencio Todas las Voces y varios más en diferentes entidades del país.

Y, de hecho, en 2017, según el Anuario Estadístico del Cine Mexicano, los documentales representaron 36 % de las películas de estreno del cine mexicano, la cifra más alta por género, se lee en el documento, pero sólo captaron 0.6 % de la asistencia a producciones nacionales.

Ese abismo entre producción y público se debe, dice el documentalista Everardo González (La libertad del diablo, 2017) a que “a la propia industria le cuesta mucho trabajo reconocer el documental, es lo que yo veo. Un festival que legitime, por ejemplo, da hasta diez premios que se puede llevar una sola película de ficción, como a director, actores, fotografía, edición, en fin, pero para el documental sólo hay un reconocimiento. La industria es como los homofóbicos de clóset, que te dicen yo tengo un amigo gay; así pasa con el documental: está bien, pero es otra cosa. Y hay que ver cuáles películas se estrenaron y dónde. No necesariamente se les promociona, y no necesariamente son los documentales más destacados. También tiene que ver con los espacios de exhibición. El Imcine dice que se estrenaron, pero ¿dónde?”.

Inti Cordera señala que habría que analizar bien la estadística, porque probablemente el indicador de estrenos se relacione más con la presencia en festivales que en salas comerciales. “En México tenemos una situación y una realidad a la que se le puede etiquetar de muchas formas: adversa, complicada, polémica. Hay casi 5 000 salas de cine comercial, privadas, hay cien festivales, pero no vamos a convencer a los exhibidores privados de que exhiban cine mexicano, sea ficción o documental, por una cuestión de política pública porque los intereses son económicos: la taquilla rige. Se exhibe una película de Hollywood porque es más rentable que una mexicana. Si las pantallas tuvieran más cine mexicano y documental se generaría mayor oferta, lo cual generaría mayor demanda. Son muchas cuestiones por resolver”.

Daniela Rea, periodista reconocida que acaba de hacer su ópera prima como documentalista –de hecho se presenta en esta edición de DocsMX–, comparte una percepción similar: “Creo que las reglas de exhibición que le ponen a un documental mexicano son igual de exigentes que para una ‘película normal’, siendo que esta tiene todo el aparato de producción y promoción que no tiene un documental. Yo no tengo la posibilidad de poner pósters o fotos promocionales; a lo mucho, puedo acceder a que alguien me haga una entrevista o me promueva en sus redes sociales. Esa es una diferencia importante”.

EL ORIGEN DEL CINE

“El documental no refleja la realidad, sino que trata de representarla mediante el discurso cinematográfico –explica Sergio Raúl López, quien da cursos sobre investigación para documental y cuya experiencia periodística incluye colaboraciones en revistas como National Geographic en español–. Los orígenes mismos del cine son documentalísticos, pues registraban los entornos cotidianos sin los artificios del relato de ficción. El cine no busca ser verdadero, sino verosímil, y el gran clásico del documental ‘moderno’, Nanook el esquimal [Robert J. Flaherty, EU-Francia, 1922], lo refrenda, pues es una puesta en escena que imita la vida ‘primitiva’ de los habitantes del ártico canadiense, quienes incluso cambiaron de nombre y representaban su vida en un iglú partido a la mitad para poder ser filmado. Es decir, la cualidad de lo fílmico es la representación de un relato en lenguaje audiovisual, y ni siquiera en el género de documental ofrece conceptos absolutos como lo real, la verdad o el conocimiento científico o académico”.

Ya desde 1900, con Attack on a chinese mission station, el británico James Williamson abordaba la realidad reconstruida tal y como lo haría cualquier documentalista de aquella época. El documental es, pues, una representación. Y como bien apunta Daniela Rea, quien se propuso hacer un filme en este género porque sentía que el lenguaje periodístico ya no le era suficiente para contar lo que quería contar: “Como muchos géneros del periodismo, la crónica, la fotografía, siempre tienen detrás desde dónde quieres decir las cosas. Creo que en vez de decir ‘quiero hacer una película sobre la verdad desde la verdad o la realidad’, es asumir que estás haciendo una película desde donde tú interpretas y desde donde tú te posicionas”.

Everardo González, quien estrenó La canción del pulque, su ópera prima documental en 2003, sostiene que para empezar a hacer un largometraje documental él busca que le dé posibilidades de “contar una historia, que no se quede en el retrato social. Esas son el tipo de historias que busco cuando me meto en proyectos, que el tema que voy a elegir tenga relevancia social, pero que trascienda eso a través de una trama posible. Yo creo que ese fue uno de los problemas que heredamos del viejo documental, no buscaban contar una historia, por eso salimos tan afectados de público”.

Y a veces las historias tienen que desecharse porque los personajes deben tener carisma. “Alguien que no tiene buena relación con la cámara –continúa–, aunque tenga una buena historia desconecta, porque se gana un espacio como los protagónicos de cualquier película. También debe generar muchas contradicciones, como El Carrizos [de su documental Los ladrones viejos], o que genere contradicciones en el espectador. Yo me baso mucho en los géneros dramáticos clásicos. Y me fijo en si tienen posibilidades de construcción dramática o no; si tienen buena comunicación con la cámara. Si son fotogénicos; también, a veces, si pueden articular reflexión”.

MÁS VIGENTE QUE NUNCA

En los últimos años, dice Inti Cordera, el documental “se ha revigorizado, ha revivido, se ha popularizado, se ha hecho cada vez más presente en los festivales, en los certámenes, en los galardones. Hablando del caso de México, la producción documental es muy saludable. No quiere decir que cantidad sea calidad, pero vamos por buen camino. Sí es una buena época, muy necesaria, porque el documental ayuda mucho a ver más allá de la pantalla, y desde otra óptica. El documental, por su carácter cinematográfico, artístico, creativo, tiene otro proceso, y cuando vemos una película documental, aunque ya no tiene la vigencia que una nota periodística, sí nos contextualiza en una realidad que nos permite, a través de la mirada del autor, entender mejor el contexto, la situación de lo que esa historia quiere contarnos. El documental está más vigente que nunca”.

Daniela Rea, quien ha practicado el periodismo narrativo durante años antes de embarcarse en su primera experiencia como directora de un documental, considera que ambas cuestiones se complementan. “El periodismo nos muestra lo que está sucediendo con esta urgencia de lo cotidiano y del momento, y el documental nos permite responder esas preguntas o mostrar esas personas de manera un poco más decantada y pensada. Permite también pensar quiénes somos ante esas historias. O sea, el periodismo nos sirve para conocer las cosas que nos hacen encabronar, exigir, denunciar, mientras que el documental nos sirve para acercarnos y preguntarnos qué tengo que ver con esa historia o qué me dice esa historia de mí mismo, o cómo esa historia también me ayuda a entender de otra manera el mundo. Además, acercarte a la historia de alguien exige de ti una responsabilidad, que ya sabremos cómo asumir o no. En el documental no podemos ir y sentarnos como si estuviéramos viendo una película dominguera. Si vamos a ver una película que cuenta la historia de alguien, que casi siempre son cosas fuertes, importantes o trascendentes en la vida de esas personas, tenemos que asumir una responsabilidad en esa historia”.

Por su parte, Sergio Raúl López sostiene: “El documental puede convertirse en una herramienta para la difusión de ideas, la divulgación del conocimiento científico, reconocer historias humanistas de los otros tanto cultural, como social y hasta racialmente. Desde los trabajos mainstream hollywoodenses narrados o protagonizados por actores, políticos o activistas, hasta los más baratos pero a veces sorprendentes retratos de los países pobres y periféricos, podemos hallar un nutrido estrato para aquel que no busque solamente la evasión o lo aspiracional de la ficción ortodoxa. El gran pendiente, pienso yo, es incrementar los sitios de exhibición para permitir que circulen por universidades, telesecundarias, canales públicos tanto estatales como universitarios y por las plataformas gratuitas, ya que merecen ser vistos por más personas que ese 20 o 10 por ciento que tiene acceso al excluyente sistema de exhibición en el país. El gran mal del documental cinematográfico mexicano es que sigue ciertas modas o tendencias que lo alejan de su público natural. Son pensados para triunfar en festivales europeos o estadounidenses como retratos del exotismo y de la barbarie de un país lejano, y no para conectar con el gran público. El documentalista debe reconocer que su responsabilidad no acaba con la terminación de una película sino con su contacto con el mayor público posible, y ese sigue siendo el gran pendiente”.

“Cuando haces un documental, siempre te sientes como en la cuerda floja –dice Everardo González–. Como no sabes si vas a tener otra oportunidad, quién sabe si va a llegar, todas las haces como la última película. Y hay que entender que las distintas plataformas de difusión son una posibilidad, pero todavía no son un camino para los productores de documental. Por ahora todavía sigue siendo el estreno de cine, en salas de cine, a menos que seas Cuarón, que él va a poder recuperar sea en salas o en streaming. Por ejemplo, un festival te da validación. Si, por ejemplo, Cannes dice que vale la pena, entonces vales la pena. Tan es así que el gobierno tiene un estímulo de dos millones para las películas que queden en selección de los grandes festivales, de clase A, y ahí sí entregan el dinero. Cuando las películas se hacen con libertad, pienso que ofrecen la posibilidad de acercarse trabajando en tiempos largos que permiten reflexionar sobre la realidad que se retrató modificando posturas a lo largo de ese tiempo”.

“Creo que el documental –concluye Inti Cordera– hoy en día es una herramienta conceptual, intangible, de contar historias y compartir preocupaciones, alegrías, satisfacciones, mensajes, compromisos, acciones. Creo en ese poder de transformar, y para mí el documental es una herramienta”.

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