Revista Cambio
Cultura · Economía · Política · Periodismo inspirado en ti Sábado 06 de Junio 2020

No ti mexcondas: Un indio llamado Benito Juárez

17 de Febrero 2020
CULTURA
CULTURA

Por Víctor Roura

 

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Hace 20 años, el 21 de febrero, a los 98 años de edad, murió Fernando Benítez, a quien un amplio sector de la prensa considera “el padre del periodismo cultural” por haber propuesto, en 1949, la salida al mercado informativo de los suplementos culturales situando en el olvido al español Juan Rejano (1903-1976), el verdadero fundador, en 1948, de estos suplementos en México.

      Porque, y esto no suele decirse por temor a la mirada contrariada o evasiva de los que aún permanecen en la cúpula intelectual, Rejano, a diferencia de Benítez, no tenía otro objetivo sino el periodístico, ya que el ahora considerado “padre del periodismo culural” trabajaba el periodismo con una intención definida: la conformación de un grupo específico para erigirse a sí mismo como el representante único e indivisible de la cultura mexicana (al que el argentino Luis Guillermo Piazza ―1922-2007― denominara en 1968 la “mafia” cultural, adjetivo ―valiente e irrefutable― que le costara el destierro y el anonimato posterior ejercido justamente por esta misma magia).

      Los integrantes del grupo no carecían en lo absoluto de inteligencia, pero no por ello dejaban de ser mafiosos. Y Fernando Benítez, amigo de todos los presidentes de la República, actuaba sólo para beneficiarse y beneficiar a sus amistades.

      ―Trabajo para mí y mis 30 amigos ―decía cuando le preguntaban sobre los motivos de su profesión.

      Y decía la verdad, aunque la mayoría de la gente se lo tomaba con humor.

      A su muerte, Carlos Fuentes ―sin querer o queriendo, no lo sé―, para rendir homenaje a su amigo recién fallecido, contó en Bellas Artes (a su lado, entre otros, Carlos Slim) una anécdota que retrata de pies a cabeza a Fernando Benítez: regresaban de una reunión, al volante Benítez, ebrios ambos, en plena algarabía nocturna, cuando una patrulla policiaca los detuvo. Fuentes dijo que se puso nervioso, pero Benítez lo tranquilizó diciendo que él solucionaba el atolladero. Y Carlos Fuentes, y así lo contó en Bellas Artes ante el jolgorio de un público que lo escuchaba atento, miró cómo el padre de la prensa cultural calmaba a los policías aventándoles billetes al suelo para que se regodearan del poder de ese hombre al que, por supuesto, de inmediato dejaron partir sin cortapisas.

      La anécdota no necesita ninguna exégesis.

 

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Una biografía más del Benemérito de las Américas la publicó Fernando Benítez dos años antes de morir: Un indio zapoteco llamado Benito Juárez (Taurus, 1998), libro que carece, en efecto, de las atmósferas narrativas que desprendían volúmenes como La ruta de Hernán Cortés o Ki, el drama de un pueblo y una planta, y ya no digamos sus crónicas noveladas El rey viejo o El agua envenenada, puntos culminantes de una prosa voraz y enriquecedora.

      La literatura de Benítez vivió entonces, con la aparición de su libro sobre Juárez, una etapa diferente. No reposada sino calculadora, directa, parecida más un dictado que el producto de una paciente elaboración gramatical. Pareciera incluso un dictado apresurado, en el cual hay descuidos imprudentes o, por lo menos, inesperados en un hombre con la cultura de Benítez. En la página 139, al hablar de los estudios de Benito Juárez, apunta que lo nombran auxiliar de física, “y ahí expone sus recién adquiridos conceptos sobre la libertad de los pueblos. Miguel Méndez se convirtió en el joven maestro de la generación de Juárez. En su casa se discute de política y otros temas. Los estudiantes del Instituto escuchan los discursos liberales de Méndez. Juárez asiste a las reuniones, siempre callado y un poco distante”.

      ¿No que ahí exponía, pues, “sus recién adquiridos conceptos sobre la libertad de los pueblos!?

      ¿Permanecía callado o exponía sus teorías?

 

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En una ocasión en que se discute cómo debería de ser el hombre que encauzaría la vida política de Oaxaca, Méndez “tomó un velón que iluminaba la reunión y pronunció estas palabras que asombraron a los presentes:

      “―Yo voy a enseñarles a ese hombre.

      “Se encaminó a un rincón de la sala, donde la luz reveló de improviso la figura casi fantasmal de Juárez.

      “―Este que ven ustedes ―dijo Méndez―, reservado y grave, que parece inferior a nosotros, éste será un gran político, se levantará más alto que nosotros, llegará a ser uno de nuestros grandes hombres y la gloria de la patria”.

      (Quizás Fernando Benítez ―sin querer o queriendo, no sé― comienza todo este auge de hacer dialogar a los personajes históricos imaginándolos con lenguajes procaces o fatalmente inverosímiles que inundan toda esta novelería insólita de la historia…)

      Transcrita la anécdota, Fernando Benítez se apresura, como lo hace una y otra vez a lo largo de las trescientas treinta y pico páginas que posee el libro, a editorializar la historia, a endilgarle una moraleja al caso referido: “El vaticinio, que con el tiempo se cumplió, nos permite darnos una idea de lo que era entonces y lo que llegaría a ser Benito Juárez: un hombre de muy pocas palabras, casi un fantasma; un indio al fin, inferior sólo en apariencia a los jóvenes criollos que atestaban la sala”.

      ¿Un indio, al fin?

      ¿Los indios, pues, son casi fantasmas, inferiores sólo en apariencia?

      ¿Por qué su apariencia es inferior?

 

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Pero lo que parecía un lapsus de un dictado con premura se diluye, lamentablemente, en las páginas siguientes, ya que el “editorialista” Benítez, continuando con su estilo ortodoxo, cartabónico, de hacer periodismo (son célebres en el periodismo sus gritos, regañadas, insultos y ofensas), se interpone en el propio relato para adjudicar su irremediable opinión, de tal modo que el lector, a la vez que va conociendo la vida de Juárez, también se va enterando de los calificativos que se van ganando los protagonistas de la historia.

      Así, en la página 22 leemos que el profesor de Juárez, José Domingo González, tenía tan mal carácter “que había nacido para ser rufián y no maestro”, y que Santa Anna en el transcurso de su viaje de Cuba a México, ni más ni menos, había dejado de “ser ladrón, tahúr y chaquetero que cambiaba de bandos con facilidad, para convertirse en genio militar” (más adelante también le dice, entre otras linduras, “bufón”). El historiador es, asimismo, el calificador de las fechorías o glorias, según los casos, de los historiados.

      (Como digo, después del Juárez de Benítez los novelistas historiadores miraron entonces fácil el camino para hacer hablar a sus historiados de modo muy arbitrariamente personal sujetos a la libertad que les otorga la licencia litearia…)

 

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No sólo eso.

      Hay también ciertas opiniones “incómodas”, fuera de lugar, que interrumpen la lectura.

      Veamos.

      Benítez habla de Vicente Guerrero. En el muelle de Acapulco estaba anclado El Colombo, con su capitán italiano Picaluga. “El presidente Bustamante, el ministro de Guerra y Marina, José Antonio Facio, y el ministro de Hacienda, Lucas Alamán, con el mayor secreto le dieron a Picaluga cincuenta mil pesos en oro con el fin de que invitara a conocer a Guerrero a bordo de El Colombo y lo hiciera prisionero. El confiado Guerrero aceptó la invitación y llegado a bordo los marineros lo aprehendieron y lo llevaron a Huatulco para entregarlo al capital Miguel González, quien lo condujo a Oaxaca. Ahí se le formó consejo de guerra, fue condenado a muerte y fusilado en la villa de Cuilapan el 14 de febrero de 1830”.

      ¿Cuál es la moraleja?:

      “En México ―dice Fernando Benítez― ha sido frecuente, y lo sigue siendo hasta la fecha, que el enemigo político sea eliminado por medio del asesinato”.

      Luego, en la página 60, apunta: “Como vemos, en todo este cúmulo de adversidades fueron la Iglesia, sus defensores, los gobernantes de los estados y las ambiciones políticas de Santa Anna los causantes de nuestra derrota. Tal era la descomposición de nuestro país”.

      Y sin más, nada más porque sí, una feliz ocurrencia, asienta con gravedad: “En la conquista de Tenochtitlan fue el joven emperador Cuauhtémoc ‘el único héroe a la altura del arte’, y en 1847 fueron los ‘niños héroes’ los que salvaron el honor de México. Más de un siglo después, el 2 de octubre de 1968, fueron los jóvenes universitarios los héroes de la matanza de Tlatelolco. Por ello siempre son los jóvenes en los que debemos confiar nuestro destino”.

      ¿Qué tienen que ver los “niños héroes” con los “héroes universitarios de Tlatelolco”?

      Sólo Benítez lo supo.

 

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En ese, por decir, “moralismo histórico”, Fernando Benítez es verdaderamente un líder. En la página 52 hay una sabrosa e inconcebible perla: “En ese maratón de locos codiciosos que nada sabían de leyes o de política, lo que salvó a Juárez fue el ser indio, heredero de los zapotecos que construyeron Monte Albán. Un indio habla poco, es impasible ante las peores circunstancias y nunca se queja; del indio se ha hecho la imagen de un hombre cubierto con su gran sombrero y su sarape, dormido bajo un árbol, pero en realidad está pensando en sí mismo y en la posibilidad de mejorar su vida espiritual”.

      Bueno, si lo dice el autor de esa voluminosa colección bibliográfica Los indios de México, (aunque haya llegado a ellos mediante helicópteros proporcionados por el gobierno federal, que consintió a Fernando Benítez en todas y cada una de sus peticiones) irremediablemente hemos de creerle. No se trata, pues, de una figura poética: los indios, cuando callan y están como ausentes, no es por la falta de hambre o por los siglos de opresión, sino porque están pensando en sí mismos para mejorar su vida espiritual.

      El Benito Juárez de Fernando Benítez, por lo tanto, es uno de esos héroes sin parangón pues, como indio (¿o a pesar de ser indio?), ocupó el lugar más prominente que hombre alguno puede ocupar en el reino terrenal; ya después vienen sus ideas (¿no por algo, incluso, en el mismo título del libro quiso Benítez remarcar eso de Un indio zapoteco llamado Benito Juárez?) y sus a menudo “trágicas facetas de pacífico hombre común y encarnizado luchador”.

 

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Decir esto cuando Fernando Benítez aún vivía era decretarse uno mismo su propio destierro del Olimpo cultural.

      Yo lo dije en el momento en que tenía que decirlo, cuando Benítez todavía rondaba por este mundo.

      Pero no me importaba porque yo, desde siempre, he mirado con prudente distancia cualquier tipo de Olimpo terrenal…

NTX/VRP/JC

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