Revista Cambio

Museo de la nostalgia

Por Miriam Canales

¿Quién no tuvo alguna vez la plenitud de abrazar a una muñeca y contarle secretos?, ¿quién no disfrutó ser un corredor de carreras en un cochecito?, o de cuando botar una simple pelota brindaba horas de alegría. Existe un lugar en la Ciudad de México que alberga todo este regocijo y los sueños de esta etapa inocente de la vida. Los pioneros de tal proyecto son los integrantes de la familia Shimizu, de origen mexicano y japonés, que se dedica a la conservación de un santuario de 45 00 juguetes y objetos personales obtenidos durante décadas mediante compras, resguardo y búsquedas exhaustivas en todo el país y el extranjero.

Su historia se remite a la trashumancia de los padres de Roberto Shimizu, líder actual en esta jerarquía, quienes tuvieron un paso itinerante entre Manzanillo, Guadalajara y Mazatlán, pero se establecieron en la Ciudad de México en 1940 y acogieron a la colonia Doctores como su nuevo “patio de juegos”. Otrora precaria y popular, esta colonia es ahora uno de los puntos más agudos de la moderna gentrificación.

Años después, Roberto Shimizu sufrió un revés clínico que lo dejó al borde de la muerte, y encomendó a sus hijos dar a conocer su compendio de alegrías.

Sin embargo, Roberto fue capaz de ver con sus propios ojos su gran colección. En 2008, el Museo del Juguete Antiguo Mexico (Mujam) abrió sus puertas por vez primera al público, esto con el propósito de retribuir a México su hospitalidad y la abundancia adquirida, aunque los Shimizu tienen muy claro su origen y continúan sus vaivenes entre este país y su patria nipona.

La experiencia

Si pisas este museo, puedes hallar los vestigios de tu infancia, no sólo a través de muñecos, sino de estampas, boletos de cine, libros, carritos de dulces y figuras de acción de tamaño natural, que cuentan la historia del juego dentro del contexto mexicano y de otras generaciones extranjeras.

El Mujam no se limita a ser únicamente una exposición de recuerdos, también ejerce una función social mediante talleres culturales, y brinda oportunidades a jóvenes artistas musicales, teatrales y gráficos. Los muros del edificio son evidencia de sus incipientes trazos.

Su colección dista de ser como la de Carlos Monsiváis y su sofisticado Museo del Estanquillo, la cual inició cuando ya era veterano y con un capital obtenido como figura pública. En la Doctores, Roberto Shimizu, entre el cúmulo y el delirio, atesoró desde los diez años las piezas que lo hacían feliz.

Hoy muchos de los recuerdos físicos que están ahí –que nadie más guardó– se han convertido en referentes del arte pop mexicano, dispersos entre marcas desaparecidas, como Lily Ledy, o juguetes pirata y de baja producción nacional que competían contra toda clase de juguetería extranjera importada.

Museo único en su género, se ha ganado la visita y la admiración de muchas celebridades, como Saúl Hernández, Nine Inch Nails, Axl Rose, Slash, Jack White, Panteón Rococó y muchas más. Sin embargo, pese a este aparente auge, la situación del museo ha cambiado recientemente.

Las omisiones

La Secretaría de Cultura solía otorgarle un considerable apoyo económico. No obstante, en noviembre de 2016 fue omitido de una lista de estímulos. Un recorte de 5 000 millones de pesos a la dependencia federal afectó directamente a los museos.

Pero no es todo. No hay atención alguna por parte de otras autoridades, y a excepción de un par de diputados, el resto se rige por prejuicios sociales, pues el museo incluye a noveles artistas sin un nombre rentable. Tras una serie de negociaciones con la Cámara de Diputados, no se ha concretado otro tipo de respaldo.

Es así que este 2017 ha significado incertidumbre y turbulencia en términos económicos para el museo. El recinto está al borde de un inminente cierre por todo lo que implica mantener sus costos operativos, seguros y personal, y se ha visto orillado a prescindir de empleados y proyectos internos, ya que el dinero de las entradas no solventa todos los gastos.

“Nadie de la delegación se ha parado aquí. Ha venido sólo una diputada de la Comisión de Cultura. Ninguno de los diputados ha venido a ver de qué se trata todo esto”, explica el hijo de Roberto Shimizu –director creativo del recinto–, quien tiene el mismo nombre que su progenitor aunque todos lo llaman “El Shimi”.

Pese a la omisión de las autoridades, para algunas personas es invaluable la colección. El recinto actualmente goza de tentadoras ofertas a nivel internacional, pues hay universidades estadounidenses y europeas interesadas en trasladar y albergar su vasta colección. “Yo creo que quién perdería más es el pueblo de México”, remata.

Las visitas

Y sí, el pueblo perdería más; y como muestra, algunos visitantes opinan que su desaparición sería lamentable: “Yo llevé a mi hijo hace apenas unas semanas a visitar el museo y quedó fascinado de descubrir en qué se entretenían las generaciones anteriores. Voto porque no lo cierren”, menciona el periodista yucateco Luis Roberto Castrillón. “No significaría nada para mí si se va, pero eso no justifica su cierre”, manifiesta el crítico musical David Cortés.

Alguna vez los Shimuzu recibieron la propuesta de emigrar a Polanco –concretamente de Carlos Slim–, mas la rechazaron, a pesar de que les hubiese asegurado un destino más estable. Saben que aceptarla hubiera trastocado su esencia en la colonia Doctores: “Nosotros creemos que los ricos ya tienen demasiadas diversiones. Creo que realmente tenemos que dar servicio a las colonias populares. Cuando viene el fin de semana este es un espacio de cohesión social. Aquí confluyen las personas de diferentes clases sociales. Si estuviéramos en Polanco, te apuesto a que los Iztapalapa o Neza no irían fácilmente”, dice El Shimi.

De este modo, el Museo del Juguete pugna por mantenerse y asegurar su preservación dentro del barrio familiar. “Aquí no necesitas ser un erudito o intelectual para venir; aunque no lo seas, es fascinante. Por eso queremos dejarlo en la Doctores. Estamos en una zona aislada, pero eso le da un toque de fascinación. No es un lugar donde intelectualizar sino para sentir”, concluye el hijo del fundador de una colección para la nostalgia.