Revista Cambio

¡Adiós vida urbana!

POR VÍCTOR H. RÍOS / BARCELONA, ESPAÑA

La tarde de agosto de 2013, cuando dos de sus amigas la invitaron a visitar el parque natural de la zona volcánica de La Garrotxa, en el corazón de Cataluña, Marta María Cano, una gallega de 48 años, apenas tenía idea de lo que eran la permacultura y los ecocultivos. Mucho menos sabía que esas palabritas, parecidas a un trabalenguas, terminarían por cambiarle la vida.

“Llegué aquí para descansar el fin de semana que mis hijos pasaban con su padre. Y qué te digo, la tranquilidad, el bosque, la paz… pues me he quedado a vivir y ya van a ser cuatro años”, dice, mientras ordena las cajas de papa, tomate, legumbres y yerbas comestibles que han cosechado el día anterior y ahora vende en el mercado comunitario ecológico de Olot.

María se enamoró del lugar: un pequeño valle dentro de otro valle rodeado de bosques y un río. Pero, sobre todo, se enamoró de una perspectiva de bienestar que no tenía cuando era una empleada de supermercado, trabajaba seis días a la semana a jornada completa, con dos hijos adolescentes, un matrimonio fallido, deudas casi hasta por respirar y una vida sin expectativa que transcurría en el departamentito alquilado de un barrio populoso en Barcelona.

Ahí conoció un modelo de producción agrícola, y también modelo de vida, cada vez más extendido en el mundo occidental, ideado en los años 80 por Bill Mollison, creador del concepto permacultura, que significa ‘agricultura permanente’.

Conoció también a los socios de una incipiente organización social que comenzaba a diseñar huertos colectivos en diversas regiones españolas, incluidas las islas, y a adentrarse en los secretos de los cultivos ecológicos, el intercambio de bienes y servicios con monedas distintas al euro, y las bases de lo que se convirtió, meses más tarde, en su modo de vida y de sus hijos: la permacultura.

“Cuidamos la tierra, cuidamos el entorno y nos beneficiamos de lo que la propia naturaleza nos concede, en ciclos razonables, sin alterar el equilibrio natural, que ha destruido nuestro planeta”, dice María, ahora responsible de los procesos de distribución y comercialización entre los colectivos de esa región catalana.

Se trata de un fenómeno social que no sólo ocurre en el campo, sino que también puebla ya innumerables balcones, terrazas, patios, azoteas y hasta jardineras de ventana en toda Europa con diversos productos, desde tomatitos hasta tabaco, pasando por las papas, limones, naranjas, yerbas de olor, hongos y todo tipo de hortalizas, frutas y especias; es un fenómeno de huertos colectivos y sustentables, para autoconsumo y venta al menudeo. Como se hacía antes de la invención del capitalismo.

María estudió hasta la preparatoria y se volvió ama de casa, luego se divorció y se volvió trabajadora por necesidad. Pero ahora es una activa militante de la ecoagricultura.

Dice que no es “una hippie” –lo aclara en tono de broma– ni siquiera se considera una ecológica rabiosa que odie la comida artificial o la economía formal. “Sólo me bajé de una carrera que me había dejado exhausta y ahora vivo más tranquila”, simplifica con una sonrisa que delata su satisfacción.

La permacultura, según sus defensores, no sólo busca una manera diferente de hacer agricultura, como explica en su blog la bióloga Zoe Costa, sino que también busca “maneras y respuestas para que nuestras vidas sobre este planeta sean más sostenibles, englobando por tanto aspectos como la economía, la bioconstrucción, las energías renovables, el tratamiento natural de las aguas, las relaciones sociales o el desarrollo comunitario”.

Se trata de integrar, naturalmente, los distintos componentes productivos, a fin de volver a una producción armónica con el entorno: se respetan los ciclos anuales de las distintas plantas y hortalizas, se utiliza el abono natural de los animales de granja, se producen vinos, muebles, alimentos, fertilizantes y combustibles naturales, que se comercializan mediante el trueque o la moneda social, como ya hacen más de quince agrupaciones civiles en España, más de 400 en toda Europa y un número no cuantificado en más de 120 países alrededor del mundo.

En su libro Permaculture a designers’ manual –considerado una biblia para esta nueva cultura y publicado a finales de los 80–, Mollison explica que la permacultura es “la integración armónica del paisaje y la gente produciendo comida, cobijo y otras necesidades materiales y no materiales de manera sostenible”.

La base del movimiento, dice el autor, es el diseño de ecosistemas productivos diversos, estables y perfectamente armónicos con el entorno: cuidado de suelo, especies y diversidad de vida, reconciliación con el hábitat, realización de actividades rehabilitadoras y uso adecuado y ético de los recursos. Nada sobra y nada se desperdicia, porque todo es reutilizable.

En España, el movimiento ha rehabilitado por lo menos unas 300 masías, como se conoce a las casas rurales o cascos de hacienda, que estaban abandonados o en decadencia. También ha impulsado la creación de huertos productivos en regiones como el Mediterráneo, la costa atlántica azotada por la pobreza e incluso en la región central, donde la sequía y el desplome económico tenían los números de desempleo a tope durante esta prolongada crisis económica.

En febrero pasado, según la consultora GEA 21, se concluyó un censo entre los llamados huertos urbanos y se descubrió que estos se expandieron, de más de 1 000 que eran en el año 2000, a más de 15 000 en el 2016. Y muchos de estos, dijo la consultoría, aparecieron justo en el peor momento de la crisis.

Quizá uno de los elementos más significativos de esta nueva cultura sea la creación de redes sociales y económicas que, dicen los expertos, se está convirtiendo en una alternativa viable ante el voraz mercantilismo global del capitalismo, y por supuesto una alternativa para un país en crisis económica como es España actualmente.
Al aprovechar las redes sociales y de comunicación, los productores españoles han comenzado a distribuir sus excedentes en otras regiones, como Francia, Italia e incluso en el Reino Unido. Del mismo modo reciben mercancía de Marruecos y Argelia.

Un grupo de granjeros franceses de la zona del Pirineo, fronteriza con España, lograron crear una red de distribución tan eficiente que incluso han llamado la atención de especialistas económicos que estudian su caso.

María Cano dice que a ella la permacultura le ha dado una posibilidad de vivir mejor, sin la presión del dinero y las deudas que le significaban su vida en Barcelona, una de las ciudades más caras de Europa.

Convencer a sus hijos fue fácil, dice. Renunciar a su trabajo en el supermercado también, pero reconoce que lo más doloroso fue darse cuenta de que muchas de las supuestas comodidades de su anterior vida urbana eran una mentira, que no eran vitales ni necesarias, y que estas la mantuvieron atada demasiados años. Hoy, María es libre.