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Carta a un niño

Sin Discriminación

POR Revista Cambio Fecha: Hace 11 meses
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POR MARIO ALFREDO HERNÁNDEZ*

Trato de imaginar cómo es tu vida, escuchas siempre que ser gay o lesbiana –o simplemente parecerlo– es incorrecto; tanto como lo es tratar de colocar el zapato izquierdo en el pie derecho. Desde pequeño te enseñaron que hay muchas cosas antinaturales que no deben ser toleradas.

Alguna vez tu padre te dijo que no se te ocurriera llorar por no poder adoptar a todos los perros callejeros; y siempre te señala que es una vergüenza fallar un penal, no saber desmontar un motor de auto o ser fiel a una sola pareja. De un tiempo a la fecha tu papá se ha convertido en el furioso predicador de un evangelio apócrifo. Nunca ha sido efusivo en exceso, pero ahora solo dice cosas que te distancian cada vez mas de él: que Dios no quiere anormalidades en su reino; que la naturaleza no debe ser alterada; que no hay mas familias respetables que las que se parecen a la suya.

Quizá algún día leerás Ana Karenina y la frase con que inicia –“Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”– te hará acordarte de él. Y todo porque a dos cuadras de tu casa se ha mudado una pareja de mujeres. Ellas son calladas pero no se trata del silencio dolido de tu madre, sino del mutismo cómplice que no necesita palabras para comunicarse. Cuando pasan por la calle, aunque no se tomen siquiera de la mano, es inevitable percibir el amor en sus miradas, en la manera en que sincronizan sus pasos, en la forma en que ríen de cosas que solo ellas saben reconocer como graciosas. Nunca tú o tu familia han hablado con ellas, pero tu padre dice que no está bien que existan.

Hubo un sábado en el que él fue mas lejos y te sacó a la calle, con pancartas que decían cosas tan inverosímiles para ti como que el amor entre dos personas del mismo sexo contamina lo que ocurre de la puerta de tu casa hacia adentro. A ti no te molesta el amor que expresan tus vecinas con solo caminar juntas. Pero allí estabas. Enojado por la pérdida de tu día libre y confundido, sintiendo rabia y odio hacia quienes, según aquellos que te tratan de convencer, tú debes despreciar aunque no conozcas.

Pero sí los conoces. Sabes que a tu profesor de matemáticas siempre pasa a recogerlo un muchacho cuya mirada brilla cuando lo ve, como la tuya cuando sabes que tu mamá ha cocinado tu plato favorito; sabes que una de las chicas del otro salón dice estar enamorada de la maestra de química. Si nunca hubieras oído de tu padre que eso está mal, a ti no se te habría ocurrido.

Quiero pensar que nunca harás tuyas esas frases de odio y esa rabia. Que pronto vas a enamorarte, no se si de un chico o una chica, y eso te hará feliz; y que cuando descubras el gozo de tocar un cuerpo que se entrega a ti de manera voluntaria para abrir su mundo entero para que tú lo habites, no serás violento ni disfrazarás tus temores tras una máscara de hombría imperturbable.

Siempre nos consolamos pensando que todo tiempo pasado fue mejor; pero esto no es cierto y, al contrario, quiero que tú, a pesar de estar expuesto al odio en tu propia casa, crezcas sin rencores ni amarguras, aceptando quién eres y lo que los otros son. No quiero que te arrepientas de la familia que tienes, aunque cada día te reconozcas menos en ellos.

Piensa que todos somos como gigantes atrapados en jaulas de hierro cuyos barrotes son los prejuicios que hemos repetido sin cuestionar. Solo que contigo hay una diferencia: no eres un gigante, sino un chico tan frágil como sus emociones y tan fuerte como sus ansías de crecer libre; ninguna jaula te limita, solo la intuición de que hay algo malo e inútil en odiar a quien no se conoce y que simplemente es distinto a uno mismo.

Hannah Arendt –la filósofa alemana– escribió que cada nacimiento es una posibilidad de empezar de nuevo todo, como si nos mereciéramos un mundo mejor que el que hemos heredado. Y quiero creer que contigo esa posibilidad podría volverse realidad.

*Especialista en Ciencia Política y Derechos Humanos
@fumador1717

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