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Opinión
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Leyendas Sexuales

El oficio más antiguo

POR Rocío Sánchez Fecha: Hace 5 months
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Uno de los (cientos de) lugares comunes acerca del trabajo sexual es que se trata del “oficio más antiguo del mundo”. Yo hubiera pensado que el primer oficio en aparecer fue el de cazador, el de carpintero o el de cargador. Pero no, resulta que, según esta lógica, la primera persona que cobró por un servicio fue una mujer que intercambió su cuerpo por algún bien material.

Porque, claro, no se habla de hombres cuando las personas se refieren a esta actividad. ¿Será porque se considera que ellos no tienen nada tan valioso en su cuerpo que puedan intercambiar por dinero? ¿O más bien porque las mujeres tardaron más tiempo en tener dinero para comprar ese tipo de cosas?

El caso es que ese concepto se usa, más bien, con la finalidad de decir que en todas las épocas ha habido sexoservicio. Mucha gente lo ve como “un mal necesario”, mientras que otra considera que no tiene razón de existir.

Justo en estos días que vivimos, en los que el feminismo está posicionándose como una corriente ideológica válida y defendible (¡caray, gracias!), el debate sobre si es aceptable o no el trabajo sexual se ha intensificado. Son las mujeres las más interesadas en el tema. Así, las activistas feministas se han dividido en dos grupos cuyas posturas aparentemente son irreconciliables respecto al tema.

Por un lado, están las llamadas abolicionistas, quienes afirman que es éticamente inaceptable y debe ser eliminado cualquier trato comercial que convierta a la mujer en un objeto. Sostienen que el hecho de que un varón pague para que una mujer ponga a su disposición su cuerpo es la máxima manifestación de la dominación masculina, es decir, de lo que conceptualmente se llama el patriarcado.

La estrategia de este grupo de activistas es llevar a cabo programas con el propósito de que las trabajadoras sexuales aprendan algún (otro) oficio que les permita ganar dinero sin necesidad de someter su cuerpo, o mejor dicho, su sexualidad, a las leyes del mercado.

En este punto hay que decir que no es difícil encontrar testimonios de mujeres dedicadas al trabajo sexual que denuncian violencia extrema por parte de sus clientes, así como extorsiones y sometimiento casi al grado de esclavitud por parte de padrotes; policías y otras autoridades. O sea, no es una “vida fácil”, como tanta gente se llena la boca en decir.

La corriente opuesta la conforman las llamadas regulacionistas: sostienen que el trabajo sexual es una actividad que no debería estar fuera de la ley y que mientras más se regule, más seguridad se puede ofrecer a quienes lo ejerzan. Afirman que muchas mujeres (no todas, obviamente) lo eligen por una razón muy poderosa relacionada con el sistema económico: no hay prácticamente ningún trabajo que le permita a una mujer ganar lo que gana en el talón.

¿Cómo podrían las trabajadoras sexuales –cuestionan estas feministas– querer aprender costura para hacer vestidos que les darían a ganar en un mes lo que pueden obtener en una noche de sexo comercial?

Es verdad, no todas las mujeres que necesitan dinero se vuelven trabajadoras sexuales, ni tampoco todas las trabajadoras sexuales necesitan desesperadamente el dinero. Se trata de una actividad que muchas ven como costo-beneficiosa y por eso se dedican a ella.

En lo que sí coinciden ambas corrientes –me atrevo a decir– es en que cualquier mujer merece ser protegida de la violencia y la explotación, sea que se encuentre o no ejerciendo el trabajo sexual. Es hora de terminar con esa visión maniquea de que quien entra a ese negocio es indigna de respeto y que pierde automáticamente su calidad humana.

* Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

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