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Opinión
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Tras bambalinas

Tatuajes 
de pared

POR Rogelio Segoviano Fecha: Hace 2 meses
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De acuerdo con un reportaje de principios de los setenta en The New York Times, el inventor del grafiti, tal cual lo conocemos hoy en día, es Taki, un ex pandillero del Bronx, en Nueva York. Sin embargo, hay cronistas e historiadores de la cultura urbana que ubican el origen de pintar paredes con latas de aerosol en las calles de Filadelfia, donde un tipo que se hacía llamar “Cornbread”, para impresionar a su novia, en 1965 “decoró” con su apodo cientos y cientos de muros y espacios públicos por toda la ciudad.

Hay quienes piensan que el grafiti está ligado a la historia de la humanidad, y que prueba de ello son las pinturas rupestres en las cuevas de Altamira, en España, así como las pintas descubiertas en los baños públicos de la antigua Roma y Pompeya, y los atemorizantes dibujos que dejaban los guerreros vikingos en los pueblos que arrasaban a su paso.

Lo cierto es que Taki, con su muy particular estilo de dibujar, escribir y firmar sus trabajos callejeros, marcó un modelo a seguir para el resto de los artistas urbanos de su generación, no sólo en Estados Unidos, sino en el resto del mundo, gracias a las películas y series de televisión que retrataban la vida en Nueva York. Además, en su nacimiento, el grafiti estaba emparentado con otra manifestación de la subcultura urbana que emergía con fuerza en los barrios negros: la música rap y el hip hop.

Para quienes lo practican, el grafiti es un acto de irreverencia, rebeldía, pertenencia y libertad. A ellos, tomar una lata de pintura en aerosol y escribir en la pared o utilizar cada muro a su alcance como un lienzo los ayuda a exorcizar sus demonios a la vista de todos. “Somos artistas”, nos gritan con cada grafiti que realizan estos eternos adolescentes de quince, treinta, cincuenta o setenta años.

Y aunque a principios de los ochenta vagabundos como Jean-Michel Basquiat y Al Díaz –que pasaron de grafitear vagones del Metro a exponer en galerías del SoHo y museos de Manhattan– explotaron con éxito las posibilidades plásticas y comerciales del grafiti; no todos los grafiteros que se apropian de las fachada de casas, fábricas o edificios puede ser considerados artista. De hecho, para muchos, lejos de ser arte urbano, estas manifestaciones contraculturales son simple y puro vandalismo.

Y en eso también hacen énfasis las autoridades cuando tipifican al grafiti como daño a la propiedad pública o privada, y consideran a sus autores como delincuentes, pues la arquitectura de la ciudad no debe ser un lienzo fuera de control. Así, en la mayoría de los casos es el propio Gobierno quien establece cuándo un grafiti es legal o ilegal, dependiendo el sitio en el que se realice y si se hace con o sin su consentimiento.

En la Ciudad de México existe un colectivo llamado Street Art Chilango creado por el ingeniero en electrónica Jenaro de Rosenzweig y el diseñador gráfico Álex Revilla, quienes luego de fundar la agencia de publicidad Abichuela Mágica y manejar las redes sociales del grupo Molotov, decidieron enfocar su talento y energía en una de sus mayores pasiones: el grafiti.

Ahora, los artistas urbanos Jenaro y Álex, además de realizar grafitis por encargo en instalaciones públicas o privadas, organizan también recorridos turísticos y académicos, en los que visitan los lugares en donde se han realizado varios de los mejores y más icónicos grafitis de la Ciudad de México. Junto con el paseo, los creadores de Street Art Chilango ofrecen lecciones para mostrar sus habilidades con las latas de aerosol. Después de todo, para ellos, un grafiti es como tener un tatuaje, pero en la fachada de tu casa

*Periodista especializado en cultura.
@rogersegoviano.

#Revista Cambio#Rogelio Segoviano
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