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Un jardín para tu mejor amigo

26-27

Desde hace un lustro, mediante un cementerio creado en un terruño familiar, los hermanos Octavio y Mario Sánchez han encontrado un terreno fértil para la congoja que implica la despedida de una mascota

POR Revista Cambio Fecha: Hace 4 weeks
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Texto y fotos MIRIAM CANALES

“Empezamos esto para nuestras mascotas y porque en toda la ciudad no hay donde enterrarlas. Ya no se puede ni se presta tener un lugar así, privado. Como tenemos este terreno que es una herencia tampoco queremos que pierda su vocación ecológica”, cuenta Octavio cuando le pregunto los motivos que lo llevaron a erigir su camposanto que dista mucho de la imagen terrorífica de la película Cementerio de mascotas. Al contrario, aquí en Jardín para un Amigo se respira un ambiente apacible y aire fresco como para que un amigo cuadrúpedo repose eternamente, alejado del bullicio capitalino y de la mancha urbana.

En una finca heredada por sus bisabuelos, sobre un cerro de la delegación Tlalpan, yacen 450 pequeñas tumbas artesanales de “perrhijos”, “gathijos”, hamsters, cuyos y otra vasta cantidad de animales que permanecen bajo la tierra negra y húmeda –una iguana grande es el más excéntrico hasta ahora. En Jardín para un Amigo invaden un silencio inusitado y una estampa citadina que se aprecia a lo lejos. A fin de llegar al pueblo de Ameyalco, donde se ubica, se requieren dos horas de camino desde el centro, y un autobús que circula hacia una cúspide sinuosa de la que luego hay que caminar otro tramo en el que, por cierto, muchos se pierden. En el auto de los hermanos, nos dirigimos por las calles angostas del pueblo hacia su propiedad silvestre cubierta por rejas. El terreno se divide en propiedad federal, comunal, ejidal y privada; es justo de la comunal donde ellos ocupan su fragmento asignado para darle una oportunidad a los amantes de los animales que busquen un espacio expresamente con el propósito de visitarlos en el “más allá”.

De origen campesino, los Sánchez se dedicaban al cultivo del frijol, actividad que han abandonado por falta de ganancias, ya que la arena es estéril y no retiene bien la humedad. Hoy, en una jornada de trabajo cotidiana, preparan tres servicios semanales para las mascotas. La sepultura tiene un precio individual de 900 pesos, y si hay que transportar un cadáver desde un domicilio particular, implica un costo extra que a veces les regatean. Su recomendación a los dueños es que depositen los restos sin sábanas a fin de que el proceso de putrefacción sea más rápido y natural. Pero estos a veces prefieren reunir algunas de sus pertenencias, como juguetes, fotos y hasta alguna prenda.

Desde la turbulenta temporada sísmica, el ritmo de trabajo ha bajado, y hoy se encuentran a la espera de nuevos clientes que retomen la actividad. El más famoso hasta el momento ha sido el escritor Xavier Velasco cuya pareja de gigantes de los pirineos –“Boris” y “Casandra”– fue célebre durante entrevistas y presentaciones, hasta que Boris pereció y los hermanos lo recogieron en la casa del escritor para llevarlo a reposar: “Ayer que te enterramos, guapísimo, angelito, supe que te vería de vuelta en estas líneas ¡y cómo me cambiaste la vida!”, le escribió en su columna Pronóstico del Clímax, en Milenio Diario. Sin embargo, no ha sido el único en profesarle un amor peculiar a su amigo canino. Son otros los dolientes con episodios semejantes. Según cuenta Mario: “Una vez vino una señora que acababa de tener bebés, y su perrita –que estaba preñada– falleció. Estuvo llorando como diez minutos porque no había logrado a sus cachorros. A lo mejor se proyectó. Fue muy dramático el asunto”. En otra ocasión, intentaron entregarles un caballo desde Monterrey, pero debido a la larga distancia, el tamaño y costo, no fue posible.

Es así que a lo largo de la vereda pueden apreciarse diferentes cruces, piedras, piezas de cerámica que conforman el acervo de mascotas. Con nombres peculiares como “Gatman”, “Benito”, “Rocco”, algunos reciben más visitas que otros, pero todos han sido despedidos bajo diferentes circunstancias, rezos y creencias; por ejemplo, con ritos religiosos, como el caso de un grupo de judíos acaudalados que compraron un pedazo de tierra para ellos, y rezaron en hebreo durante el sepelio. Aunque Mario y Octavio dirigen su ritual de despedida con menos solemnidades; ellos optan por canciones como “Callejero” del cantante español Alberto Cortez, y el poema “Charlas con Troylo” del escritor Antonio Gala. También se encargan de plantar, junto a las tumba, algunos arbolitos con el propósito de que acompañen a los perros y gatos, y así puedan ser más identificables: yacen algunos fresnos, oyameles o cedros junto a los pequeños sepulcros que algunas veces contienen mensajes de despedida: “Benito caminando va”, se lee en una de las rocas plantadas.

“Refugiarse en la mascota es una expresión de temor muy propia de quienes creen –para decirlo en términos caninos– que el hombre es lobo para el hombre. Pero también puede ser una forma de desprecio como la planteada por el poeta Lord Byron cuando dijo que cuanto más conoce a los seres humanos, más quiere a su perro”, menciona el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos dentro de su crónica “Perra vida, perra muerte” sobre la única funeraria de mascotas en su país. Aunque en México, las prácticas que humanizan a los animales han beneficiado a los Sánchez.

Son las tres de la tarde y Mario recibe una llamada de un cliente que solicita sus servicios. Dada la sinuosa ruta, acude en su búsqueda con el objetivo de trasladarlo hasta el punto de reunión. Su hermano Octavio se queda a excavar el boquete que recibirá a un nuevo miembro en este camposanto. La pala se clava en la tierra suave y oscura. Una morada se abrirá para albergar toda clase de recuerdos, lágrimas y emociones, porque una mascota también es ya un integrante más de una familia humana y merece una despedida formal.

#cementerio de mascotas#Gathijos#panteón de mascotas#pequeñas tumbas#Perrhijos#Tlalpan
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