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Opinión
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Foto: Especial
Tras bambalinas

Los bouquinistes mexicanos

POR Rogelio Segoviano Fecha: Hace 1 mes
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A  orillas del Río Sena, en París, ubicadas en los muelles altos –cercanos a la Torre Eiffel– y a lo largo de tres kilómetros, hay 240 enormes cajas de madera pintadas de color verde oscuro. En realidad, son una suerte de puestos ambulantes con forma de caja en los que sólo se venden libros de segunda mano y algunos souvenirs. Cada caja verde es atendida, desde mediados del siglo XIX, por un bouquiniste, como se les llama en Francia a los comerciantes de libros de viejo. Ellos y sus cajas verdes son un gran atractivo para los turistas de todo el mundo.

Es tal la importancia de estos singulares libreros para el turismo y la cultura francesa, que no sólo son los únicos personajes en todo el país que están exentos de pagar impuestos y la renta de sus locales, sino que también son considerados patrimonio mundial por la Unesco, desde 1991.

Y aunque no les faltan ofertas para subarrendar las cajas verdes, ni para que vendan ahí cualquier cantidad de productos o colocar anuncios publicitarios en sus paredes exteriores, los bouquinistes del río Sena –organizados en una Asociación Cultural–, entienden que, antes que otra cosa, tienen un compromiso social, y se proclaman a sí mismos “embajadores culturales de Francia”, cuya misión es aconsejar y transmitir un poco de conocimiento, historia y sabiduría en estas bibliotecas a cielo abierto.

Entre los artículos más comunes que los bouquinistes más jóvenes se dan permiso de vender, además de los libros usados, están las tarjetas postales de la ciudad, los llaveros “made in China” de la Torre Eiffel, los mapas de París y las películas clásicas (del cine francés, principalmente) en formato DVD.

Los orígenes de estos bouquinistes se remontan a los vendedores ambulantes de libros del siglo XVI, que luego de que se les impidiera ejercer su actividad en el Pont Neuf, regresaron bajo el gobierno de Napoleón I con la modificación de los muelles. La actividad está reglamentada desde mediados del siglo XIX, pues es la alcaldía de París la encargada de otorgar los permisos anuales, renovar las licencias de los libreros y vigilar que la zona esté limpia y sea segura.

Mientras escribo estas líneas, no puedo dejar de pensar en los viejos libreros de la Ciudad de México, los que tienen sus negocios en varios edificios del Centro Histórico que se caen a pedazos, y en cuyas entradas casi siempre hay un letrero que dice: “Se compran bibliotecas por kilo”.

También pienso en esos errantes vendedores de novelas clásicas y de moda que van por todo el país recorriendo las diferentes ferias del libro. Si bien ellos no forman parte de los expositores oficiales, siempre procuran ubicarse lo más cerca posible de la entrada (o de la salida), ofrecen sus libros en improvisadas tarimas y regatean con los clientes para convencerlos de que se lleven algún título. Los de Gabriel García Márquez, Carlos Cuauhtémoc Sánchez y J. J. Benitez son, por mucho, los que más jale tienen, me reveló un amigo que era diseñador en Diario Monitor y ahora es vendedor errante de libros.

Y hay otro grupo de libreros, uno que no tiene mucho tiempo de haberse formado y se le encuentra principalmente en puestos semifijos del Eje Central y la avenida Juárez, en la Ciudad de México. Se trata de los vendedores de libros pirata, esos que “dan el gatazo” de parecer originales, pero que al revisarlos con detenimiento se les encuentran fallas no tan graves en la impresión, en el acabado de las portadas y en el encuadernado. Libros que en un Sanborns o en Gandhi costarían 350 pesos, ellos los ofrecen en 200 pesos o menos. Todo Mafalda, por ejemplo, en Amazon está en 3 845 pesos, y los piratas lo tienen en 1 200, “pero cuánto me ofreces, güero”.

Nos guste o no, ellos son los bouquinistes mexicanos.

 

*Periodista especializado en cultura.

@rogersegoviano.

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