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Trabajadoras sexuales activistas

Conoce la historia de las prostitutas de San Francisco, agrupadas en la organización llamada COYOTE
26 de Diciembre 2016
trabajadorasSexuales
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POR ROCÍO SÁNCHEZ

Los jóvenes capitalinos de hoy no se explican por qué una persona con VIH oculta que tiene la infección o por qué alguien tendría miedo de hacerse una prueba de detección. Este fin de semana, mientras escuchaba una charla sobre la lucha contra la epidemia en los años noventa, vi la incredulidad en las caras de estas nuevas generaciones ante lo que ahí se contaba.

Hace falta voltear hacia atrás. Estos jóvenes no están obligados a saber sobre el enorme estigma que pesa sobre la gente con VIH (porque, según ellos, ya no es tan grande), pero sí tienen la oportunidad de platicar con los mayores, de buscar documentos, de recuperar noticias de hace 25 años, cuando ellos todavía no habían nacido, que dan testimonio de estos relatos.

Un momento de esta historia es el que recopila la estadounidense Melinda Chateauvert en su libro Sex Workers Unite! A history of the movement from Stonewall to SlutWalk (¡Trabajadoras sexuales, uníos! Una historia del movimiento de Stonewall a la Marcha de las Putas). Ella misma lo explica en un artículo para el portal web Notches, que compila información histórica sobre sexualidad.

En los primeros años ochenta, el sida hizo su aparición y de inmediato fue asociado con hombres gays y sus “malos hábitos” sexuales. El primer caso fue diagnosticado en 1981, pero no pasó mucho tiempo para que se identificara, en 1983, a la primera mujer con sida (enfermedad cuya causa aún se desconocía). Era Elizabeth Prophet, una afroamericana consumidora de drogas que además se prostituía.

A partir de ahí, el segundo “grupo de riesgo” para la dispersión de la enfermedad fue el de las trabajadoras sexuales. Pero, frente a ese contexto, ellas (igual que los gays) estaban decididas a actuar, a ser parte de la solución y no del problema. Ya suficiente estigma portaban al ejercer ese oficio como para encima arriesgarse a ser señaladas como “vectores” de la epidemia del sida.

Fue así como las prostitutas de San Francisco, agrupadas en una organización llamada COYOTE, realizaron una colaboración sin precedente en un estudio científico, en el cual no sólo participaron sino que lo diseñaron junto con las doctoras Constance Wofsy y Judith Cohen. La investigación, titulada simplemente “El estudio de las prostitutas”, encuestó a 180 mujeres vulnerables a la infección de la ciudad. Los hallazgos indicaron que el VIH podía transmitirse a través de un intercambio de fluidos, lo que indicaba que era el virus –ya descubierto para entonces– y no el estilo de vida “promiscuo”, la causa del sida.

El trabajo de investigación se presentó en la Conferencia Internacional de Sida de 1986, en París; fue publicado en la revistaThe Lancet y en un reporte de los Centros para el Control de Enfermedades de E. U. Sin embargo, las autoridades de salud siguieron diciendo que la pertenencia a “grupos de riesgo”, el “estilo de vida”, la “promiscuidad”, el género y la raza eran los que determinaban quién podía infectarse y quién no. Y de ahí nació el estigma: los que se portaban “mal” eran los que debían preocuparse, mientras que el resto de la población estaba a salvo del VIH.

La estrategia de estas trabajadoras sexuales es algo que tampoco debemos dejar en el olvido: durante sus más de 35 años de existencia, la respuesta al VIH se ha construido desde la sociedad civil, que ha contribuido a generar el conocimiento que las autoridades sanitarias pueden replicar después. Es necesario preservar la memoria de esta lucha que todavía no se gana; no podemos estar confiados pues lo peor todavía no ha pasado.

Periodista especializada en salud sexual/ [email protected]

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