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Opinión
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De 10

POR Valeria Galvan Fecha: Hace 4 months
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POR VALERIA GALVÁN

“Yo siempre fui una niña de cuadro de honor, de dieces. ¡Era ñoñísima! Todas las personas que me conocían pronosticaron que de adulta sería una eminencia o una celebridad. ¡Mírame! Vivo la vida que quiero no la que ellos esperaban”. Todo esto me lo dijo Gabriela mientras jugábamos Mortal Kombat en su casa.

Gaby tiene 33 años, y lo que me platicó sobre sí misma me dejó pensando el resto de la semana, después de conversar por horas sobre nuestra tierna infancia. Siempre fue una niña destacada en todos los sentidos. Era bonita, simpática y solía participar en concursos de declamación, oratoria, matemáticas, dibujo y ortografía.

Cuando estudiábamos juntas, yo pensaba: “Gaby va a ser importante. Hace muchas cosas y las hace bien”. Actualmente mi amiga lleva una “vida de flojera”, tiene un buen trabajo, un departamento que paga con su salario, un auto y sale de vacaciones cuando quiere a algún lugar que ella decida conocer. No tiene un gran cargo en la empresa donde trabaja y sus redes sociales son prácticamente inexistentes. En conclusión y desde los ojos de alguien más, Gaby es una persona promedio en todos los sentidos.

Desde el punto de vista de otros seres humanos que se encuentran en una eterna competencia con ellos mismos y con el mundo, Gaby es mediocre, alguien que no va por más o que limita sus grandes capacidades y talentos.

De pequeños, papá y mamá ponen sueños y esperanzas en sus retoños. Enaltecen cualidades e introyectan en los hijos e hijas un ideal de éxito compuesto por riqueza, fama y reconocimiento. ¡Ser el número uno, ser el mejor! es parte del discurso que los padres fomentan en aquellos niños a quienes creen dotados de superpoderes mentales.

Desde pequeños, la interminable y fastidiosa pregunta por la que todos pasamos alguna vez –”¿Qué quieres ser de grande?”– nos marca y obliga a tener una meta y una misión. ¿La gran misión de nuestra vida? ¿Todos estamos obligados a alcanzar el éxito? El éxito y el estrés que este conlleva. ¡Pregúntale a Mark Zukerberg!

Hay otro lado de lo que conocemos como “éxito”. Yo lo llamo, el que se lleva en la sangre, aquel que sólo cuesta sudor sin lágrimas, el que se da por hacer aquello que amamos. Las personas que logran ese ansiado reconocimiento, la riqueza y fama sin pena, disfrutando el camino sin pensar en el fin de este son las que menos se detuvieron a pensar en sus notas escolares o nunca figuraron en el cuadro de honor.

Me acaba de llegar una foto de Gaby, está en Cancún, despreocupada y relajada después de una semana de trabajo que termina en viernes. Las medallas y diplomas de su infancia y adolescencia guardadas en un cajón son un bonito recuerdo de su paso por la escuela. No necesita que el mundo sepa quién es. Una mujer honesta, respetuosa de la vida y con una vibra que hace que quiera mantenerla en mi vida siempre. Gaby es de esas personas que puede tomar un avión cualquier fin de semana y disfrutar de la verdadera felicidad y el éxito que se traduce en tiempo para respirar.

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