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Opinión
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28-31

Sin miedo

El terrorismo vuelve a sacudir al mundo, esta vez, en Barcelona. La reacción inmediata y natural es el miedo, los criminales lo saben. Por ello hoy más que nunca, la ciudadanía debe apropiarse del espacio público y defender la libertad de vivir sin angustia

POR Elizabeth Palacios Fecha: Hace 1 mes
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La Rambla ha sido comparada con avenidas como Campos Elíseos, en París, o la 5a Avenida de Nueva York. Lugares imprescindibles para quienes visitan estas grandes capitales. Son un símbolo y los terroristas lo entienden.

Como seguramente ya sabes, el pasado jueves Barcelona vivió el terror en carne propia. Un atentado que horas más tarde fue reivindicado por el Estado Islámico (EI), que en fechas recientes ha optado por dejar de lado las bombas, los ataques suicidas y hasta las armas de fuego con el propósito de cambiarlas por objetos tan comunes y cotidianos como un auto.

Probablemente, cuando leas estas líneas ya habrán sido publicados análisis de especialistas en todo el mundo con la finalidad de formular nuevas hipótesis ante el absurdo y, justo por eso, este artículo no pretende eso. Hoy quiero reflexionar en torno al poder que tiene el miedo y que puede provocar que las sociedades enteras den pasos hacia atrás en la evolución.

Si nos regresamos mucho tiempo atrás, hasta los atentados del 11-S que fueron un parteaguas en la política migratoria y de seguridad nacional de los Estados Unidos, podemos darnos cuenta de que los terroristas saben cómo ganar batallas. Durante años la sociedad norteamericana vivió asustada;  además, lamentablemente sus últimas decisiones y el empoderamiento de la ultra derecha no nos hacen pensar que han decidido reencauzar el rumbo. Unos días antes solamente, otra vez el mundo fue testigo de cómo grupos racistas radicales atacaron, también con un atropellamiento masivo, una manifestación en Charlottesville. La respuesta de Donald Trump ha sido vergonzosa, pero no sorpresiva pues jamás ha ocultado el odio y la intolerancia que lo caracterizan ni como persona ni como inquilino de la Casa Blanca.

Si nos remontamos un par de años atrás, al 13 de noviembre de 2015 cuando el Estado Islámico (EI) atacó simultáneamente no sólo la sala de conciertos Bataclán en París, sino puntos tan representativos como el Estadio Nacional de Francia o las terrazas que han marcado un estilo de vida muy propio de la capital francesa, podremos encontrar un hecho que llama la atención: la respuesta de la sociedad parisina, que por supuesto, desató también el apoyo internacional que volvió locas a las redes sociales.

Ellos salieron a la calle, se irguieron con la frente en alto para decir que no tenían miedo y cuando se ordenó quedarse en casa, por seguridad, desafiaron al miedo plantando sus zapatos como símbolo. Las terrazas parisinas abrieron pronto y la vida tuvo que seguir, encarando el miedo. Un año más tarde, el EI de nueva cuenta golpea a la sociedad francesa, con un atropellamiento masivo en plena celebración del Día Nacional de Francia, y en una de sus ciudades más turísticas: Niza. Evidentemente el golpe, además de intimatorio y certero, pretendía ser económico. En pleno inicio del verano, lo ocurrido en Niza puso realmente a Francia a casi nada de elegir un gobierno de ultra derecha. Sin embargo, Francia resistió como sociedad y dio la gran sorpresa, al rechazar el discurso de odio e intolerancia del Frente Nacional y dando el beneficio de la duda al novato Emmanuel Macron quien, por cierto, ha dejado caer bastante la popularidad que obtuvo en campaña, tras las decisiones polémicas de sus primeros 100 días en el Eliseo.

2017 nos trajo la noticia de que la atención del EI se volcaba contra el Reino Unido, en pleno proceso de transición y salida de la Unión Europea. Nuevamente, en un espacio tan simbólico como el Puente de Londres. Otra vez, mismo modo de operar, un atropellamiento masivo. Otra vez, la intención de que la gente abandone las calles, los espacios públicos, la vida social.

Dividir, encerrar, atormentar con el miedo es lo que buscan estos ataques. Saben que el impacto es igual o peor. El terrorismo en el siglo XXI, dado el factor multiplicador que representa el eco que tienen en redes sociales, no requiere el número de víctimas, sino lo que estas simbolizan.

Una persona que compra en un mercado o toma café en una terraza, adolescentes que asisten a un concierto, familias que celebran una fiesta nacional, turistas que tal vez ahorraron durante toda su vida para tomar esas vacaciones son elegidos como blanco porque el impacto emocional al reconocernos en ellos es exponencial. Sentimos empatía al mirar las sórdidas imágenes que muestran lugares donde tal vez hemos estado, o donde tenemos amigos, o los que soñamos conocer. El sueño de Occidente, el estilo de vida del primer mundo, el momento social en el que un estilo de vida aspiracional ocupa más tiempo en nuestras mentes y en las redes sociales que lo real, que nuestra propia cotidianidad.

Sentir el impulso de cancelar un viaje, correr a Facebook a avisar que estás bien o a preguntar a tus amigos turistas si ellos lo están son las reacciones inmediatas, pero no atrevernos a ser de las 3 000 personas que en los primeros minutos ofrecieron su ayuda incondicional a esos desconocidos que se sentían perdidos tras un episodio de violencia como este, nos delata.

¿Es que acaso esa aparente y virtual empatía puede llevarnos a dejar de salir a la calle y detener nuestra vida para que no nos atropelle un auto conducido por un terrorista? ¿Estamos dispuestos a dejar de sentarnos en una plaza, un parque, un café al aire libre? ¿Queremos que nuestros hijos e hijas dejen de jugar, viajar y sentirse felices descubriendo el mundo? Si nuestra respuesta es sí a alguna de estas preguntas, es momento de hacer un alto y encarar al miedo. En México hemos vivido atentados, quizá no del EI, pero sí del crimen organizado y los cárteles de las drogas. ¿Lo que pasó aquel 15 de septiembre en Michoacán provocó que dejáramos de dar el grito en las fiestas patrias? Por fortuna, no ha sido así.

El miedo es un monstruo inteligente y de mil cabezas, si queremos escondernos, sabrá donde encontrarnos, sin embargo, ¿que hará ese engendro cuando salgamos a mirarlo de frente? No lo sé todavía, pero andar las calles, salir, viajar, conocer nuevas culturas son las mejores armas contra los amigos de esa bestia: el odio y la intolerancia.

Cerramos esta edición justo unas horas después del atentado ocurrido en La Rambla. Todavía no quedan claras las medidas que el gobierno español tomará, ni la reacción de su ciudadanía tras el golpe. No obstante, confieso, en lo personal quisiera que los ciudadanos de París, Manchester, Berlín o Londres fueran su mayor inspiración para salir con la frente en alto a defender sus calles, su estilo de vida, su paz, pero sobre todo, para reflexionar en torno a sus propios actos de incitación al odio que en recientes fechas se han visto reflejados en el rechazo masivo a los turistas.

El terrorismo puede ser la máxima expresión del absurdo y la descomposición humana, y vaya que España ha sufrido en carne propia históricamente sus alcances. Pero empieza con la semilla del odio y la intolerancia, y es abonada por el miedo al otro, al que es diferente. Este es un monstruo que debe arrancarse de raíz y, por el momento, a todos nos toca erradicar sus semillas y empezar un frontal combate al miedo, sólo así, ellos no ganarán.   

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