Allez, les bleus!

La selección de Francia de 1998, que demostró ser la mejor 
del mundo en su propio país, también se convirtió en la primera 
en tener la mayor diversidad cultural y futbolística

por Revista Cambio

01 de Julio 2018

Foto Revista Cambio

POR JULIÁN VERÓN

Tengo 28 años, así que mi primer recuerdo real de un Mundial de futbol es el de Francia 98. Época del letal Ronaldo, el africano de piel blanca que unió a un país lleno de prejuicios políticos (Zidane), y la sociedad creada en el vientre de mamá Laudrup: Michael y Brian. Fue el último Mundial del siglo XX, y Francia llegaba con la ambición de ser el gran equipo galo en la época pos-Platini. Se juntó una camada hermosa de jugadores: Barthez, Blanc, Desailly, Zidane, un joven Henry, Petit, Deschamps, Djorkaeff. Conocimos el hermoso Stade de France en Saint-Denis y aprendimos a decir una que otra palabra en francés.

Francia y su fútbol champagne han sido una especie de autopresión que cada gran equipo galo se inyecta. Esta generación de futbolistas dio la página más dorada en la historia del balompié francés: dos finales de Mundial (un título) y campeones de Eurocopa. Fue quizá la última gran selección europea antes de la Alemania (hoy bien muerta) de Joachim Löw.

En el verano de 1994, Aime Jacquet, entrenador respetado por la siempre exigente prensa francesa, y que había sido asistente de un histórico como Gerard Houllier, asumió el puesto de director técnico (DT) para una Francia que en ese entonces estaba sumergida en una crisis de identidad futbolística profunda: no clasificaron al Mundial de Estados Unidos luego de perder sus últimos dos juegos en casa contra Israel y Bulgaria. Lo peor es que solamente necesitaban un punto de estos dos partidos. Un desastre con letras mayúsculas.

“Sabíamos que L’Equipe tenía una agenda contra Aime Jacquet. No pensaron que él era lo suficientemente bueno. Interrogaron todo lo que hizo, todas sus elecciones, todas sus tácticas. Se volvió realmente desagradable y muy personal también. Todos estábamos detrás del técnico desde el primer día, pero se podía sentir lo negativo que era el ambiente en el equipo. Sentí muchas veces como si fuéramos nosotros contra el mundo”, palabras de Robert Pirès, que para entonces no era una superestrella mundial ni había puesto de moda su bigotito: jugaba en el Metz.

Francia compartió grupo con Sudáfrica, Dinamarca y Arabia Saudita; un grupo relativamente fácil para la selección local. Inauguró el Mundial con una goleada a Sudáfrica (3-0) y el primer gol de Thierry Henry en una Copa del Mundo. Luego vino una débil y terrible Arabia Saudita, partido que terminó de cimentar el nombre de uno de los delanteros más elegantes de los últimos 20 años: Henry. Ya se veían trazos de la absurda técnica con la que golpeaba la pelota con su borde interno desde las bandas (ahí aún lo usaban más en las bandas que como delantero centro), y su velocidad en el uno contra uno lograba que fuese como una pantera. La única gota negra en esa goleada fue la expulsión de Zinedine Zidane (algo que se repetiría luego en su carrera), pero sin mayores apuros, ya que faltaba un juego y estaban clasificados en el primer puesto. Les Blues cerraban su grupo contra la Dinamarca de los hermanos Laudrup y quizás el mejor portero del planeta para ese entonces: Peter Schemeichel. En un partido un poco más complicado, Francia gana 2-1 luego de un zurdazo delicioso que partió de tres rebotes en el área de Dinamarca después de un córner. Francia hacía el pleno de victorias y el poder de la localía se empezaba a sentir a medida que avanzaba el Mundial, aunque Pirès opinaba que se necesitaba ese “algo más” que indican todos los libritos de futbol, necesario para ganar algún trofeo importante: “Puedes tener todo el talento del mundo, los mejores jugadores, buena química, estar en casa o cualquier otra ventaja que puedas imaginar, pero siempre necesitarás un poco de suerte para ganar grandes trofeos”.

Mucho se dice del “momento” de los equipos de futbol en torneos cortos como mundiales y eurocopas. Al ser solamente un mes con un máximo de siete partidos, pequeñas diferencias deciden quién se va a casa; y no siempre gana “el mejor” equipo o el que practica el mejor futbol, gana el que más concentrado esté en esos siete partidos, y esa es una gran razón por la cual los mundiales son tan emocionantes; sin lugar a dudas, son los torneos deportivos más increíbles del planeta.

Bixente Lizarazu fue el lateral izquierdo titular de esa Francia y una pieza clave en el balance que tuvo el esquema 4-3-2-1 que usó Jaquet durante todo el Mundial. Y para él había un aroma en el aire de esa selección que hacía sentir que todo iba a salir bien, aunque nunca se decía en voz alta.

“A medida que avanzaba la competencia, todos podíamos sentir que algo estaba pasando y que siempre estábamos en el lado correcto de las cosas. No lo dices, probablemente porque tienes demasiado miedo a que por decirlo se rompa. Pero todos y cada uno de nosotros lo sentimos. Puedes verlo como un jugador. Y no es sólo un gol, sino también un bloqueo, un rebote a tu favor, un fallo de la oposición. Había señales de que las cosas iban por nuestro camino”.

Llegaron los octavos de final y la primera prueba real de esta Francia: la Paraguay de José Luis Chilavert y José Saturnino Cardozo. No merecieron ganar, la garra guaraní se les metió de frente y Cardozo estuvo más cerca del 1-0 que Francia de arrancar con su fútbol champagne. Llegó el tiempo extra luego de terminar 0-0 en tiempo regular, y pasó lo inevitable, eso que llaman “la suerte del campeón”. Laurent Blanc anota el gol de oro en el minuto 114, a sólo seis de llegar a penales, y clasifica a Francia para los cuartos de final frente a la Italia de Alessandro Del Piero y Cristian Vieri.

En un terrible y horrendo partido de Stéphane Guivarc’h –nadie entendía cómo seguía manteniendo fuera del equipo a un joven David Trezeguet–, se repite lo de los octavos y empatan a cero. Otra vez el bendito y masoquista gol de oro. Esta regla ya muerta del gol de oro pasará a la historia como la más sádica invención que tuvo alguna vez el deporte más hermoso del mundo. 30 minutos de jugar con el cuchillo en la cabeza, pues apenas entre un gol están fuera, solamente pudo ser el invento de alguien cuya idea no era disfrutar este deporte, sino más bien sentir algún tipo de placer voyerista en ver cómo 44 piernas de hombres corrían con los músculos tironeados y llenos de miedo a morir en esa especie de batalla final. Nada pasó en el tiempo extra y se llegó a lo más maravilloso que existe en el futbol: los penales.

Cada campeón del mundo debe pasar por estas situaciones de máximo peligro: penales, tiempos extras, autogoles, expulsiones. Para ganar la guerra más grande de todas hay que estar dispuestos a dar cada mililitro de sangre y sudor que exista en el cuerpo humano, y tener el teléfono de algún dios disponible con el propósito de que muestre dientes y sonría cuando una eliminatoria se decida por un error arbitral, un gol en tiempo extra o tu portero se ilumine, tape un penal y el travesaño también haga de portero: como contra Italia. Albertini vio cómo Barthez se hacía figura y Luigi Di Biagio mandó el penal definitivo al poste. En la semifinal los esperaba la Croacia que había enamorado al planeta entero con Šuker, Prosinecki y Zvonimmir Boban.

Hay momentos en donde no aparecen tus delanteros, tus Zinedine Zidane; o el planteamiento táctico que se pensó en teoría sencillamente no es aplicable a la práctica. Aquí es donde tienen que surgir las variables que son los seres humanos en esta ecuación, o los héroes improvistos. Lilian Thuram, lateral derecho francés, hizo un doblete que eliminó a Croacia en un partido que dominaron a placer. Y cuando no aparecía la vía uno, pues apareció un defensa que ni en sus sueños más húmedos imaginó darle el pase a una final a su país debido a sus dos goles. Para entonces, Thuram llevaba más anotaciones que el número 9 de su selección, Stéphane Guivarc’h, quizás el delantero que ha ganado una Copa del Mundo con menos trabajo en la historia.

Ni Pirès ni nadie de la selección podían creer el doblete de Thuram. “En la semifinal, Lillian Thuram comete un error al cubrir a Davor Šuker. Estamos abajo 1-0 y podemos ver que “Tutu” no está contento. Luego va y anota dos goles, casi de la nada y de la nada para ganarnos el juego y enviarnos a la final. ¿Cuáles fueron las probabilidades de eso? Eso fue increíble. Para él marcar dos veces en una semifinal de la Copa del Mundo fue simplemente increíble. Siempre solía comer un cuenco lleno de ensalada todas las noches durante la Copa del Mundo. Entonces todos pensamos que la ensalada era el secreto de su éxito. ¡Entonces, entre la semifinal y la final, todos comimos un plato de ensalada!”.

La selección de Francia había llegado a la final del Mundial contra la ultrafavorita Brasil, antigua campeona del Mundial pasado en Estados Unidos. Lo que prometía ser una batalla increíble, fue afectada por una terrible noticia: Ronaldo había convulsionado horas antes del partido. Como cuenta César Sampaio (ex centrocampista de Brasil y finalista de la Copa Mundial de 1998). “En la tarde de la final, alrededor de las 2 p.m., escuché a Roberto Carlos gritando en el pasillo que Ronaldo se sentía mal. Entro en su habitación con Edmundo y lo que puedo ver es impactante. La cabeza de Ronaldo es morada, tiene problemas para respirar, babea y todos sus músculos están contraídos. Recuerdo haber visto a mi padre en un estado similar después de que tuvo un ataque así en el pasado. El resto del equipo luego llegó y los doctores también. Le dieron a Ronaldo un sedante y logró calmarse y dormir”. Lo que menos esperaban: su mejor jugador pasaba por un terrible momento de salud, quebrando la concentración del equipo y preocupándolos a todos por su vida.

La noticia no tardó en llegar al equipo francés. “Cuando estábamos en camino al Stade de France alguien me dijo que Ronaldo tenía un problema y que quizás no jugara. Pero fue demasiado tarde. Que jugara o no, no cambiaría nada en nuestro enfoque o plan de juego. De hecho, queríamos que jugara. Nos sentimos tan listos y tan fuertes que estábamos listos para cualquier cosa”, recuerda Robert Pirès. En contraste, lo que normalmente es una fiesta (el bus y vestuario brasileño), era más bien un funeral por razones obvias, recuerda Sampaio: “Usualmente ponemos mucha música de samba en el autobús, pero en el camino al estadio, fue silencio total. Todos estaban tan preocupados porque era el mejor jugador de nuestro equipo. Unos minutos antes del juego, con todos vestidos y listos, Ronaldo llegó al vestuario diciendo: ‘Voy a jugar, los exámenes no mostraron nada, quiero jugar, podría ser mi última Copa del Mundo’. Estábamos tan conmocionados en el campo y preocupados por Ronaldo. Pensamos que podría morir en el campo. Sentimos que arriesgó su vida en la final”.

Francia salió al campo con un Zinedine Zidane inspirado. Luego de haber perdido el último partido del grupo y la victoria de octavos de final frente a Paraguay, Zidane no tuvo el mismo nivel y pasó desapercibido, así que tomó la final para poner esto en orden: dos goles con su cabeza calva. Emmanuel Petit cerró la goleada y se convirtieron en los primeros campeones  franceses con un hermoso marcador: 3-0. Brasil no fue ni la sombra de lo que presentó en el torneo, por obvias razones. Pero absolutamente de esto nada importaba, Francia era campeona del mundo y el Saint-Denis se partía en dos.

Quizá lo más hemoso de este equipo fue la pluralidad de países y razas que había en él. Este equipo del 98 se conoció como la France black-blanc-beur, el negro y blanco del norte de Francia, debido a todas las etnias: Desailly nació en Ghana y Patrick Vieira en Senegal,  Lizarazu y Deschamps en el País Vasco francés y Emmanuel Petit llegó de Normandía; los padres de Zidane procedían de Argelia, la mamá de Pires era española, su padre portugués; la familia de Thierry Henry era de Guadalupe en las Antillas francesas y el pasado de Youri Djorkaeff era armenio.

Los planetas se alinearon y esta Francia que empezó su ciclo luego del desastre de 1994, le dio continuidad con Jaquet sustituyendo a Houllier, y vaya que les funcionó. “Trabajamos mucho para esto y siempre cosechas lo que siembras. Como jugadores y personas, tuvimos una fortaleza mental increíble. Estábamos listos para cualquier cosa que nos pudiera arrojar. Y tuvimos una respuesta para todo. La cohesión en el grupo fue maravillosa. ¡Tal vez los dioses del futbol realmente han quedado atrás! El primer juego, la fase de grupos, y luego la fase de knockout: el gol de oro de Laurent Blanc en los últimos 16 en tiempo extra contra Paraguay, la tanda de penales en cuartos frente a Italia, Lilian Thuram y su doblete en las semifinales contra Croacia. La final incluso se sintió como un juego fácil porque nos sentimos tan fuertes y tan imparables. Podíamos sentir lo fuertes que éramos, especialmente a la defensiva y lo difícil que era jugar contra ellos, pero aún necesitas un poco de suerte y ayuda que te hace hacerlo”, recuerda Lizarazu.

Francia celebró su título en The Avenue des Champs-Élysées, y esa celebración histórica pareció durar todo el año: el fútbol champagne por fin tenía un Mundial a su nombre. Francia 1998 será recordada como la campeona con más integrantes de distintos países y orígenes, con la mayor diversidad cultural y futbolística, según Lizarazu. “Fuimos más que simples jugadores de futbol. Éramos como ellos. Todos venimos de diferentes orígenes, pero ganamos en equipo porque trabajamos juntos; tuvimos solidaridad, nos preocupamos unos por otros, nos cuidamos mutuamente. Mostramos el camino y las personas sentían que podían hacer lo mismo en su propia vida y en su propio mundo”.

En un futbol que cada vez es más multicultural e interracial, esta Francia fue el primer equipo en unir tanta sangre futbolística de distintos lugares, para dar quizá eso que le faltaba a Platini y compañía con el fin de poder ganar un Mundial de futbol. En nuestra cabeza y cerebro estarán por siempre todos los besos de Laurent Blanc a Fabien Barthez antes de cada juego; un joven Thierry Henry anunciando la bestia que sería luego o Didier Deschamps dando los primeros indicios de que entendía el juego como pocos. Allez, les bleus!  

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