La moral de la nobleza

"Una sociedad de señores" no es un título muy claro; empieza a ofrecer un panorama diferente a partir del subtítulo: "Dominación moral y democracia". Aunque es un ensayo, no lo hace un sociólogo ni un historiador, 
sino alguien que se considera un escritor y un 
lector común y corriente: Mario Campaña

25 de Febrero 2018

Foto Revista Cambio

POR JAVIER PÉREZ

Luego de releer los poemas homéricos ya como lector maduro, el ecuatoriano Mario Campaña encontró que “quienes actúan, quienes hablan, quienes cometen las acciones heroicas y horrendas, no son soldados rasos, sino reyes, reinas o hijos de reyes. Es decir, es la nobleza, la aristocracia”. Y eso mismo encontró en la literatura del siglo XIX, en obras clásicas como Rojo y negro, de Stendhal, o Los novios, de Manzoni. “Me pregunté: ¿cómo es que hay observaciones similares a esto de hace 2 500 años? Había una historia de por medio, ¿cómo es que no se han modificado estos valores?”.

Después, encontró que esos mismos valores aparecían en la vida cotidiana actual. “El origen entonces es literario, de mis observaciones como lector maduro, adulto, y observaciones de alguien que está viviendo en este mundo y que encuentra que aquí actúan elementos intangibles, inmateriales, morales, que se pueden detectar a lo largo de la historia europea en la nobleza, en la aristocracia. Ahí empiezo yo a hacer una investigación”.

La moral señorial, aquella que surgió en las monarquías de los primeros siglos de la era moderna y que se empoderó cada vez más conforme se asoció con la iglesia católica, sigue imperando en nuestros días, sostiene Campaña. Y ahora es invisible. “Yo no he visto que esto haya sido puesto en el pensamiento político antes. Ha estado oculto, velado, precisamente porque las condiciones de vida y pensamiento no lo han revelado. Es posible que en esta época recién podamos alcanzar a ver estas cosas, aunque siempre han estado ahí, por las crisis: las terribles crisis que vivieron en España, Grecia, Italia. No se podía ver porque estos principios están pegados a la noción de humanidad, entonces no los puedes ver porque no vas a poner en discusión la noción de humanidad. Todo el mundo quiere ser el mejor, quiere ser rico o no sé qué. Eso no se puede poner en discusión porque es parte de la inclinación natural de los seres. Es una primera tentativa de empezar a explorar todo un mundo de hábitos, principios y valores ocultos hasta ahora”.

El autor, quien ha publicado tres poemarios, considera que aunque ya ha habido avances, como los esfuerzos y luchas por la equidad de género, se toca muy poco la estructura de valores. “Los elementos de la justicia social, por ejemplo, tal y como fue concebida por el socialismo, dejó indemne aquella moral señorial porque los líderes socialistas también eran señores. Esa parte de las jerarquías, de la superioridad del valor que tiene una persona y que tiene otra, no fue puesta en cuestión. Y no es puesta en cuestión cuando se tiene la preocupación gubernamental, por ejemplo, en los elementos económicos o materiales. En general se tiende a pensar que la desigualdad es un problema inferior al lado de la pobreza. Lo importante es superar la pobreza, no tanto superar la desigualdad de las personas, las jerarquías y eso. No voy a negar que ha habido avances democratizadores, pero que esa cultura tiene una presencia fuerte todavía, es innegable. Y lo peor es que es invisible, no se la detecta”.

Campaña expone en su libro que no existe una cultura democrática. La democracia, dice, se refiere a lo político, a las instituciones. “La democracia se fraguó en Grecia, en Europa y en Estados Unidos como un sistema institucional: división de poderes, elecciones, representantes. A eso se llamó democracia, fue el límite del origen. Ahora tenemos que tomar conciencia de que ese límite nos está causando problemas en nuestra idea de la democracia. La democracia de las instituciones sólo tiene valor moral si los contenidos de la vida en esas sociedades son democráticos también. Si no lo son, toda aquella institucionalidad no es más que una broma. O, más que una broma, un mecanismo de sujeción y de explotación. No tiene legitimidad moral. Ahora tenemos que concebir la moral como una cosa esencialmente compuesta por dos elementos: por la cultura democrática y por la institucionalidad democrática, pero de la cultura nadie quiere oír hablar, no sabemos nada o muy poco”.

Cuando habla de moral, aclara Campaña, se refiere “a la dignidad humana, al valor de las personas. No me refiero a las normas consideradas buenas. Tenemos que pensar en las vidas de las personas, en las relaciones de las personas, y también de los grupos, las sociedades enteras y hasta de los países. Pero no de la institucionalidad. Yo no quiero salirme de lo institucional. Si hablamos de los países, en Haití y en Estados Unidos hay instituciones democráticas, lo que indicaría que ambos países son iguales, desde el punto de vista institucional, pero resulta que Trump dice que Haití es una mierda. Ahí viene la diferencia. Entre países yo pongo el foco en lo moral, también, es decir, en el valor y en la dignidad. Esos dos países tienen la misma dignidad, como la tendrían el presidente de México y el indigente que no tiene para comer. A eso me refiero con lo moral. Es el concepto que hay que reivindicar, el de la igualdad moral, el de la dignidad; la igualdad significaría tener la misma dignidad porque esto parece que fuera algo vago, abstracto, pero en la vida cotidiana tiene unas repercusiones numerosísimas, inmensas”.

Por ejemplo, en la repartición de presupuestos, pues suele considerarse que las zonas ricas merecen mayor presupuesto. O en la educación por competencias, activa en todo el mundo. “La competencia es un principio aristocrático, o señorial, como le llamo en el libro. Y tiene la apariencia de democrático, porque a todo le damos esa apariencia. Con mi libro pretendo dar herramientas para que se pueda detectar eso que parece muy difícil de identificar”.