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Opinión
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Editorial

POR Elizabeth Palacios Fecha: Hace 3 meses
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No buscamos amargar tu comida, pero queremos pensar que cada vez que sacas tu smartphone para colocarlo de manera cenital encima de tu plato, en tu cabeza transcurre una profunda reflexión sobre el origen de los ingredientes de tu lindo platillo. ¿No?, ¡ups!

Con la cantidad de comida que se desperdicia en México podríamos edificar otra ciudad con rascacielos, estadios o calles hechas de pan, fruta, verdura o leche. Según cifras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en nuestro país se va a la basura 37 % de la comida que se produce. Toneladas de fruta, verduras y legumbres nunca salen del campo debido a que no cuentan con una cadena de distribución y comercio justo. En la paradoja más cruel, los campesinos que cosechan esos alimentos son quienes más hambre padecen.

Ese no es un problema ajeno a nuestra propia mesa, porque la sustentabilidad de nuestra alimentación comienza con que nos ocupemos de cambiar hábitos de consumo, que terminemos con la obsesión de pasar los fines de semana llenando carritos de supermercado con comida que ni siquiera consumiremos.

La comida es vida, y como todo ciclo orgánico, el de los ingredientes de tu plato empieza cuando se producen y termina cuando se reintegran a la naturaleza. ¿Notaste que no dijimos “cuando se desecha”? porque allí viene la otra cara de la moneda.

El desperdicio abrumador de comida no sólo es inhumano en un país donde 28 millones de personas no pueden siquiera satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, también es profundamente irresponsable con el medio ambiente porque el manejo de los residuos orgánicos es uno de los más grandes retos de las ciudades, y la capital mexicana por supuesto no es la excepción.

Es por eso que esta edición está dedicada a repensar en la alimentación como un ciclo, que incluye tanto la producción como las decisiones que tomamos al comprar comida, la preparación y su desecho, en cualquiera de sus formas.

Incluso fuimos un poco más allá –y ya que todos queremos tanto a los perrhijos– nos pusimos a investigar qué pasa con lo que ellos comen e irremediablemente desechan, regularmente, en las calles.

Con las heces fecales de nuestros perros podría producirse energía, igual que con los residuos orgánicos y agrícolas, y por eso buscamos dos historias de éxito de emprendedores que ya actúan con el propósito de combatir el problema que, por cierto, también es económico, pues actualmente se trasladan 12 840 toneladas de residuos orgánicos y para hacerlo, el gobierno de la ciudad paga casi un millón de pesos al día.

Construir biodigestores es costoso y aunque ya hay avances, no se puede aún decir que la ciudad cuente con infraestructura adecuada que aproveche los residuos orgánicos, ni con una política de implementación inmediata para frenar el desperdicio de comida, a pesar de que recientemente se anunciaron nuevas normas que pretenden obligar a los restaurantes, hoteles y empresas a donar los alimentos que normalmente irían a la basura. Pero tú puedes comenzar en tu entorno inmediato y por ello, también te decimos cómo fabricar composta y qué hacer con ella incluso si no tienes  jardín, terraza, azotea, o ni una simple macetita.

Ahora sí, te dejamos adentrarte en el ciclo de la alimentación, y esperamos provocarte el antojo de replantear tu propia relación con la comida. 

#Editorial#Revista Cambio
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