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Opinión
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Rocío Sánchez
Leyendas Sexuales

Instructoras sexuales

POR Rocío Sánchez Fecha: Hace 2 semanas
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En este espacio hablo mucho de mis tías. Las amo, pero debo admitir que siempre las uso como punto de comparación para saber qué tanto ha cambiado la moral entre la época en la que ellas fueron jóvenes y la actual. Si hay algo que a ellas las “espanta”, entonces sé que es una práctica más reciente y me gusta analizar el motivo de sus ojos de plato cuando se enteran de ciertas cosas.

Claro que no todas las tías son como las mías. Mucho menos lo son las del reino Baganda, un pueblo que vive en Uganda aproximadamente desde el siglo XVI y hasta la fecha. Allá, algunas tías representan una figura cultural muy peculiar, un tipo de “entrenadora de esposas”: la ssenga.

La sociedad de los baganda es totalmente patriarcal, por lo cual la poligamia está permitida y las mujeres tienen un papel sumiso. La ssenga suele ser una hermana del padre, usualmente la mayor, y a ella le es confiada la educación de sus sobrinas a fin de enseñarlas a ser buenas esposas tanto fuera como dentro de la cama, con amplio conocimiento del placer para satisfacer a su marido.

Una de las teorías sobre cómo se ha conformado este rol social tiene que ver con la férrea dominación masculina en la etnia. En su artículo “Erotismo, sensualidad y ‘secretos femeninos’ entre los baganda”, la abogada y socióloga Sylvia Tamale explica que, debido al alto grado de violencia que un marido insatisfecho podía infligir a sus esposas, era mejor instruirlas en cómo tenerlo contento. Ese mismo desdén provocaba que el varón respetara más a sus hermanas que a las madres de sus hijas, por lo que entre estas tías surgía la ssenga, a quien le confiaría la educación de las jóvenes.

La ssenga está autorizada a hablar con lenguaje sexual explícito, cosa prohibida a las otras mujeres baganda. Es así que puede enseñar a sus sobrinas, a partir de que empiezan a menstruar, la práctica específica de elongar los labios menores, conocida tradicionalmente como “visitar
el arbusto”.

Los baganda le otorgan un gran significado a “visitar el arbusto”. Una mujer que es capaz de jalar sus labios menores durante meses o años hasta que crezcan y cubran la entrada de su vagina muestra varias cosas, entre ellas, que es valiente y determinada (ya que fue lo suficientemente fuerte  debido a que llevó este proceso hasta el final), y también que puede cuidar su casa con dedicación, pues los labios menores son, simbólicamente, como la entrada de su hogar.

Los baganda creen que esos grandes labios mantendrán caliente la vagina para cualquier momento en que el esposo quiera penetrarla, además de que están convencidos de que si no hay unos labios elongados entonces habrá menos placer, ya que los consideran parte fundamental del juego previo al coito.

Así, las ssenga pueden hablar de vaginas y labios e incluso supervisar la “visita al arbusto”, pero cualquier otra mujer de la comunidad, incluso la propia pupila, debe mantenerse discreta y no tocar el tema en público. Por otro lado, en caso de que la joven cometa cualquier error de “etiqueta sexual” (o de otro tipo) durante los primeros tiempos de su matrimonio, podrá ser devuelta a la ssenga para recibir un entrenamiento más “apropiado”.

Sin embargo, reforzando la teoría de que la ssenga no es una capataz, sino una salvadora, salta también el dato de que suele impulsar a su aprendiz a involucrarse en la costura o la alfarería a fin de no ser completamente dependiente de su marido. Esto sólo demuestra que, en una sociedad supermachista, toda estrategia de supervivencia es válida.   

* Periodista especializada en salud sexual.

@RocioSanchez

#Revista Cambio#Rocío Sánchez
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