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Nación

Una mujer contra todos los perros

Adriana no sabía nada sobre derechos humanos laborales, pero un poco de información y la asesoría adecuada fue lo único que necesitó para enfrentar sus miedos más grandes. Esta es su historia

POR Revista Cambio Fecha: Hace 2 weeks
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POR ÓSCAR BALDERAS

La hija de Adriana entró a la recámara, trepó a la cama y le corrió el cabello a su madre para besarle la nuca. Sobre las pecas, la niña de ocho años descubrió dos medias lunas de color morado. “¿Otra vez te mordió, mami?”, preguntó Paola, y la costurera de 38 años, avergonzada, le contó por enésima vez sobre ese tosco perro, enorme como oso y blanco como lobo, que su jefe llevaba al trabajo con la finalidad de que jugara con las empleadas.

En el cuento de Adriana, el perro anda suelto por la maquila, y cada vez que una obrera hace algo bien, el animal corre a lamerle el cuello, pero su fuerza hace que, a veces, muerda un poco. Paola le cree y le besa la herida. La mamá hunde la cara en la almohada, preguntándose si algún día tendrá el valor para decirle que el perro, en realidad, camina erguido, mide 180 centímetros, es flaco como una aguja y tiene un aliento fétido que se escapa cuando le hinca los dientes en el cuello. El perro es Samuel, el jefe de la maquila de una fábrica de hilos en el norte de la Ciudad de México, y muerde cuando se excita al estrujar los pechos de Adriana.

Aún no sé bien porqué accedió a contarme su historia. Pocas mujeres hablan de eso con desconocidos. Tal vez, sólo necesitaba conversar con alguien. Frente a su taza de té, Adriana lucía muy sola y se reprochaba que, así como los perros huelen el miedo, su jefe oliera esa soledad y la necesidad de ese salario de 6 000 pesos mensuales.

—Pero, bueno, dices que esto es para un reportaje de… ¿derechos humanos?

—De derechos humanos laborales, Adriana.

—No sé de qué me estás hablando.

Para ser franco, yo tampoco sabía mucho. La costurera sujetó su taza, se echó hacia atrás y pegó la espalda al respaldo de la silla. Le conté lo que había leído antes de conocerla: que las jornadas de trabajo de hasta 12 horas diarias –como las suyas– son ilegales ahora, aunque eran normales en la mitad del siglo antepasado. Sobrevivir para trabajar, no vivir para disfrutar su salario. Lo mismo sucedía en países ricos y pobres. Y como el trabajo era todo lo que tenían los obreros, eso usaron con el propósito de obligar a sus patrones a recortar las jornadas laborales: o descansan los humanos o descansan las máquinas. Y comenzaron las huelgas.

En Estados Unidos, los carpinteros organizaron la primera huelga masiva en 1827. Luego, en Australia, en 1866, los albañiles repitieron la estrategia. Y dos años más tarde, miles de mujeres –muy parecidas a Adriana– acompañaron una huelga que terminó en una violenta represión en Chicago y, también, en el reconocimiento forzoso de una jornada laboral de un tercio del día. En México, la huelga de Cananea, en Sonora, 1906, forzó a incluir ese derecho en la Constitución Política de 1917, una de las más avanzadas del mundo en derechos humanos.

Y eso fue muy importante, porque durante décadas se creía que los derechos humanos sólo los podía proteger el Estado en lugares públicos, como la calle, las plazas, las oficinas de gobierno, y si trabajabas en negocios privados o el abuso ocurría dentro de alguna casa, aquello era un asunto entre dos particulares. Ahora, ya no se cree eso y por eso pude explicarle a Adriana que “derechos humanos laborales” significa que, con el tiempo, se han ganado más protecciones para ella, por el hecho de ser mujer y obrera, y que puede hacerlas valer en la maquila donde trabaja.

Adriana se inclinó un poco más sobre la mesa mientras le comento que todo esto está firmado por México en normas, leyes, tratados internacionales. Y hay más de la jornada de ocho horas: te deben dar seguridad social, licencia de maternidad, acceso a guarderías, mínimo seis días de vacaciones al año, reparto de utilidades, apoyo para que compres una casa, un contrato individual.

También se están peleando, ahora mismo, nuevos derechos laborales para mujeres que ya se ganaron en países europeos: apoyo a fin de que, si Paola tiene una nueva hermana, alguien te ayude con el mantenimiento del hogar, si Adriana no tiene una pareja; flexibilidad de horarios en caso de que decidas acabar su preparatoria trunca; derecho a la incapacidad por estrés o agotamiento mental; un seguro de vida que no sólo te cubra a ti, sino a tu hija. Todo esto se está discutiendo ahora mismo en lugares como la Organización Internacional del Trabajo.

—¿Y lo de mi jefe? –pregunta ella–. Está bien lo de más vacaciones y eso, pero ¿y mi jefe?

Pasé saliva y le expliqué.

—Claro: también leí que 12 millones de mujeres sufren acoso diario en su trabajo. En México, son 25 000 denuncias al año, según el gobierno federal, pero ese número sólo es el 10 % de lo que realmente pasa, pues 90 % de los acosos no llegan a una carpeta de investigación. La razón la tiene el Instituto Nacional de las Mujeres: una de cada cuatro denunciantes pierde su trabajo. Y si consigue otro, es altamente probable que el acoso siga allá. Adriana, lo de tu jefe no será fácil, aunque es necesario: hoy, los derechos humanos laborales de las mujeres tienen un mejor marco legal que hace 20 años, cuando a tu mamá la violaba el jefe de la familia donde hacía el aseo. Sin embargo, como más leyes no son suficientes, hay organizaciones de la sociedad civil que te pueden ayudar. También en eso hay avances: busca a las maquileras del Colectivo de Obreras Insumisas To Tlaktole, a la Red Nacional de Trabajadoras del Hogar, a Rosas y Espinas Derechos de las Mujeres, a Servicio, Desarrollo y Paz. La Secretaría del Trabajo estima que actualmente hay más de 600 colectivos que han emprendido una cruzada por los derechos humanos laborales de las mujeres.

Son una sororidad de brazos tejidos: van juntas empleadas domésticas, jornaleras, migrantes, obreras, artesanas, pero también emprendedoras, vendedoras, comerciantes, jefas en sus trabajos, porque lo que te pasa a ti, Adriana, le pasa a miles en México y hay quienes trabajan con el objetivo de hacer valer esos derechos que ya tienes ganados, sólo esperan que los conozcas y los ejerzas.

Entonces, la costurera se inclinó sobre la mesa, tomó la libreta y arrancó una hoja para anotar nombres de organizaciones, teléfonos y celulares.

—A ver qué puedo hacer.

—Ojalá hagas lo mejor para ti.

Y a los pocos minutos, se levantó de la mesa con la finalidad de pasar la noche junto a su hija.

Un mes después de nuestra plática, llamé a Adriana para saber cómo terminar este texto. Lo hice justo el Día del Trabajo, cuando una efervescencia de cifras con malas noticias sobre la situación laboral en México emerge en los medios y las redes sociales. Su voz era otra.

A los pocos días de haberse encontrado conmigo, contactó a una organización contra el acoso laboral. No sólo renunció a la maquila con el objetivo de unirse a una cooperativa de costureras, sino que denunció penalmente al perro jefe, y una abogada lleva su caso sin costo alguno.

—Me siento feliz. Esta semana voy de vuelta a la maquila a llevar unos folletos a mis amigas. ¿Por qué no sabíamos esto?

A mi sólo me quedó sonreír e imaginar que la próxima vez que Paola bese el cuello de su madre, habrá sólo pecas. Y que el perro va en camino a la perrera.

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