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Opinión
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Leyendas Sexuales

Autoerotismo en lo oscurito

POR Rocío Sánchez Fecha: Hace 1 month
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Pocos años han pasado desde que la masturbación era una transgresión imperdonable. Digo que son pocos porque, si lo pensamos, apenas en la generación anterior, la de nuestros papás y mamás, ese era un tema que estaba completamente prohibido ejercer y platicar. Por fortuna, las cosas han cambiado poco a poco.

Por supuesto, hablo de mi contexto cercano, porque no tengo forma de saber lo que esté sucediendo en comunidades rurales o en ciudades más conservadoras que la capital del país, pero lo que sí he visto es que hoy hay personas que están mucho más abiertas a aceptar el autoerotismo como algo que forma parte de la vida cotidiana.

Apenas una generación atrás, una madre probablemente habría hecho tambalear la puerta del baño a golpes si sospechaba que su hijo adolescente estaba dentro haciendo algo más que sus necesidades fisiológicas. Y qué decir de esos hijos o hijas, que eran incapaces de imaginar siquiera que sus padres podrían, en algún momento, querer disfrutar de la masturbación.

Por fortuna, hoy ese panorama se va transformando y gana terreno un concepto que antes difícilmente se contemplaba: la privacidad. En la mayoría de las familias mexicanas, debido al número de hijos y, a su vez, al número de cuartos disponibles en los hogares, lo más común era que hermanas y hermanos tuvieran que compartir una habitación durante la infancia. Cuando la adolescencia aparecía, era necesario separar a unas de otros, puesto que el desarrollo sexual (cambios corporales, sueños húmedos y todo lo que implica) provocaba que los padres hicieran todo lo posible por que cada uno de esos miembros de distinto género tuviera su propio espacio.

Hoy en día es menor el número de hijos por familia, con lo que esto de los espacios privados se facilita (omitiremos aquí el hecho de que las paredes de los nuevos departamentos de interés social parecen de papel, porque esa es otra historia). Si a esto le sumamos que tanto el padre como la madre quieren o deben trabajar, los integrantes de la familia van teniendo diferentes momentos y espacios para estar solos en casa. Es ahí donde el libre ejercicio de la sexualidad toma las riendas del asunto.

Claro que siempre se corre el riesgo de llegar de manera improvisada y sorprender a alguien dándose placer frente a la pantalla de su tableta electrónica o su celular –no me digas que no lo has usado con el propósito de buscar esos videos–. Por muy incómoda que pueda ser la escena, lo más que sucedería hoy es que quien llegue, pida perdón (grite de sorpresa, quizá) y se devuelva sobre sus pasos para salir a dar un paseo que lo haga olvidar tales visiones.

Pero cada vez menos, la masturbación es un tabú o algo reprobable. Se toma simplemente como una de tantas prácticas que las personas deberían realizar fuera de la vista de los demás –en caso de obligar a otros a mirar, ya estamos hablando de un abuso sexual cometido por quien se exhibe.

Con la finalidad de evitar incidentes indeseados tanto para el sorprendido como para quien sorprende, basta con usar un poco de sentido común. El o la masturbadora debe dar por hecho que, siempre, alguien puede llegar sin avisar (sí, aunque los teléfonos celulares de hoy ubiquen a las personas en todo momento). Esto implica evitar darse placer en lugares de uso común –y sin puerta– como la sala, la cocina o la terraza. Para la o el visitante, es importante tener presente que detrás de una puerta cerrada siempre puede haber alguien jugueteando con su propio cuerpo, por lo que hacer un ruido razonable al llegar a casa podría ahorrarles a ambos el bochornoso momento.

*Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

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