Posible declaración de paz en la cumbre

23 de Febrero 2019

Foto Revista Cambio

TOKIO (AP) — Ante la inminencia de su segunda cumbre, crecen las conjeturas de que el presidente estadounidense Donald Trump trataría de convencer al líder norcoreano Kim Jong Un que se comprometa a desnuclearizar su país, ofreciéndole a cambio casi lo que más desea en el mundo: un anuncio de paz y el fin formal de la Guerra de Corea.

Semejante anuncio constituiría un hecho histórico. Sería consecuente con la oposición de Trump a las “guerras eternas”. Y al producirse más de seis décadas después del fin de las hostilidades, parece responder al sentido común.

Pero si no se hace con cuidado, podría dar lugar a un conjunto de problemas nuevos para Washington.

Hay razones para pensar que el cambio de enfoque de las conversaciones entre Pyongyang y Washington de la desnuclearización hacia la paz sería una jugada riesgosa, y que podría ser exactamente lo que desea Kim cuando los dos mandatarios se encuentren en Hanoi el 27-28 de febrero.

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EL ENFRENTAMIENTO

La península coreana fue dividida en el paralelo 38 después de la Segunda Guerra Mundial, con una zona de influencia para Estados Unidos en el sur y otra para la Unión Soviética en el norte. En menos de cinco años, las dos Coreas estaban en guerra.

El conflicto armado finalizó en 1953 con un armisticio, en esencia un cese de fuego firmado por Corea del Norte, China y el Comando de Naciones Unidas de 17 naciones liderado por Washington, al que debía suceder un tratado de paz formal. En lugar de ello, se profundizó la Guerra Fría con estallidos esporádicos de violencia.

El conflicto en Corea es, técnicamente, la guerra más larga de Estados Unidos.

Corea del Norte, cuyas ciudades e infraestructura fueron prácticamente destruidas por los bombarderos estadounidenses, dice que la hostilidad implacable de Washington durante los últimos 70 años justifica plenamente sus armas nucleares y misiles de largo alcance. Asegura que los tiene solo para defenderse.

Por su parte, Estados Unidos mantiene una fuerte presencia militar en Corea del Sur para contrarrestar lo que considera son las intenciones del Norte de invadir y asimilar el Sur. Su política durante largos años ha consistido en condenar al Norte al ostracismo y respaldar las sanciones económicas.

Trump escaló esta política para ejercer la “máxima presión” sobre el Norte, una estrategia que sigue vigente.

La combinación de esa estrategia y los reiterados ensayos del Norte con misiles que se cree son capaces de llegar al territorio continental estadounidense con armas nucleares llevó a los dos países a la mesa de negociaciones.

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POR QUÉ KIM QUIERE UN TRATADO

La obtención de un tratado formal de paz ha encabezado la lista de aspiraciones de todos los líderes norcoreanos, empezando por Kim Il Sung, abuelo del mandatario actual.

Un tratado de paz significaría reconocimiento internacional, probablemente el alivio al menos parcial de las sanciones comerciales y tal vez la reducción de la presencia militar estadounidense al sur de la Zona Desmilitarizada.

Si se lo hace bien, elevaría enormemente el prestigio de Kim en casa y en el exterior. Y desde luego impulsaría la causa de la paz en la península coreana cuando Pyongyang dice que quiere canalizar una mayor parte de sus escasos recursos desde la defensa hacia la elevación del nivel de vida y la modernización de la economía poniendo un mayor acento en la ciencia y la tecnología.

También Washington tiene mucho para ganar.

Trump ha dicho que vería con agrado una Corea del Norte más enfocada en el comercio y el crecimiento económico. La estabilidad en la península favorecería la economía surcoreana y probablemente también la de Japón.

Aunque Trump no ha hablado de derechos humanos, la distensión podría crear un margen para las libertades políticas e individuales en el Norte.

Pero es ingenuo pensar que Corea del Norte cambiará bruscamente su manera de ser.

Según un cálculo reciente, durante el año pasado siguió acumulando reservas nucleares. Y mientras multiplica sus iniciativas diplomáticas hacia el mundo exterior, Pyongyang se aferra a su política interior de exigir la máxima lealtad para con el sistema totalitario.

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¿PAZ O APACIGUAMIENTO?

Después de la primera cumbre con Kim, en junio pasado en Singapur, Trump declaró el fin de la amenaza nuclear.

No ha vuelto a repetirlo.

Trump no pronunció la palabra “desnuclearización” durante su discurso sobre el Estado de la Unión. Calificó su iniciativa de “impulso histórico por la paz en la península coreana”, destacó que Kim no ha realizado ensayos nucleares o misilísticos recientemente, ha liberado a estadounidenses encarcelados en el Norte y devuelto los restos de decenas de estadounidenses muertos en la guerra.

Por su parte, Kim tiene buenas razones para querer que sus cumbres con Trump se transformen en “conversaciones de paz”.

El triunfo mayor para el Norte sería conseguir una declaración de paz a la vez que abandona discretamente la desnuclearización, o acuerda topes a la producción u otras medidas que limitarían su arsenal nuclear sin eliminarlo del todo. Una cumbre sin un claro compromiso con la desnuclearización será un gran paso para consolidarlo como el líder de un estado nuclear de facto.

A menos que Washington esté dispuesto a aceptarlo como tal, las futuras conversaciones serán mucho más difíciles.

Sin embargo, Estados Unidos sigue mostrándose intransigente en las negociaciones de nivel inferior que preceden a la cumbre.

Stephen Biegun, el nuevo hombre de vanguardia de Trump para Corea del Norte, dijo recientemente que Washington exige como prerrequisito para la paz conocer las armas norcoreanas de destrucción masiva, acceso de expertos y monitoreo de sitios clave y en última instancia la “destrucción” de las armas nucleares.

La pregunta es si Trump le hará este planteo a Kim u optará por una declaración más espectacular _pero menos sustanciosa_ de paz.

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CONVERSACIÓN O TRATADO

Si lo deseara, Trump podría anunciar unilateralmente el fin de la Guerra de Corea.

Sería una escena extraordinaria para la televisión. Pero no significaría demasiado.

Trump no puede celebrar por sí solo un tratado de paz. Debería participar China y posiblemente un representante del Comando de la ONU. Lógicamente, Corea del Sur querría estar invitada a la mesa. El Senado de Estados Unidos tendría que ratificar el resultado, cualquiera que fuese.

En 1993, el gobierno del presidente Bill Clinton llegó a un acuerdo con Pyongyang “para alcanzar la paz y la seguridad en una península coreana libre de armas nucleares”.

Al año siguiente las dos partes prometieron reducir las barreras al comercio y las inversiones, abrir una oficina de enlace en cada capital y avanzar en las relaciones bilaterales hasta alcanzar el nivel de embajador. En 2000, Clinton y Kim Jong Il, padre del actual mandatario, prometieron “respetar mutuamente su soberanía y la no injerencia en sus asuntos internos”.

Pero en 2002, George W. Bush dijo que el Norte formaba parte de un “eje del mal”. En 2006, Corea del Norte ensayó su primer artefacto nuclear.

¿La lección? Por encima de las proclamas altisonantes, la verdadera paz requerirá mucho más que una nueva cumbre entre Trump y Kim.

Pero podría ser un primer paso.

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