Revista Cambio

López Gatell proviene de grandes personajes que han ayudado a lo largo de los años en el ámbito de la salud

Desde una antigua ciudad romana, enclavada en la península ibérica, viajó el apellido Gatell al otro lado del mundo. Más de 500 años después de aquel primer registro del nombre en Tarragona, España, aparece un personaje que conserva el linaje y que se ha convertido en la figura del combate al COVID-19 en México.

Su abuelo peleó contra el franquismo y se salvó de ser fusilado por un golpe de ingenio. Resguardó a su familia en Francia hasta que el nazismo hizo inviable la vida allí. Poco después abordaron un barco y llegaron a México como los más de 20 mil exiliados españolesSu padre hizo una brillante carrera en medicina y él siguió sus pasos más tarde.

Francisco López-Gatell Trujillo, padre del subsecretario de Salud. Foto: Especial.

Se trata de Hugo López-Gatell Ramírez, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, el rostro en el que millones de mexicanos han depositado la confianza y que le ha robado cámara y popularidad hasta al presidente Andrés Manuel López Obrador. Según la encuesta de Enkoll, en esta emergencia sanitaria no hay funcionario más confiable en el país: 44% le respalda, al presidente sólo el 9%.

En el sitio de la Secretaría de Salud, las primeras líneas de su currículum parecieran ofrecer certezas: “Médico Cirujano, especialista en Medicina Interna, maestro en Ciencias Médicas y doctor en Epidemiología. Sólidos conocimientos y entrenamiento de alto nivel en medicina clínica y epidemiología”. Arranca así el largo listado de conocimientos, aptitudes y capacidades del médico que cumplió 51 años el 22 de febrero pasado.

Honesto, competente, íntegro y humano son los adjetivos que la gente con la que se ha cruzado a lo largo de los años usa para describirlo. El “estamos en buenas manos” es una respuesta recurrente que sueltan sus conocidos.

Con rostro serio o sonriente, regularmente de traje y corbata, la imagen del subsecretario se comparte profusamente en sticker, meme o video meme. Su “quédate en casa” sirve para regañar al que dejó el hogar en plena cuarentena.

Su “con todo el gusto te lo vuelvo a explicar” es recurrente en los diálogos virtuales. Al funcionario se le ha visto –en animación– bailando al ritmo de Bad Bunny, mirando desde el cielo a los que salen de casa y lanzándoles rayos con los ojos, personalizado como Superman, como James Bond o como el Dr. Strange. En las transmisiones televisadas de las 19 horas –la misa de la 7, dicen algunos– le llueven comentarios: “López-Guapell”, le llaman.

Gady Zabicky Sirot, titular de la Comisión Nacional Contra las Adicciones (Conadic), dio una descripción que engloba a los profesionales de la salud, el 10 de abril pasado (15 días después de que entrara en vigor la Fase 2 del COVID-19 en México), invitando a la sensibilización de la población respecto a la labor del personal médico.

“Los personales de salud somos personas vulnerables, no somos superhéroes, no nos sentimos héroes, vivimos en un estado de solidaridad necesaria”. Lo mismo aplica para el subsecretario.

 

El subsecretario en una de las conferencias con AMLO. Foto: Cuartoscuro.com

Mexicano, egresado de la universidad pública, especializado en el extranjero. López-Gatell es el director de una orquesta de 126 millones de mexicanos que tratan de agarrar el ritmo y tocar al unísono para vencer con cada nota a la epidemia que, apenas el martes 21 de abril, entró en la Fase 3.

 

Encuesta de confianza ciudadana.

¿Cómo se forja un personaje así? Roberto Morris, maestro en políticas públicas, escribió que las personas asimilan sus valores y socializan a partir de aquello a lo que han estado expuestos a lo largo de sus vidas, un “largo proceso de arquitectura de identidad” que se nota en cosas tan simples como el hablar.

Para conocer a qué ha estado expuesto López-Gatell habría que pensar en Tarragona, la ciudad donde vivieron sus ancestros, en la región de Cataluña, al noreste de España. La tierra de su abuelo, el primero de su línea directa familiar en pisar tierras mexicanas.

Excompañeros de estudios, amigos propios y de la familia, un exchofer y un largo listado de fuentes documentales, son la llave que abre la puerta para conocer algunos rasgos de Hugo López-Gatell. Ellos son quienes pintan de pies a cabeza la historia del miembro de una familia progresista que se forjó entre libros e ideales.

LÓPEZ-GATELL, EL ABUELO 

Francisco López-Gatell Comas, el abuelo, nació en 1897 en la tierra que aún conserva las ruinas de un anfiteatro romano del siglo II, postrado frente al Mar Mediterráneo, tan vieja la ciudad medieval amurallada como vieja la historia de la familia que creció en ella.

Los Gatell son “por herencia ancestral”, sefarditas: judíos radicados en la península ibérica. Nobles de Cataluña cuyo apellido procede de la palabra hebrea jatúl, que significa gato. Por eso en el escudo de la nobleza catalana aparece un gato de oro, sentado o simulando un movimiento ágil, con la mirada al frente, fija en quien le mira. Dominio, coraje, audacia, fortaleza y magnanimidad son las características que, de acuerdo con el Heraldrys Institute of Rome, enmarcan a los portadores de este escudo.

Francisco, el abuelo, es parte de la genealogía Gatell que surgió en ese rincón del mundo. Perseguido por el franquismo, fue el último portador del apellido que decidió dejar España.

Antes de él, hubo otros que emigraron a Alemania, Francia, Estados Unidos y a diversos países latinoamericanos: Argentina, Chile y, por último, México, según Irving Gatell, un pariente lejano unido al subsecretario sólo por la historia guardada en su ADN.

En un recuento de su estirpe, cuenta en entrevista, encontró parientes como Joaquín Gatell y Folch, autor de la primera cartografía de Marruecos y a Josep María Gatell, uno de los mayores expertos en VIH y director del Centro Catalán de Investigación y Desarrollo de Vacunas contra el Sida (HIVACAT).

Así llegó también a la historia de Francisco López-Gatell Comas, abuelo del general contra el COVID-19, contada, según el comunicólogo, por el padre del subsecretario hace ya muchos años.

El abuelo López-Gatell fue un ingeniero y militar republicano que luchó contra el régimen de Francisco Franco, como cientos de catalanes, antes hizo lo propio en la Revolución de Octubre de 1934, cuando se proclamó el Estado Catalán. Fue arrestado por el delito de rebelión militar y sentenciado a reclusión perpetua por el Consejo de Guerra el 12 de octubre de aquel año, según la copia de la sentencia que yace en el Archivo Histórico Nacional de España.

Para el fin de la Guerra Civil y con la certeza de que Franco instauraría una dictadura que no cesaría de perseguir a quienes defendieron la democracia republicana, se refugió junto con miles de españoles en Francia. Pero todavía le faltaba otra batalla por pelear, ahora contra los nazis. 

 

Acta de defunción del abuelo de López-Gatell.

Mientras él seguía luchando, fue detenido y llevado a un campo de concentración. Antes pudo dejar instrucciones para que su esposa, Mercedes Trujillo Luis, buscara un barco que la llevara junto a tres de sus hijos –Francisco, Alfonso y José María– hasta México. Tras el encierro, estuvo a punto de ser fusilado, pero lo salvó un golpe de ingenio. 

“El capataz del campo no entendía español y la carta con la orden necesitaba ser traducida al francés; este Gatell alzó la mano y cambió el contenido original de la carta. En vez de decirle al capataz que la orden era fusilarlos a todos, tradujo que era abandonar a su suerte a los prisioneros en el bosque”, detalla Irving Gatell.

El abuelo corrió entre árboles y más tarde llegó al puerto en busca de un barco que pudiera traerlo a México y reencontrarse con su familia en un terreno completamente desconocido. Cuando abordó el barco antifascista que trasladaba a republicanos que coreban glorias a México, halló ahí a su esposa e hijos que aún esperaban para salir: viajaron juntos.

Así fue que pasaron a ser de los más de 20 mil españoles que se exiliaron en el país con apoyo del presidente Lázaro Cárdenas.

En los registros de migración del Archivo General de la Nación aparecen las formas que indican que al menos tres miembros de esa familia llenaron para establecerse en México como asilados políticos: Francisco (1897), ingeniero. Francisco (1925), químico. Alfonso (1921), estudiante.

Para 1945, sería el enlace de su cuñado José María Trujillo Luis, ingeniero industrial, así como de Marina Díaz Cardoma, profesora de piano, ante migración. Desde España traía a otros miembros de la familia y los recibía con los brazos abiertos en México.

El ingeniero murió cuatro décadas después, el 25 de marzo de 1984, a las 20:00 horas, en un hospital de Lindavista, a sus 87 años, cuando su nieto Hugo estaba en la adolescencia. Lo venció el cáncer de estómago.

Francisco, el químico, no ejercería como tal; en cambio, se haría médico. Aquel joven que esperaba junto con su madre abordar el barco que los traería a México sería quien certificaría su muerte aquella noche de primavera. 

LÓPEZ-GATELL, EL PADRE

De aquel barco que arribó al Puerto de Veracruz bajó un joven que cargaba los dolores de la guerra. Francisco López-Gatell Trujillo había nacido en 1925 en Tarragona, España, la ciudad con el anfiteatro romano que le da la espalda al Mar Mediterráneo. Era químico. Soltero. Y pisaba el país que amaría hasta el día de su muerte, ya como asilado político.

Quien lo conoció cuenta que llegó al país junto con sus padres y dos hermanos. Hablaba cinco idiomas, el catalán era su lengua natal. Se reconocía Gatell y por eso usaba un anillo con una figura de gato en la mano. Dicen que aquí llegó a ser campeón de pesas, Mr. México, aunque no hay registro de ello. Después se naturalizó mexicano.

En 1955, a sus 30 años, obtuvo su cédula profesional como médico cirujano. Un año más tarde, el 10 de diciembre del 56, abordó un vuelo en American Airlines directo a Estados Unidos: lo habían aceptado en el Massachusetts General Hospital para estudiar urología, donde logró ser jefe de residentes, para después especializarse en trasplante de riñones. 

“Siempre le pregunté por qué, si pudo haberse quedado en Estados Unidos y ganar un dineral, había preferido volver a México a trabajar. Él siempre me contestó que México le había abierto los brazos cuando no tenía nada, que la satisfacción de estar vivo, de poder tener una familia ya nadie se la podía quitar”, cuenta en entrevista el Dr. Héctor Fidel Calderón, urólogo y expupilo del Dr. Francisco.

A su regreso a México consiguió una plaza de jardinero en el Hospital 20 de Noviembre. Se fue abriendo paso hasta que se volvió una pieza clave en el área de urología del hospital. 

Sus alumnos cuentan anécdotas –aunque no jurarían que son del todo ciertas– de quien consideran ha sido el mejor urólogo del país. Entre ellas, su afición a los gatos, que cuidó hasta el último día de su vida porque, dicen, más allá de la historia con el apellido, fueron estos animales los que lo salvaron en la guerra, cuando se tuvo que alimentar de ellos para sobrevivir.

Otra historia que circula entre los 80 discípulos del Dr. López-Gatell, padre, es su romance con una amante de la pintura, Margarita Ramírez Duarte. Recuerdan cómo la tomaba de la mano. La miraba y sonreía. Luego volteaba a ver al resto y le apretaba más fuerte la mano como diciendo “ésta es mi mujer”.

La señora Magos, como la llaman cariñosamente los expupilos, era enfermera del 20 de Noviembre. Se enamoraron por una sonda Foley –esos tubos flexibles de látex que se pasan a través de la uretra para llegar a la vejiga y así drenar la orina.

“En la charola que le tocó llevar a ella no faltaba nada y el Dr. Gatell –que hacía babear a muchas enfermeras en el hospital por ser guapo, atlético y ojo azul– volteó y le dijo: ‘¿quieres salir conmigo?’ No se sabe muy bien qué pasó después, pero se casaron y tuvieron tres hijos”, detalla el Dr. Fidel Calderón.

Con ella, en el año en que el hombre pisó la luna por primera vez y se alzaban las masas en contra de la Guerra de Vietnam, tuvo un hijo el 22 de febrero de 1969. Lo llamaron Hugo. 

De la guerra y de los dolores que le había causado no hablaba. Pero saben que fue esa vivencia la que lo formó como un hombre sensible. Tan sensible que lloraba cuando veía a los familiares de los enfermos dormidos en el piso. Tan sensible que le entristecía mirar las camas sucias de los pacientes en las rondas de las cinco de la mañana. Tan sensible que no sentía vergüenza al dejar que le cayeran las lágrimas por el rostro en la sala de juntas del tercer piso del hospital cuando a sus estudiantes les decía “sean honorables, sean gente de bien”.

“Era todo un personaje –comenta Fidel Calderón–. Publicó más de 200 artículos. Todo el día leía, siempre traía un libro nuevo bajo el brazo. Te hablaba en parábolas, a veces no le entendíamos, tardamos meses en entender cómo se comunicaba. Era muy inteligente”.

 

Su padre, Francisco López-Gatell Trujillo, fue uno de los mejores urólogos del país.

Ahí, en el Hospital 20 de Noviembre, se consolidó como uno de los mejores urólogos del país. El Dr. Leopoldo Gómez Reguera lo recuerda por ser miembro de su equipo en el Servicio de Urología, “un excelente médico y que murió joven”, según registró en la biografía de urólogos mexicanos.

Aparece en al menos tres estudios relacionados con su campo de especialización, asesoró como profesor decenas de tesis, un paso que siguió su hijo. Además, formó parte de la historia de creación de la Unidad de Trasplantes del Centro Hospitalario del ISSSTE. 

“La idea aprobada permitió la integración al proyecto (…) y la participación siempre responsable del recordado Dr. Francisco Gatell del Servicio de Urología, de quien habrá de reconocerse su simpatía y apoyo al programa”, narró el Dr. Javier Castellanos Coutiño para la revista Liderazgo y Experiencia Médica de 2011.

López-Gatell Trujillo fue miembro del equipo que elaboró el manual de procedimientos médicos y administrativos para lograr que, el 19 de febrero de 1975, “frente a un ambiente expectante, con el escepticismo de muchos y la confianza de nosotros”, se realizara el primer trasplante renal del ISSSTE. Hasta 2011, Alfonso, el paciente que recibió esta donación, seguía teniendo un riñón que funcionaba a la perfección.

Mientras eso ocurría, Hugo tenía apenas seis años y era alumno del Colegio Madrid, una institución que, hasta la fecha, tiene entre su alumnado a descendientes de españoles que se exiliaron en México tras el franquismo, en la que el subsecretario pasaría toda su adolescencia antes de iniciarse en el alma máter de su padre, también como médico.

HUGO, EL JOVEN

Un nostálgico de su país natal, España, y un amante del país que le abrió las puertas como asilado político, sólo habría podido inscribir a sus hijos en un colegio como el Madrid, la institución creada para educar a los hijos e hijas de los exiliados por el franquismo.

En las aulas de Villa Coapa fue donde Hugo López-Gatell cursaría toda su educación básica, según confirmó el área de exalumnos del Colegio.

Tenía perfil de líder, enorme carisma y calidad humana. Siguió el ejemplo de su padre, siempre sirviendo a la salud pública”, dice el periodista Federico Campbell Peña, quien coincidió con el subsecretario en el colegio.

Ahí conoció a su mejor amigo, Ruy López Ridaura, y a los amigos con los que formaría una banda de rock en los años 80, los mismos que son ahora miembros de Santa Sabina y La Gusana Ciega. Hugo López-Gatell era el flautista del grupo de rock progresivo “Cantera, la longitud de onda perfecta”, según registró Notimex.

López-Gatell en el Colegio Madrid.

Luis Ernesto Martínez, baterista de La Gusana Ciega, recuerda que “Hugo siempre tuvo vocación de médico y si decías que te sentías mal, te revisaba y empezaba a hablar como tal”. La escuela la tenía en casa.

En la banda estaban quienes después harían carrera en la música. Luis Alfonso Figueroa y Jacobo Lieberman, fundadores de Santa Sabina, además del bajista ya mencionado y Carlos López-Gatell, hermano del subsecretario que tocaba las percusiones, hoy cineasta.

Los ritmos no incluían voces, sólo música progre, puros temas propios, nada de covers. Ensayaban los viernes, tocaban en la escuela y grababan en cassette.

Pero Hugo no halló camino ahí, en cambio siguió su vocación y al dejar el Colegio Madrid, ingresó como su padre a la Facultad de Medicina de la UNAM, donde se graduaría con la tesis “Neumonía en Pacientes con Lupus Eritematoso Generalizado en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, 1990-1998”.

La escuela donde, además, conocería a su otro grupo de amigos con quienes mostraría su lado revolucionario, oponiéndose al pretendido intento por privatizar la educación en la universidad, un movimiento estudiantil que inició en 1986-1987, que incluyó una huelga y un congreso, y que logró parar las reformas del entonces rector Jorge Carpizo.

HUGO, EL REVOLUCIONARIO

“Cerramos la rectoría, en ese tiempo la discusión universitaria era la defensa de la educación pública porque querían poner cuotas”, contó el mismo Hugo López-Gatell sobre su paso por la Máxima Casa de Estudios en una entrevista con TV-UNAM.

Fue parte del movimiento estudiantil que inició en 1986-1987 y que luchó para tirar la propuesta de Carpizo que buscaba eliminar el pase automático del bachillerato a la universidad, así como la implementación de cuotas al alumnado. Aunque, según pioneros del Consejo Estudiantil Universitario (CEU), llegó tarde a la lucha.

El CEU se fundó el 31 de octubre de 1986 en la Facultad de Economía, en respuesta al plan Carpizo, cuya oposición a la autoridad universitaria era liderada por personajes como Imanol Ordorika, Antonio Santos y Carlos Imaz, así como estudiantes de preparatoria como Andrea Gonzalez de la prepa 4, que a los 16 años participaba en las mesas de diálogo con las autoridades de la universidad que pedían que se levantara la huelga.

Según cuenta el Dr. Gabriel Pérez, exdirigente estudiantil de la Facultad de Medicina de la UNAM, al inicio Hugo López-Gatell no estaba presente porque apenas iba saliendo de la preparatoria en el Madrid.

“Cuando lo conocimos, ya estábamos muy consolidados como grupo de medicina, yo era consejero universitario. Habíamos movilizado no sólo a los 2 mil alumnos de la facultad sino a los otro 8 mil que estaban de residencia, en campos clínicos y hospitales dentro y fura de la ciudad”, cuenta.

Ingresó a la UNAM en el 88 a la misma facultad que el médico cirujano que ya le llevaba un par de años de ventaja en la carrera y en la participación política dentro del CEU Medicina. Hugo López-Gatell no se unió a las filas que luchaban dentro de la facultad, sino que se adhirió al grupo en el que se movían los dirigentes principales del movimiento que se hacían llamar “Llegó la hora”.

Ahí conoció a Sandra Ortega, Andrea González –también doctora– y a Mariana Escobedo, miembros del CEU, con quienes conserva amistad. Escobedo asegura que “es un profesional, es íntegro, es humano, estamos en buenas manos”.

González, también de la facultad de medicina y actual directora de la Clínica Condesa, fue quien introdujo al ahora subsecretario con el grupo de medicina

Lo veíamos muy pirrurris, diferente a la mayoría de los alumnos de la UNAM. Un chico muy serio, siempre con un libro bajo el brazo, siempre estudiando, muy cercano a Imanol Ordorika”, recuerda Gabriel. Otros tantos lo recuerdan soberbio, en dominio de la imagen que proyectaba, de su capacidad para hablar y mostrar conocimientos.

No fueron pocos los que vieron a Hugo, el estudiante, alternando los libros de medicina con libros más políticos en aquella época. Siempre vestido impecable, de marca, con un libro bajo el brazo. A él le tocó el Congreso Universitario del 90, la herencia de quienes como el Dr. Gabriel Pérez dejaron para la nueva camada de jóvenes en la universidad.

Según cuenta, Hugo López-Gatell seguiría cercano a su mejor amigo del Madrid en la Facultad, Ruy López Ridaura, también médico y miembro del equipo de expertos que hoy lucha contra el COVID-19.

“Los López. Llegó la hora. Vota por los López” era el eslogan que utilizaba esta mancuerna que quería ser parte del Consejo Universitario y que contó con ayuda de caricaturistas como Rafael Barajas “El Fisgón” para crear sus carteles promocionales y así elegirse como consejero universitario. Ruy, su amigo, era su suplente.

Un registro de presa del 19 de junio de 1992 lo menciona aún como consejero del CEU. “Un grupo de ceuístas, encabezados por el consejero Hugo López-Gatell, llegó a las instalaciones de la Preparatoria 6 e intentó impedir el acceso de alumnos, profesores y trabajadores, como parte de las acciones de protesta y con el fin de invitar a los universitarios a sumarse a las actividades”.

Hugo mencionado en una nota como miembro del CEU de la UNAM.

Aquella vez, reportó El Informador, hubo golpes y daños a la puerta principal pues los ceuístas habían sido agredidos por “porros” que fueron enviados por el rector de la preparatoria. El objetivo era impedir que los estudiantes se manifestaran en contra de la elevación de las cuotas y de los costos de los servicios.

Según el Dr. Pérez, Hugo, como consejero universitario, fue clave para definir el futuro de la Facultad de Medicina. Pues, a diferencia de los viejos líderes de la facultad, él sí se acercó al entonces director, Juan Ramón de la Fuente, quien en esa época lograría consolidar el Plan Único de Especializaciones Médicas.

“El acuerdo fue que ellos aceptaron fusionar los viejos planes de estudio en uno solo, impulsado por Juan Ramón, defensor de una postura biologista, tradicional, contrario a los conceptos que dicen que la salud es sólo la ausencia de enfermedad. Hubo un rompimiento con el resto de los estudiantes, pero Juan Ramón quedó muy agradecido con ellos y eso favoreció su futuro porque sí, por supuesto que es inteligente, como muchos del otro grupo, pero a ellos sí se les abrió el camino inmediatamente. Ellos entraron a Nutrición con facilidad”.

HUGO, EL AMIGO

“Los López” continuaron su amistad cuando en el 94 se graduaron de la carrera. Ambos obtuvieron su cédula como médicos en el 96 y se aventuraron a estudiar juntos también la Maestría en Ciencias Médicas. Compartieron además residencia en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, en donde conocieron al actual secretario de Salud, Jorge Alcocer.

Ruy también es maestro en epidemiología por la UNAM y doctor epidemiólogo nutricional por Harvard.

A Hugo esas bases lo llevaron a ser hoy el subsecretario de Salud; a Ruy, el actual director general del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades (CENAPRECE). Juntos, otra vez, ahora pelean contra el COVID-19.

“A mi compadre y eterno amigo Ruy que me entusiasmó en el estudio de la maestría y exploró el camino de las siguientes etapas académicas en la epidemiología”, le escribió en su tesis de la maestría (2001) “Factores de riesgo para el desarrollo de infecciones en pacientes con Lupus Eritematoso Generalizado (neumonías)”.

 

Ruy López Ridaura, director del CENAPRECE.  Foto: Cuartoscuro.com

Dos años antes su amistad quedó sellada de una forma más íntima. El Dr. Francisco, su padre, había enfermado de amiloidosis primaria, un trastorno poco común en el cual se acumulan proteínas anormales en tejidos y órganos; además, era diabético. La enfermedad empeoró y el doctor terminó en la sala donde su hijo era jefe de Residentes de Medicina Interna, en el Instituto Nacional de Nutrición.

Él mismo lo revisó. “Es hora de dializarte, papá”, le dijo. Pero el catalán, que había sobrevivido a la guerra y que aún conservaba el anillo con un gato, se rehusó. Se fue a su casa en San Bartolo Ameyalco, cerca del Desierto de los Leones, y murió la tarde del 22 de junio de 1999. Ruy López Ridaura fue el médico que certificó el deceso.

HUGO, EL ESPOSO

Arantxa Colchero es la mujer con la que López-Gatell Ramírez ha compartido vida desde hace más de dos décadas. Su nombre también aparece en su tesis de maestría. “Un paso más juntos”, decía sobre la chica que en el 96 también le había dedicado su tesis, una historia que se documentó el 1 de abril

Se respaldaron mutuamente en sus carreras profesionales. Ella en el análisis de la nutrición en países en desarrollo, él en el área de epidemiología.

Mientras Colchero estudiaba un Doctorado en el Departamento de Salud Internacional en la Universidad de Johns Hopkins en Estados Unidos, López-Gatell fungía como asistente de investigación en el Departamento de Epidemiología de la misma Universidad, ubicada en la ciudad de Baltimore. Cerró su estadía con un Posdoctorado en Epidemiología, en el que sentó las bases del conocimiento que hoy aplica ante el COVID-19.

 

Arantxa Colchero en un foro sobre obesidad. Foto: Especial.

Arantxa y Ruy han sido los pilares de López-Gatell. Sus nombres aparecen juntos en repetidas ocasiones. En conferencias de prensa, en estudios conjuntos e incluso en cartas solidarias de apoyo a viejos amigos, como la que los tres firmaron en 2017 para apoyar a su amiga, la Dra. Andrea González, directora Ejecutiva del Centro para la Prevención y Atención Integral del VIH en la Ciudad de México.

En la carta de fecha 24 de octubre de 2017 rechazaron el “intento de obstaculizar y menoscabar el valioso trabajo” de la clínica que había sido tomada por la sección 18 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Secretaría de Salud (SNTSA), bloqueando el acceso a la atención médica de los ciudadanos.

Con Arantxa también estuvo rodeado de inspiración para completar sus estudios médicos. Su suegro, Fernando Colchero Rozas, fue otro médico cirujano sobresaliente. Especializado en ortopedia, está registrado en 1993 en el catálogo de inventores de la Secretaría de Economía. Su obra: el instrumento guía para taladrar la cortical ósea y auxiliar para la localización de los orificios de clavos intramedulares, el famoso internacionalmente “Clavo Colchero”.

La pareja ha compartido aulas en el Instituto Nacional de Salud Pública y ha firmado estudios en conjunto, como aquel de 2015: “Los costos de la lactancia materna inadecuada de los bebés en México”, que sirvió para que una de sus estudiantes obtuviera el título de la Maestría en Salud Pública en el INSP.

Tarjeta de identificación de Fernando Colchero, suegro de López-Gatell. Foto: Especial.

Arantxa Colchero también domina el campo de la epidemiología, fue asistente investigadora del Departamento de Epidemiología, auspiciado por la fundación Bloomberg, al igual que López-Gatell, aunque ella ha apostado por pelear otras guerras: contra la obesidad y los factores que ponen en riesgo a las personas con VIH.

HUGO, EL EPIDEMIÓLOGO 

Sammy Flores fue chofer de la Secretaría de Salud hace una década. Trasladó a López-Gatell en varias ocasiones a las reuniones del Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica en 2009, en plena crisis de la influenza AH1N1.

Lo recuerda tranquilo y amable, “sencillo, con los pies parados sobre la tierra, tratándonos a todos de igual a igual, sin superioridad”. Se acuerda también de Arantxa Colchero, quien participó también en las discusiones internas sobre el tratamiento de la enfermedad. “No te dabas cuenta que eran pareja, eran muy profesionales, se trataban como compañeros de trabajo no como esposos”. 

En aquella época, tras detectarse un incremento atípico de las muertes por influenza, López-Gatell formó parte del equipo comandado por el doctor Alejandro Macías Hernández, para tratar al nuevo virus que había surgido en México.

Su entonces jefe dice en que esa experiencia fue la que marcó a Hugo y lo terminó de capacitar para la labor que cumple hoy, como ocupando sus zapatos, al frente del combate al coronavirus.

El presidente le tiene toda la confianza.

La influenza fue una gran escuela para él y para mucha de la gente que presentó el presidente como el equipo médico que está manejando la pandemia, muchos de ellos estaban en 2009, así que fue una buena escuela, sin duda”. 

Honesto, competente, transparente, lo califica. “Es un persona íntegra, es una persona competente, con las mejores credenciales y adecuada para el puesto que tiene. Su currículum es muy bueno para la situación que está viviendo México, el problema es que el sector salud no tiene recursos para trabajar”, dice sobre su pupilo.

Pero aún en la adversidad, él está ahí. Quienes conocieron a su padre, dicen que hablan igual, que tienen el mismo porte, que la imagen que proyecta todos los días a las 19:00 horas es como la del urólogo que hizo historia en el 20 de Noviembre.

Este es Hugo López-Gatell, el director de una orquesta que intenta que la mayoría siga tocando cuando pase la tormenta.