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Opinión
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Tras bambalinas

El cine Teresa

POR Rogelio Segoviano Fecha: Hace 2 months
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Cada que se aproxima la Semana Santa, uno de los recuerdos que de manera inexorable viene a mi mente es el del cine Teresa, ese donde en las últimas tres décadas sólo se exhiben películas pornográficas, y que está ubicado en el Eje Central de la Ciudad de México, a unas calles del Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana, en pleno corazón del Centro Histórico.

Actualmente, el cine Teresa está fragmentado y gran parte de su espacio es ocupado como bodega y plaza comercial. Apenas una pequeña porción del inmueble sigue siendo una sala de cine, sucia y hedionda, donde estudiantes calenturientos que se fueron de pinta y tipos necesitados de amor propio acuden con el propósito de ver filmes de pésimo gusto y de la peor calidad, aún dentro del género triple equis. Como en cualquier cadena de exhibición que se respete, ciertas zonas de la sala son VIP y están reservadas para ofrecer el combo “sexoservicio express”, con alguna de las señoras o “galanes” que ahí chambean.

Y ese, es el lado “amable” del cine Teresa, porque ahí también es el punto de reunión de malvivientes, ladrones de celulares y vendedores de droga. La policía lo sabe, pero de tontos se meten ahí si no es mediante algún operativo y con el respaldo de decenas de otros uniformados.

Sin embargo, no siempre fue así. El cine Teresa, considerado uno de los edificios art déco más grandes y hermosos de la capital del país, es obra del reconocido arquitecto Francisco Serrano, y llegó a tener una época de gran esplendor donde las estrellas del cine mexicano acudían al estreno de sus películas, al mejor estilo de Hollywood.

Inaugurado el 8 de junio de 1942 con la película El hijo de la furia –protagonizada por Tyrone Power–, el cine contaba con tres pisos y 3 105 butacas. Fue el primero en México en contar con Cinemascope, y su sistema de aire acondicionado mantenía siempre la sala a 21 grados. En el vestíbulo, así como en el interior, se podía encontrar extraordinarias réplicas en mármol de obras de arte clásicas; encima de la pantalla estaban las figuras de las nueve musas griegas.

Yo conocí bien el cine Teresa de antes, y los recuerdos que guardo de ese lugar tienen que ver con la Semana Santa, porque a finales de los 70 y principios de los 80, era casi una tradición familiar que mi padre nos llevara a ver las películas épicas de corte religioso que ahí proyectaban, sin importar que la fila para entrar fuera de casi una cuadra sobre San Juan de Letrán. Ahí vi desde Ben-Hur, El manto sagrado, Espartaco y Rey de reyes, hasta Los diez mandamientos, Quo vadis, El mártir del calvario y Barrabás, por citar algunas que llegan a mi memoria.

Y ahora que lo pienso, no es que mi viejo fuera un tipo “mocho” que nos quisiera inculcar la religión a través del cine; al contrario, creo que utilizaba la religión a fin de inculcarnos el amor por el cine.

Es una lástima que años después un boicot de exhibidores y distribuidores de películas hayan, literalmente, obligado a los dueños del cine Teresa a proyectar sólo películas pornográficas, porque ese fue el inicio de su decadencia.

Por lo pronto, tendré que conformarme con armar esta Semana Santa un ciclo de cine religioso en DVD y Blu-ray para verlo con mi familia. Creo que comenzaré con La vida de Brian y luego podemos seguir con La última tentación de Cristo y Jesús de Montreal.

*Periodista especializado en cultura.

@rogersegoviano

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