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Y me declaro invicta: Martha Madrigal

18 de Febrero 2020
CULTURA
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Por Rossi Blengio

[Acaba de cumplir 90 años de vida el pasado 29 de noviembre. Para celebrar su aniversario, se publica una breve antología de su trabajo poético. Es Martha Madrigal, originaria de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Conversamos con ella.]

México, 18 de febrero (Notimex).― Al conversar con la poeta Martha Madrigal Castillejos sobre su poética y la antología Cónclave de signos (Ediciones del Lirio), libro que presentó en Bellas Artes el 12 de febrero, fue muy interesante escuchar su forma de hablar, expresándose en muchos momentos con sus propios poemas. Es en lo que el filósofo Mauthner (1849-1923) creía: “El lenguaje sólo sirve para ocultar la realidad o para una expresión estética”, la última de las cuales es la forma que practica nuestra poeta entrevistada.

 

Un misticismo natural

Pregunto a Martha Madrigal cómo transcurre su niñez en su natal Chiapas. Tras un suspiro, evoca aquellos tiempos:

      ―Por parte de mi mamá toda la runfla de familia es chiapaneca, porque fueron muchos los Castillejos (del mero San Cristóbal), y de ahí me viene todo lo chiapaneco. Empecé mis estudios en una escuela de monjas por ideas de mi abuela y de mi mamá. En cambio mi papá, que era un poco desconfiado, decía que mejor fuera a una escuela de gobierno, porque con monjas podríamos acabar en un convento. Después, ya grande y contento de ver a sus nietos, yo le decía: “¿No que yo iría a un convento?” Estudié entonces en colegio de monjas por la influencia de ellas que, siendo de Chiapas eran muy mochas, muy de la iglesia. Mi papá era militar, vivíamos en Tuxtla pero muy niña nos venimos a la Ciudad de México donde nos inscribió en el Colegio América, que no era su nombre original, porque en ese tiempo perseguían a las religiosas y, al parecer, no podían llamarlo con su nombre verdadero que era, creo, La Trinidad.

      “Ellas, las monjas, le infunden a uno, desde la más tierna edad, la religiosidad, el comportamiento de acuerdo a la religión católica. Yo estaba encantada en primer año de primaria con ellas, porque es una edad en la que una absorbe todo lo que le dicen. Y la madre Regina, la directora del colegio, me causaba gran admiración con su atuendo negro y un alzacuello como de sacerdote, que la hacía parecer muy severa… y lo era, pero al mismo tiempo era muy tierna, muy culta también; siempre me llamó la atención oír sus clases, porque lo que ella decía se quedaba siempre muy dentro de mí. Además, esa edad es cuando empieza uno a conocer el mundo, la vida, la lectura.

      “Llevo yo el misticismo desde entonces. En este libro hay una parte de misticismo muy marcada, se le queda a uno eso. En ese colegio estudié la primaria y la secundaria. Después de la secundaria mi papá nos dijo que nos iba a meter a una academia buenísima donde nos enseñarían a cocinar, etcétera, porque él no era de la idea de que fuéramos a la universidad. Lo que a mí me gustó fue que en la academia nos iban a enseñar inglés. Yo, en el colegio, ya había llevado clases de este idioma. Vivíamos atrás del Colegio Militar, el que está en Popotla. La casa de mi papá estaba en una especie de apartados para militares: en uno de esos terrenos construyó la casa. Lo que me encantaba en la mañana era escuchar el toque de diana. Vivir a un lado del colegio se escuchaba todo. Teníamos amigos cadetes, también”.

 

La edad de la locura

La poeta quería estudiar “una carrera con seriedad”:

      ―Pero eso no era posible. Yo quería letras, porque desde que estaba con las monjas y nos ponían a bordar en la clase de costura yo no podía tejer ni una X, así que la monja me dijo un día: “Tú no naciste para la costura, así que mientras tus compañeras bordan tú vas a leer”. Y yo les leía en voz alta. Monjas al fin, me ponían a leer la vida de los santos. Me sabía yo la de todos y no me mortificaba mucho, porque me encantaba leer. Desde esa pequeña edad, que serían diez u once años, me aficioné a la lectura. Se llegaron a espantar las amigas de mi mamá de que yo pudiera hablar de Oscar Wilde…

      “―¿Pero tú has leído El Príncipe feliz? ―me preguntaban, admiradas de que lo conociera.

      “Sigo con esa afición por los libros. Tengo una biblioteca con una cantidad de libros impresionante, porque esos me los fue dando la vida. Y con el paso del tiempo llegué a la edad de la locura, y, claro, como vivía al lado del Colegio Militar y había bailes a cada rato, le pedíamos a mi papá, que nos llevara:

      “―Papi, por favor, llévanos al baile…

      “Pero él nos decía que mejor nos llevara mi mamá y que lo dejáramos tranquilo escuchando su radio. En aquellos años no había televisión. Entonces nos íbamos a los bailes del Colegio Militar y ahí conocí al que fue mi esposo. Te digo: tenía que ir a azotar con militar, y me casé muy pronto, a la edad de 22 años, así que mis sueños de estudiar algo importante, ambicioso, acabaron en lavar pañales y cocinar… con una tranquilidad muy bonita y pensando que era lo que me tocaba hacer; era una vida muy agradable. Y yo seguía leyendo, siempre”.

 

Poeta a partir de la muerte

―¿Cuándo empezó usted a escribir su poesía?

      ―Fue terrible como empecé. Esto ocurrió porque murió mi marido a la edad de 43 años. Yo me quedé con cuatro niñitos. Él era un buen hombre, que Dios lo tenga en su gloria. Si yo hubiera querido ser alguien muy conocido por algo realizado en ciencias o por otros estudios, mi suerte ya estaba echada. Porque Dios no cumple antojos ni endereza jorobados. Me casé y desgraciadamente quedé viuda muy pronto con cuatro niños. Por fortuna conté con el apoyo de mi padre. Yo me quedé en mi casa que era propia, porque mi marido pidió permiso al ejército para trabajar en Hacienda. Él formó parte del grupo de confianza de Antonio Ortiz Mena [dos años fungió como secretario de Hacienda, de 1968 a 1970, era como su guardia de honor. Mi marido, con su educación militar, se comportaba a la altura. Cuando muere me queda la casa. Mi hija más chica tenía seis años y todos salieron adelante, bendito sea Dios: tres mujeres y un hombre, que murió. Mi único hijo. Me quedaron las tres muchachas, de las que no tengo queja alguna, están al pendiente de mí. Vivo con la más chica.

      ―Es curioso que su apellido Madrigal sea, asimismo, el nombre de una composición lírica donde se combinan versos heptasílabos y endecasílabos con rima consonante…

      ―Claro, el madrigal “Ojos verdes serenos que de un dulce mirar sois alabados”. Y toda mi familia paterna militar ninguno es poeta.

      ―¿Cómo ocurrió la fusión con Horacio Franco para musicalizar sus poemas?

      ―Anoche precisamente me llamó por teléfono, ya tardecito. Yo le digo: “Horacín, ¿qué pasa, cómo estás?” No podemos vernos muy seguido porque él tiene muchos conciertos, pero tenemos una amistad muy cercana y bonita. Él compuso la música para mis poemas. Cuando presentamos el disco fue un éxito Es un disco muy bonito. Y lo que a mí me ayuda es mi voz.

      ―Usted ha cultivado la poesía de manera autodidacta…

      ―Sí, la he cultivado sin escuela. Como te dije, cuando me quedé viuda empecé a escribir, lo que nunca he dejado de hacer es leer. Y sé quién es ese autor, y conozco a aquél, y sé quién se murió, quién se suicidó.

 

“Nunca derrotada…”

―¿Cuál es la importancia de transmitir a las nuevas generaciones el valor de la poesía?

      ―Es muy importante. Claro que les recomiendo a los jóvenes que lean, es la mejor fuente de cultura y de inspiración. A mí me infundieron el valor de la familia, el de la cercanía, el del cariño, el de la confianza. Lo digo porque vivimos en un tiempo en el que es difícil formar familias.

      ―¿Qué poetas le gustan y admira?

      ―¡Ay, García Lorca me encanta! Me gusta mucho Jaime, mi paisano, Sabines. Cuando murió le escribí una carta tan hermosa… decía: “Jaime Sabines, te amo. No sé si lo entiendas, siempre te he amado”.

      Para Martha Madrigal la poesía es dejar entrever el alma a través de las palabras.

      ―No es algo fácil ―aclara.

      ―Sabemos que también se ha dedicado a escribir haikús.

      ―Sí. En el libro Los chiquitillos que me editaron en el Conaculta aparece “El carnaval de animales”, donde en haikus. Los voy describiendo. Y ocurrió que cierta ocasión mi hija me dijo que mandara uno de mis haikús a un concurso. Yo le dije que no, pero ella lo envió y salió premiado. Uno de los jueces era Octavio Paz. “Mariposas dormidas / fingen sobre la tapia / las bugambilias”. Y es que si tú te fijas bien en lo que ves y si encuentras en eso que ves la belleza, eres poeta. Elige leer poesía cuando estés muy desesperado. Yo perdía a mi único hijo. “Monseñor” le decía yo, su nombre era Sergio, era profesor de educación física.

      ―Usted escribió: “Luché contra el dolor / la traición / la mentira / Contra el artero golpe de la angustia / y contra la injusticia desmedida / En fragmentos mi alma vi partida / Pero sigo adelante / El amor que proviene de lo alto / me da nueva fuerza cada día / Bendito sea el dolor / me ha hecho fuerte / y me declaro invicta / nunca ni derrotada ni vencida”. ¿Así se definiría usted?

      ―¿Dónde encontraste este poema? Yo no sabía que estaba en Internet. Primera noticia que tengo. Estoy emocionada.

      ―¿Usa computadora o escribe en papel con su puño y letra?

      ―Yo escribo a mano. La computadora la agarro para darle un cuás en el suelo ―y hace el movimiento de tirarla imaginariamente al piso―. “Siempre invicta” ―repite la poeta.

      Y se despide.

NTX/RB/VRP/JC

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