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Opinión
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Foto: Especial

Amores prohibidos

POR Rocío Sánchez Fecha: Hace 4 semanas
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El hombre, al otro lado del teléfono, suena angustiado, y también agotado. Me cuenta que ya no sabe qué hacer. Debe estar siempre atento porque sus vecinos, en un municipio del Estado de México, les lanzan agua, basura o restos de comida a él y a su pareja, otro hombre. El último incidente, más que indignarlo, lo atemorizó: alguien escribió con pintura roja y letras muy grandes la palabra “pu…os” en el zaguán de su casa.

Como esta, me ha tocado responder varias llamadas de gente desesperada, decepcionada o asustada porque su orientación homosexual les ha traído rechazo, exclusión y agresiones abiertas. Lo más frustrante es que no puedo ayudarles mucho. “Llame al Conapred”, “Llame a una patrulla”, “Si lo golpean, puede ir a denunciar” son las pocas orientaciones que les puedo dar. Esto porque mi trabajo no es la canalización ni la asesoría legal, sino simplemente producir información, pero tampoco tengo el corazón como para dejar a todas estas personas sin respuesta ante el odio que se expresa tan evidentemente contra ellas.

La homofobia, es decir, el odio hacia las personas que son homosexuales (sean estas hombres o mujeres), se expresa de diferentes maneras, y lo cierto es que va mucho más allá de los insultos verbales; hay unos mecanismos más sutiles y otros más burdos para ejercerla.

Yo me pregunto: ¿por qué nos importa tanto lo que las demás personas hagan en la cama? ¿Por qué hay quienes no pueden soportar la sola idea de que existen hombres que se relacionan sexualmente con hombres y mujeres que lo hacen con mujeres? ¿En qué (demonios) les afecta? Durante los casi 15 años que llevo tratando estos temas, no he podido descifrar las respuestas.

Se vuelve aún más difícil cuando en la discusión entra el tema del amor. El que dos hombres o dos mujeres se amen suena para algunos como el chirrido que provocan las uñas al rasgar un pizarrón.

Es muy triste encontrar este tipo de desprecio en amigos o gente cercana a mí. Amigos, por ejemplo, que creen que si sus hijos conviven con hombres gay se van a “volver” gays también, y no he encontrado la forma de explicarles que la homosexualidad es una condición igual que el color de pelo o los lunares del cuerpo. Y en el último de los casos, si fuera una elección, ¿cuál es la razón por la que alguien no debería optar por ese camino?

La homofobia tiene varias raíces y claves. Una de ellas es la recién mencionada: el miedo a que la homosexualidad –ya dijimos, en hombres y mujeres– se “pegue”. Supongo que, en el fondo, esos machos que no quieren ni acercarse a un gay tienen miedo de que los “convenzan” de darles un besito o de algo más.

Otra raíz, esta sí más compleja, es la idea de la superioridad masculina sobre lo femenino. Desde la perspectiva machista, un hombre gay se parece a una mujer (o, como se dice coloquialmente, “quiere ser” mujer) y eso es inaceptable: ¿cómo un varón va a desear rebajarse a ser vieja? Por otro lado, una mujer lesbiana se parece (también según el estereotipo) a un hombre, o sea, “aspira” a ser un hombre, pero no lo consigue. Yo otra vez, ¿cómo se atreve a imitarlos?

Las explicaciones para la homofobia pueden ser muchas, lo que no existe es justificación. Y no me refiero a que te caigan mal las personas homosexuales, tal como te pueden caer mal, como decía Monsiváis, los filatelistas. Me refiero a emprender actos violentos, físicos o simbólicos contra personas que no tengan tu misma orientación sexual por el simple hecho de ser diferentes. Ese tipo de odio no debe tener cabida en un mundo que queremos llamar civilizado.

* Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

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