Revista Cambio

Tres estampas de un ícono

Cuenta Rosalía Valdés Julián, hija de Tin Tan, que a los pocos días de que había nacido su padre, cuando lo llevaban a bautizar en la parroquia de un humilde barrio del Centro Histórico de la Ciudad de México, a finales de 1915, su familia no pasaba por uno de sus mejores momentos y que, a la menor provocación, surgían pleitos y reclamos entre ellos.

A pesar de la dicha por el nacimiento del nuevo trompudito de la casa, nadie se ponía de acuerdo en cómo lo iban a llamar. La abuela del recién nacido quería elegir el nombre para su nieto y tenía en mente uno que le parecía muy elegante y de origen europeo: Germán. Sin embargo, los demás no estaban de acuerdo con ella. La mamá del niño deseaba ponerle Genaro, como un comerciante italiano que conocía; mientras que el papá estaba necio en que se llamara Cipriano, quién sabe por qué.

Así, cuando llegaron ante el sacerdote y este les preguntó por el nombre de la criatura, cada miembro de la familia comenzó a decir el que más le gustaba, subiendo el tono de voz. “Se llamará Germán, padrecito”, “¡Genaro, póngale Genaro!”, “No les haga caso, yo digo que Cipriano”, exigía cada uno.

Ante el caos reinante, el cura les pidió que se pusieran de acuerdo, pero lejos de hacerlo, cada uno se empeñó en que su propuesta debía ser la elegida. Incluso, hasta se comenzaron a arrebatar al pequeño en medio de gritos y sombrerazos. Llegó un momento en que el ropón del bebé se rasgó, dejando las nalguitas de Tin Tan al aire. En ese instante el bebé comenzó a hacer pipí, salpicando al padrecito, a la mamá, a la abuela, al papá, a los padrinos y a varios de los invitados a la ceremonia, quienes, literalmente, también terminaron bautizados.

Fastidiado del espectáculo, el cura tomó al niño y le dijo a la familia: “¡Ya basta! Como ustedes no se pueden poner de acuerdo, voy a bautizarlo bajo el nombre de Germán Genaro Cipriano Gómez-Valdés Castillo”. Y santo remedio, todos se fueron felices y contentos, sin imaginar que el pequeño meón que los había convocado se convertiría no sólo en comediante e ícono de la cultura popular, sino también, como dijera Carlos Monsiváis, en el primer mexicano del siglo XXI.

SAN GERMÁN EN CADILLAC

Rosalía Valdés Julián, quien se encarga de preservar el legado de su padre, dice que, cuando era niña, comenzó a darse cuenta de que tenía un papá muy famoso, porque además de que Tin Tan salía con frecuencia en los periódicos, su casa siempre estaba llena de personas extrañas. Todavía recuerda los nombres o apodos de quienes los visitaban casi a diario: Tellitos, Artemio, Chava Godínez, Zamorita, el Chocolate, el Cheves, el tío Cristobal, el Sapo, el Sabio. Aunque eran sus amigos con los que se sentaba a tomar coñac, todos ellos recibían dinero de Germán Valdés y fungían como choferes, secretarios y mozos.

“Me acuerdo del último, el Sabio, porque un día que festejaban que este le había traído su Porsche alemán comprado en Estados Unidos a mi papá, recordaban con risas cómo había sido que lo conoció”, cuenta la hija del cómico.

“Veníamos de regreso de Acapulco en el Cadillac negro. Eran cerca de las 4 de la tarde y mi papá decidió parar en Chilpancingo a poner gasolina. En lo que el coche cargaba, nos dimos cuenta de que había un señor acostado en el piso, junto a la pared, en una parte techada de la gasolinera. Se apretaba el estómago y se quejaba. Mi papá lo vio y no dijo nada. Lo oyó quejarse y le preguntó al que nos servía gasolina si sabía qué le pasaba a aquel hombre. El empleado sólo dijo que parecía que estaba enfermo y pedía un doctor. Al ver que nadie lo ayudaba, se echó en reversa y cuando lo vimos de cerca me puse a llorar. Por la ventana mi papá le preguntó: ‘¿Qué tienes, qué te pasa?’. El hombre, de unos 30 años, trató de dar respuesta, aunque en su rostro podía verse que era terrible su dolor de estómago. Mi papá abrió su puerta y le dijo a mi mamá: ‘Me lo voy a llevar a México’. Mi mamá trató de detenerlo, pero mi papá ya se había inclinado para recoger al hombre. Lo cargó y lo depositó en la cajuela del Cadillac. Luego nos pidió una de las almohadas que llevábamos y la colocó bajo la cabeza del hombre, también se quitó la agujeta de un zapato y amarró la cajuela de modo que quedara entreabierta para que entrara aire. Luego, como si nada, subió al coche y arrancó”.

Rosalía Valdés recuerda que no dejó de llorar durante el viaje, sobre todo porque podía escuchar los quejidos que no cesaron ni un momento. “Mi papá se detuvo en el primer anuncio de hospital que halló y, tras estacionarse, pidió ayuda para bajar al hombre y nos dejó en el coche. Luego supimos que el hombre traía reventada una úlcera que, de no haber sido intervenida, como ocurrió esa noche, hubiera muerto. La mamá del Sabio le estuvo llevando flores a mi papá todas las semanas, como durante cinco años. Lo llamaba San Germán”.

EL ÚLTIMO BESO

Si bien no cuenta con los derechos de la mayoría de las películas protagonizadas por su padre, Rosalía Valdés Julián si tiene los derechos de uso de la imagen y marca del nombre del famoso comediante.

“Nosotros, la familia, no somos comerciantes. Contamos con una oficina de abogados con la que llevamos más de 15 años trabajando en México y Estados Unidos, y hemos podido respetar la voluntad de mi papá de cuidar su obra, no sólo el archivo de fotografías y objetos que prestamos para las diferentes exposiciones y homenajes que se le hacen, sino todo un concepto de la comedia, de cómo le hubiera gustado a él que se tratara su imagen. Nos preocupamos por que no se convierta en algo comercial”, dice Rosalía.

Recuerda que de pequeña llamaba a su papá “Babito”. Ambos tenían una especie de rutina cuando ella regresaba de la escuela, en la que él le pedía un beso. “Yo era su muñequita, entonces le daba su beso y él se desmayaba. Le tenía que dar otro para que despertara”, cuenta Rosalía. Luego, Tin Tan se despertaba, pero no reconocía a nadie, y por ahí seguía el juego. Cuando él le pedía sus calificaciones, ella salía corriendo y Tin Tan la perseguía.

Para la también actriz y cantante –publicó en 2003 La historia inédita de Tin Tan, y en 2015 Tin Tan, todo por amor–, la muerte de Germán Valdés, en 1973, a causa de un cáncer, fue un golpe que la afectó demasiado durante mucho tiempo.

Valdés Julián dice que una noche entró a la recámara de Tin Tan con el propósito de cantarle, y lo encontró apretándose el estómago. “Al día siguiente llegaba yo de la escuela y vi una ambulancia estacionada frente a la casa. Sentí algo ardiente que me oprimía del cerebro a las piernas y no me dejaba respirar. Cuando mi papá vio que yo estaba allí, actuó como si nada diferente estuviera pasando. Hizo que quienes lo llevaban en la camilla se detuvieran y se incorporó para abrazarme. Me hizo señas de que le diera un beso y me acerqué con miedo a dárselo. Fingió desmayarse para que le diera un segundo beso, como era costumbre, yo se lo di, pero esta vez ya no volvió en sí”.