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El país donde se sueña con criptomonedas (y se vive del trueque)

El petro, la criptomoneda presuntamente respaldada por las reservas petroleras de Venezuela, salió al mercado, pero en las calles, las y los venezolanos seguirán librando la batalla cotidiana por llenar la despensa básica

por Revista Cambio

25 de Febrero 2018

Foto Revista Cambio

POR JULIÁN VERÓN

Nicolás Maduro anunció con bombos, pitos y platillos la “salvación” de la economía venezolana: el petro, la criptomoneda de Venezuela y primera en Latinoamérica. Y, a fin de celebrar esta ocasión, me parece una gran idea contar cómo usé una técnica primitiva para tener la despensa de mi hogar de alguna forma “completa”, o lo más decente posible mientras vivía en mi país, el que tiene la inflación más alta del mundo y que posee tres de las 10 ciudades más peligrosas del planeta en su territorio, según el informe anual del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal (CCSPJP).

El trueque, una práctica que existe desde el periodo neolítico, es decir, hace aproximadamente 10 000 años, y que surge con la aparición de la sociedad agricultora-ganadera, es lo que hoy en día ayuda a las personas a sobrevivir en Venezuela.

Como ya lo he dicho en otras ocasiones, soy venezolano, viví 19 años el “socialismo del siglo XXI” prometido por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro, y tuve que cambiar cientos de veces mi champú por harina de maíz precocido, o papel de baño por jabón para lavar, y todo con la finalidad de cubrir las necesidades básicas de subsistencia.

Entonces, ver la manera en que Maduro presenta una criptomoneda y la vende como el avance económico más grande de Latinoamérica, cuando yo realicé actividades surgidas hace 10 000 años en pleno siglo XXI, me causa, al menos, muchísima risa.

Recuerdo vívidamente cómo cada vez que iba a casa de mi exnovia, acostumbraba yo llevar algunos productos básicos que encontraba –jabón para la ducha o aceite– y veía qué había conseguido su madre para intercambiarlos. Incluso, cuando bajaba las escaleras de los 15 pisos de su edificio (el ascensor estaba dañado por el racionamiento diario de electricidad), podía escuchar siempre la voz de su madre colarse dentro de mis oídos diciendo: “Si consigues pañales recuerda avisarme”.

Los pañales son oro actualmente en Venezuela, es uno de los productos básicos más difíciles de conseguir, por el que la mayoría de la gente pasa horas en las largas filas de los mercados y, además, son vendidos a precios absurdamente altos en el mercado negro venezolano de productos básicos. Cuando digo mercado negro, en realidad me refiero simplemente a revendedores que se paran en las aceras de las avenidas a ofrecerte un producto que en cualquier otro país del mundo occidental podrías conseguir con sólo ir a un supermercado. En Venezuela, los revendedores lo pondrán a tu alcance, pero si pagas 15 o 20 veces más de lo que cuesta legalmente.

Ninguna autoridad los castiga, ya que sus agentes pasan más necesidad o al menos la misma que cualquier ciudadano de a pie. Varias veces pude ver cómo un policía uniformado le compraba productos básicos a estos dealers. La ley infringiendo la ley, una maravillosa paradoja de la Venezuela del siglo XXI.

El papel moneda en mi país no vale nada, y cuando digo nada no es una hipérbole o una gran exageración. Es cien por ciento realista.

Emigré hace un año, y traje conmigo unos billetes de 100 bolívares –como una especie de “recuerdo”–, que para ese momento eran los de más alta nominación. El dólar rondaba entonces los 4 000 bolívares fuertes. Hoy en día el equivalente a un dólar son 240 000 bolívares fuertes. La moneda venezolana perdió sesenta veces su valor frente al dólar en apenas 365 días. Nicolás Maduro puso en circulación el billete de 100 000 bolívares fuertes con el propósito de combatir la especulación económica o “guerra económica de la derecha”, como le causa un excitante placer llamar. Actualmente ese billete vale 0.3 dólares, o para que me entiendan mejor: alrededor de seis pesos mexicanos. Por todo esto es que en Venezuela la gente prefiere el intercambio de productos básicos, porque estos no se devalúan, guardan su valor a través del tiempo, incluso aumentan su precio y hasta se vuelven más escasos. En cambio el dinero, en Venezuela, no vale nada.

En mi familia, teníamos como regla que cada vez que anduviésemos en algún mercado y por casualidad estuviesen vendiendo productos regulados, debíamos comprarlos a como diera lugar. No importaba si ya los teníamos, no sabíamos si en algún momento se iban a terminar y era mejor tener 100 jabones de baño guardados en alguna habitación que ducharse con jabón para lavar platos (como me cuentan varios amigos que ellos han tenido que hacer).

La relación con mi mecánico mejoró muchísimo gracias a Nicolás Maduro. ¿Por qué? Pues cada vez que se dañaba algo en mi auto, tenía que llevárselo y él sabía que le iba a pagar con el oro más brillante que Simón Bolívar jamás soñó: productos básicos.

Así es: en pleno 2016, el mecánico de mi auto se alegraba de que mi automóvil se dañara porque sabía que iba a pagarle con un par de harinas de maíz precocido, algún jabón para lavar ropa, quizá un aceite, y si estaba muy de buenas y con muchísima suerte: una caja de pañales XL para Martín, su hijo de dos años.

Sinceramente, yo fui un iluminado en Venezuela, ya que mi padre es el abogado de un mercado de clase media, y como empleado del mismo teníamos derecho a que cada lunes podíamos ir sin hacer algún tipo de fila, y nos daban una canasta con productos básicos. Sí, teníamos mucha suerte.

Recuerdo cómo mi padre llegaba feliz a casa cuando traía alguna mayonesa de buena calidad para poder hacer una ensalada bien cabrona. Aunque tener muchos productos guardados no nos ayudaba tanto, ya que algunos podían echarse a perder. ¿Qué hacíamos con ellos? Normalmente trueque con vecinos, parejas, amigos; o mi mamá subía fotos en el grupo de WhatsApp de la familia con el objetivo de ver a quién le faltaba algo o qué tenían ellos para cambiarnos. Recuerdo que el profile picture de mi primo eran unos kilos de pechuga de pollo con unas letras que decían: “Se cambia pollo”.

Si luego de hacer trueque con toda persona posible aún nos quedaban productos básicos en casa, mi padre y yo los vendíamos con el propósito de tener otro lujo venezolano: el efectivo.

Y es que la crisis de efectivo es tan surreal, que voy a citar un mensajito de WhatsApp que mi padre envió hace dos semanas: “Hijo, tengo más de nueve meses que no voy a algún cajero. Nunca tienen efectivo y ya tengo mucho tiempo sin ver alguno funcionando”. Todo esto, a fin de sacar el irrisorio límite de efectivo máximo permitido en Venezuela hoy en día: 30 000 bolívares fuertes, es decir 1.98 pesos mexicanos, o lo que es lo mismo, 11 centavos de dólar.

¿Qué te compras con 30 000 bolívares fuertes en Venezuela? Dos huevos sueltos. Cada huevo vale 15 000 bolívares fuertes.

En un país donde suceden a diario este tipo de cosas, ver a Nicolás Maduro que anuncia una criptomoneda para “salvar la economía” provoca que mi estómago se revuelva y me den ganas de vomitar. Suerte.

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