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Opinión
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Leyendas Sexuales

Amores legalizados

POR Rocío Sánchez Fecha: Hace 2 months
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Edgar Apperson dejó un legado que cualquiera de los conocedores de autos podrá identificar. Nació en Indiana, Estados Unidos, en 1869. Dedicó su juventud a arreglar bicicletas, pero antes de entrar al siglo XX, sus estudios de ingeniería lo llevaron a integrarse al negocio de Elwood Haynes, quien construía automóviles.

A diferencia de (y varios años antes que) Henry Ford, quien estandarizó por primera vez la producción de coches en serie, Apperson construía los autos uno a uno. Y no sólo eso, le correspondía entregarlos personalmente a sus acaudalados compradores, aunque ello implicara viajar cientos de kilómetros. También se hizo famoso, junto a su hermano Elmer, por ser de los primeros en correr y ganar carreras de autos que, en aquella época, no superaban los 50 km/h.

Pero el tema aquí no es su trayectoria en la industria automotriz, pues esa ya está muy documentada. Lo que nos interesa de este personaje es su vida privada y la peculiar adopción, en diferentes momentos de su vida, de dos muchachos, con quienes mantuvo sendas relaciones estrechas durante más de 15 años.

Apperson se casó dos veces. La primera unión duró 18 años, y luego de divorciarse sucedió que un joven cercano a él se vio involucrado en un aparatoso accidente en lancha. Los diarios de la época se referían al herido, Ralph Polly, de 25 años, como un trabajador de Apperson, pero no sólo eso, también como su guía de caza y pesca, su cuidador y su chofer “en tierra y agua”. El mismo Apperson comentó públicamente lo estrecho de su relación, que había durado 17 años.

Años más tarde, Polly murió en un accidente automovilístico. En ese momento, uno de los diarios se refirió a Edgar Apperson como “padre adoptivo de la víctima”. Así lo documenta la historiadora Katherine Parkin en su artículo “Adopción entre adultos y relaciones intergeneracionales del mismo sexo”, publicado en inglés en el blog Notchesblog.com. El tema de su investigación es la forma en la que las personas homosexuales (hombres y mujeres) utilizaron la adopción de un adulto por otro adulto, que es legal en Estados Unidos, como una forma de dar certeza legal a sus parejas amorosas.

Este fenómeno, acota la investigadora, se dio también con cierta frecuencia durante los años más aciagos de la epidemia del VIH/sida, pues quienes enfermaban buscaban heredar legalmente a sus parejas, y qué mejor forma de hacerlo que asumiendo el rol de padre o madre ante las leyes.

Regresando al caso de Edgar Apperson, él volvió a casarse y después, a los 57 años, conoció a un joven de 25, Gilbert Alvord. Este muchacho vivió con la pareja durante décadas. En los censos de la época se referían a él como “sirviente” y “secretario” del empresario. Cuando la esposa de Apperson murió, ellos siguieron viviendo juntos y viajando sin ocultar su estrecho vínculo. Nuevamente, los diarios dan cuenta de ello, al referirse a Alvord como el “hijo adoptivo” y “compañero cercano” del hombre mayor. Cuando Apperson murió, en 1959, Alvord heredó todos sus bienes.

No hay pruebas contundentes de que el talentoso ingeniero tuviera relaciones amorosas con los muchachos en cuestión, pero las circunstancias de sus adopciones (fueran reales o simbólicas) indican que esa fue una forma de justificar socialmente su cercanía con cada uno de ellos.

Lo interesante del asunto es que, casi un siglo antes de la aprobación del matrimonio homosexual, ya era posible aprovechar ciertas opciones que la ley brindaba, con el único fin de proteger el patrimonio forjado por una pareja que no podía asegurarse de otra manera.

* Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

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