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Opinión
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Especial

Nos toca romper el mundo

Cuando algo golpea la conciencia, sucede la ruptura, te inspiras y te tiras al vacío para empezar a intentarlo y entonces, levantas la cara, y te das cuenta que somos muchos los que queremos ocuparnos de los cambios

POR Revista Cambio Fecha: Hace 3 meses
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Por Alejandra del Castillo

Nos entregaron un mundo envuelto para vivirse, y al parecer funcionaba mientras nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos o más ascendencia repetían: “Eso no lo vamos a ver nosotros”. Cientos de años esa frase realmente combinaba la contribución a la destrucción con la mediocridad de su conciencia: Así son las cosas, pues. Así eran.

Nosotros todavía pertenecemos a la generación del plástico, amamos los popotes con sus formas en espiral, aún nos sirven la comida en unicel, cuando éramos pequeños fuimos a los zoológicos y a los circos, nos dijeron que la tauromaquia era un arte, vimos a la gente tirar basura por la ventana, queríamos nadar con delfines y montar elefantes, nuestras vacaciones fueron en grandes hoteles todo incluido, anhelábamos comprar un coche y jamás usar el transporte público, comimos carne y nunca pensamos en dejarla, no nos veíamos sembrando nuestra propia comida y jamás imaginamos que dejaríamos de comprar algo por una razón que no tuviera que ver con el producto, somos la generación xennial, sí, un híbrido raro entre los X que tal vez son nuestros hermanos mayores y los millennials, que son nuestros sobrinos. Sin embargo, nosotros todavía alcanzamos a abrir los ojos y, un buen día, comenzamos a romper el mundo.

Todo tiene la lógica del popote, no hay que pensarlo mucho: los popotes son adorables. Adorables e innecesarios, parecen inofensivos y contaminan un montón. La campaña #AntiPopotes señala que cada día se usan 500 millones; que cada persona usa 38 000 popotes en su vida y que cada uno tarda en degradarse 100 años. ¿Por qué queremos seguir usándolos?

Parece algo insignificante: el popote y el discurso, pero no lo es. Si te importa un popote, te va a importar todo en el planeta, y sí, también cambiarlo.

Claro, esto no es fácil, porque la conciencia propia se pone contagiosa y la congruencia nunca ha sido una tarea sencilla. Empiezas por un popote, sigues con las bolsas de plástico y pronto te encuentras repitiendo el mantra del no: No queremos popote, no queremos bolsa, no queremos coche, no queremos animales en cautiverio, no queremos que talen más árboles, no queremos comer transgénicos, no queremos invadir la naturaleza y sí queremos vacaciones, aunque en opciones no invasivas y sostenibles. Total, la lista siempre puede ser más larga (y mejor).

Y lo que pasa es inevitable: golpea la conciencia, sucede la ruptura, te inspiras, se atraviesa la creatividad, te emocionas, se configuran las opciones, te tiras al vacío para empezar a intentarlo y, entonces, levantas la cara y te das cuenta de que somos muchos. Así vamos tomando decisiones sobre cosas de las cuales parecía que no tenías que decidir nada porque nos hicieron creer que eran así y que no había otra opción.

Sin embargo, romper el mundo significa tomarlo en serio, pues ha pasado mucho tiempo en que parece que esta conciencia del planeta no es ni tuya ni mía, por lo tanto nadie se hace cargo.

Si hasta aquí el discurso parece soberbio, tengo que decir que no lo es. Romper el mundo tiene mucho de orgullo, y es justo ese orgullo el que incomoda a la gente, que, incapaz de cuestionar el funcionamiento de un todo, es la misma que piensa que un pequeño esfuerzo no vale la pena porque no cambia nada. A esa gente no le cambia la conciencia  debido a que a la vida la prefiere cómoda y protegida, pero a nosotros nos gusta pensar diferente, hacer diferente y vivir diferente. Así no vamos a tener que repetir esas frases condenatorias para las nuevas generaciones, porque nosotros veremos lo que otras generaciones no hicieron.

Después de pensarlo, el primer paso hacia la ruptura es intentar algo diferente. El costo emocional de intentar algo nuevo implica salir de la zona de confort y anular algunos pensamientos que han dictado la realidad: mirar con otros ojos y lograr conexiones que antes no había.

Nadie habla de las toallas sanitarias por pudor, y con la finalidad de desaparecer un tema sangriento, estorboso y mensual. Corrijo: nadie habla de sus toallas sanitarias y entonces parece que no existen. Sin embargo, la publicidad se encarga de promover la inseguridad de las mujeres… si te manchas, si hueles mal, y están ahí por si tienes que cambiarte cada hora. Entonces te ofrecen plástico, perfume, gel y fibras sintéticas, y todo parece la solución hasta que te enteras de que una toalla femenina vivirá en el medio ambiente mucho más que tú, pues tarda en degradarse unos 500 años.

Algunas mujeres no podemos vivir con eso, así que renunciamos a la inseguridad, al plástico, al algodón y brincamos a la copa menstrual. Parece que la menstruación y la ecología no tienen un vínculo, no obstante, cuando tienes que decidir: lo tienen.

Intentar algo nuevo siempre es emocionante, la vida debería ser así. Romper con la vergüenza de los que no dibujaron sus personalidades sin salirse de la raya del patrón.

Después de romper el mundo, ¡compártelo! Que la disrupción funcione como reverberación neuronal. Se avienta uno y con el que sigue se comienza a crear comunidad.

Historias de cómo se ha ido rompiendo el mundo hay muchas, y habrá más, porque el futuro no es eso decadente que visualizaron nuestros padres si la utopía nos permite ir a otro lugar. 

#AntiPopotes#Generación#opinión#Reflexión#Xennial
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